Última Reseña de los lectores de la segunda temporada de La Casa del Dragón. Ya tuvimos nuestro análisis en profundidad Del libro a la pantalla, el directo Anillos y Dragones y las impresiones de un No Lector. Hoy nuestra amiga Cristina Arias, enamorada de la saga que conoce muy bien Fuego y Sangre da sus impresiones como lectora del controvertido final de temporada.

La Casa del Dragón 2×08 – La mujer que debía reinar

Por Cristina Arias (Cava Baja)

Dos temporadas ya. Ocho semanas que han vuelto a transportarnos a Poniente, a las casas nobles, a las ciudades conocidas, a las sangrientas batallas y, sobre todo, a los dragones. Si tuviera que definir esta segunda temporada, diría que me ha parecido irregular y cada vez más alejada de los escritos de George R. R. Martin. Algunos personajes se han desarrollado de un modo interesante, pero, en líneas generales, la adaptación como tal no acaba de funcionar y pienso que los tiempos no han estado bien medidos.

Algunas personas opinaban que hubiera estado bien dejar la temporada con diez episodios y haber terminado con la batalla del Gaznate, y estoy de acuerdo. Sin embargo, esos mismos diez episodios deberían haber tenido una mejor medida del tempo narrativo y no caer en la repetición de ideas que se iban jalonando de los detallitos justos para hacerlas avanzar.

En la parte positiva, la dirección, imagen, efectos, dirección artística, montaje y, sobre todo, banda sonora, no se puede poner ni un pero. Se trata de una producción en la que se ha invertido dinero que se ha empleado a fondo y con muy buen criterio. Los directores de cada capítulo han sabido aportar una mezcla perfecta de coherencia interna y detalles de sello propio, y eso convierte a La casa del dragón en una serie nada despreciable. Pero desarrollemos un poco lo que quiero decir, y hablemos del episodio en sí, pues, al igual que el resto de la serie, ha tenido sus altibajos.

¿Y por dónde empiezo? Ya habréis imaginado que por el principio, o sea, por el tapiz. Las últimas puntadas de la temporada son un reflejo de la nueva situación con las semillas de dragón frente a Vhagar. Todo termina con la idea de que los Verdes están en desventaja.

En respuesta a la llegada de los nuevos jinetes de dragón, Aemond arrasa Punta Aguda, zona cercana a Rocadragón perteneciente a los Mayssey, que forman parte del Consejo Negro. A lo largo de todo el capítulo, Aemond nos demostrará que su crueldad tampoco es la actitud más idónea en tiempos de guerra y escasez. El afán por la victoria se superpone al buen gobierno de una ciudad que pasa hambre, el asesinato de gente inocente e incluso las dotes de su hermana Helaena como jinete de dragón.

No le importa enviarlas tanto a ella como a su dragona Fuegoensueño a una muerte segura siempre que le sirvan para amedrentar al enemigo. Aemond parecía más apto que Aegon, quien no dejaba de ser un títere que eludía su responsabilidad o que ni siquiera sabía qué camino tomar en las decisiones más simples, pero ha demostrado que solo se rige por su ego y por anhelo de venganza que no conduce al buen gobierno.

En este sentido, como ya sabéis, este es uno de los temas centrales de la temporada, y no creo que se haya interpretado del todo mal por parte de los guionistas.

Rhaenyra representa a una gobernante que busca la paz por encima de todo, a pesar de tener que ganarla con sangre y de pecar de idealista o de cerrar los ojos a la realidad; Daemon ansiaba el poder por el poder, Aegon no comprendía ni la mínima parte de lo que implica la responsabilidad de gobernar y Alicent comprende el concepto del deber, pero su hipocresía no le permite tomar decisiones dentro del rol que ella misma se había impuesto.

Cada uno de los personajes ha ido dándonos su visión de lo que significa ser rey y todos ellos cometen errores de una u otra índole; las malas decisiones de las que ya he hablado más de una vez, y que suelen servir como motores de la trama. A efectos de la comprensión del espectador y de que este tome partido por Rhaenyra como futura figura trágica, es una idea interesante, pero alejada de los libros, no tengo claro si para bien o para mal.


Pasemos a otro punto de la historia. Tyland Lannister, entre el calor y el pijismo propio de su casa y de Poniente, flipa con la cultura de Essos y la Triarquía. En Fuego y Sangre, es Otto Hightower quien llevaba las negociaciones y quien conseguía que los barcos de Tyrosh, Myr y Lys libraran a Desembarco del Rey del asedio impuesto por los Velaryon.

Pero qué queréis que os diga, eso nos habría privado de esos momentos hilarantes de ser Tyland que a ratos me recordaron a Indiana Jones. Al pobre Consejero de la Moneda solo le faltaba salir dando vueltas por Essos preguntando a voz en cuello si alguien hablaba griego clásico. Puede parecer una tontería, pero me ha hecho gracia.

La presentación de Sharako Lohar, que tendrá un importante papel en la batalla del Gaznate y en algunas cosas más, consigue que soltemos alguna sonrisa en medio de tanta épica. Esos sí, quizá hubiera preferido un poco más de las aventuras de Tyland Lannister y los barcos perdidos en lugar del enésimo sueño freudiano de Daemon. Una lástima.


Y hablando de Harrenhal, descubrimos que Larys transfirió el dinero del castillo y de su propia casa al Banco de Braavos. Desde luego, el Patizambo no ha perdido el tiempo y sabe que debe salir de la ciudad con el rey Aegon ahora que pintan bastos para los Verdes. Además de comprobar que el joven soberano está un poco más rehecho y que ya puede incluso opinar y tomar decisiones, se nos plantea un dilema que los guionistas no han querido resolver: Fuegosolar ha muerto. O no.

Sabemos que en Fuego y Sangre tiene episodios interesantes en las Tierras de la Corona, que se recupera de sus heridas, lucha contra Baela y Bailarina lunar y acaba matando a Rhaenyra. En caso de que esté muerto de verdad, no tengo ni idea de cómo se resolverían todas estas cosas, pero en realidad no se sabe, así que no nos queda más remedio que esperar.

Por otra parte, yo me quedo con el detalle de Aegon refiriéndose a sí mismo como “la Delicia del reino”, en una clara alusión a como se recordaba a Rhaenyra en su juventud. Una delicia churruscada y aparentemente vencida, pero puede que con veneno frío en su interior (Perdonad el espóiler y la broma macabra y cutre. No he podido evitarlo).

Si hablamos de tramas mal resueltas o, por mejor decir, no resueltas en absoluto, el premio es para la pobre Rhaena. Una vez ha abandonado a los niños que debía proteger y guiar hacia la coca mercante Alegre abandono, y una vez que constatamos que nadie parece haberse dado cuenta de que la moza no está por allí, solo la vemos pasar penurias: se lanza a por el agua del río, pasa hambre, sed, frío y fatiga de correr. Finalmente, divisa a su esperanza volando sobre unas colinas y allá que se va.

La visión de Robaovejas es genial porque es feo y escuchimizado, tal y como se describe en el libro, pero es que solo vemos al dragón, el encuentro entre ambos y poco más. Ya lo siento, pero esto es un bluff en toda regla.

En Rocadragón, las semillas están generando más de un conflicto. Ulf se está mostrando como el más díscolo de los nuevos jinetes y ya se comenta que “Addam de la Quilla parece de fiar”. Es el propio Ulf quien responde a Jacaerys con el tema del pelo y el príncipe se enfurece con toda la razón del mundo.

Más tarde el joven tiene una conversación Baela en la que, una vez más, la princesa se muestra más templada y sensata que él, aunque no por eso Jace deja de tener razón, cosa que nosotros, como lectores sabemos de sobra: a veces la ambición de quien nunca ha tenido nada se vuelve ciega y lleva a esas mismas personas a creer que pueden tomar lo que consideran suyo por la fuerza.

La cena de empresa que se monta Rhaenyra para conocer un poco a las semillas deja claro de nuevo que Ulf es un caradura miserable, así como la inquina que Jace siente por él, pero también me ha gustado la idea de que Baela, Addam y Hugh se escandalizan con el mandato de calcinar inocentes en las batallas. Rhaenyra entiende que hay que someter Antigua y Lannisport para vencer.

Será lord Corlys Velaryon quien sugiera en otro momento que, si lo que pretende Rahenyra es ganar la guerra con el menor número de bajas posible, debe centrarse en descabezar al enemigo. Mientras tanto, los nuevos jinetes tienen dos días para entrenar con sus respectivos dragones antes de entrar en batalla.

Si hay una pregunta que me lleva corroyendo desde que presentaron al personaje es cómo llegará Hugh a la traición. Esto me intriga de forma positiva. No va a ser igual que Ulf, eso está claro, pero de verdad que no me imagino qué derrotero tomará un personaje de tanto arrojo y nobleza de carácter para caer después en las bajezas que de él se dicen en Fuego y Sangre.

En el libro, la chispa se enciende porque Daemon se viene arriba y siempre quiere premiar a estos dos sujetos con más altos honores de los que Rhaenyra considera, y lo que les dan finalmente les parecen migajas. Aquí, Ulf parece mucho más dispuesto a seguir ese camino, pero no lo tengo tan claro con Hugh. ¿Soy la única a la que le pasa?

Lord Corlys también tiene su momento en este último episodio. El barco zarpa por fin y después de los despueses con un nuevo nombre: La mujer que pudo reinar.

Antes de esto, la Serpiente Marina tiene una conversación con Alyn, de quien ya sabemos que es su hijo bastardo, al igual que Addam; se da cuenta de que nunca ha aceptado sus responsabilidades como padre y que un cargo no va a cambiar el pasado de penurias de sus dos hijos.  Al final, ambos bastardos serán legitimados, pero la serie aún no ha dado esa opción. Lord Corlys, al igual que en el capítulo anterior, disimula y se lo piensa.

El otro frente de batalla es el de Ser Criston Cole y los supervivientes de Reposo del Grajo. Ser Criston discute con Gwayne Hightower. Este último, ya lo sabíamos, se ha coscado de la relación del lord Comandante con su hermana, y pretende hacerle pagar por ello. Pero ser Criston ya no disimula. Lo que ha vivido en Reposo del Grajo le ha abierto los ojos y se nos ha hecho nihilista.

Ya no le importa hablar de su relación con la reina viuda, aunque, eso sí, un poco en clave de amor cortés. Me ha parecido curioso que uno de los personajes más odiados de la serie tenga una de las mejores frases del episodio: “Los dragones danzan y los hombres son polvo a sus pies”.

Quizá el arco de este personaje se base, simplemente, en aceptar que todos sus manejos y mentiras rencorosas no han servido de nada. Ya no existen el honor ni los ideales. Hará lo que se le ha ordenado y lo que buenamente pueda, pero sabe que “marchamos hacia la aniquilación”. Alicent, según él, es la luz que le guía y le salvó la vida dos veces, el único recuerdo de su vida anterior a la guerra. No creo que tenga una redención como tal, pero sí se le otorga una suerte de triste dignidad. Interesante.


Decía yo en la reseña anterior que ojalá la visión de Daemon en Harrenhal fuese la última, pero me retracto. La de este último episodio es la que debería haber prevalecido y podríamos habernos ahorrado otras, porque esta trama se ha hecho larga, pesada y repetitiva. Sin embargo, todas las visiones de Daemon lo han preparado para el momento en que ser Alfred Broome le dora la píldora para traicionar a Rhaenyra, ya lo susurra esa misteriosa voz en el Ojo de Dioses.

Sabemos que ser Alfred es un traidor, y me ha parecido bien que nos lo dejen claro tan pronto y, por otra parte, que veamos cómo tiene la confianza de Rahenyra. Lo que no entiendo muy bien es el perdón que le otorga Daemon. Se nota que ha cambiado, sí.

Ha habido gente que se ha quejado de que esta última visión contiene demasiado fan service e, incluso, se han vertido teorías sobre El Príncipe que fue prometido. A mí, que me gustan las profecías de esta saga más que comer con las manos, me ha encantado. Incluso el detalle de la cara de Martin en la corteza del arciano y el Hijo del bosque con los cuernos, cuidando de él. Alys Ríos aparece, satisfecha porque Daemon ha aprendido la lección y está listo para el paso final.

No me extraña, porque mira que le ha costado. Este detalle acrecienta el aura de misterio sobre las intenciones de la supuesta bruja y me dejan con la duda de si realmente se unirá a Aemond en el futuro.  Los guiños en el guion de los capítulos anteriores hacían presagiar que sí, pero ahora dudo si todo se habrá tratado de una anticipación del combate en el Ojo de Dioses. ¿Y la visión? ¡Vamos a ella!

Primero aparece Brynden Ríos, el Cuervo de tres ojos. ¡Qué alegría! Y qué maravilla el detalle de ponerle la marca color vino en su mejilla. Solo le ha faltado el estar tuerto, que no entiendo muy bien si piensan que se va a confundir con Aemond, pero bueno. El verdevidente por excelencia que conecta los tiempos de Poniente introduce el punto de vista de un lobo huargo que llega, corriendo por la nieve, hasta el ejército de los Caminantes Blancos.

Daemon pisa los charcos de sangre de un dragón muerto rodeado de cadáveres y se ve a sí mismo muriendo ahogado. La guerra traerá devastación y los Targaryen se hundirán. La aniquilación es inexorable. De esa visión sale el cometa que aparecía en Juego de Tronos y Daenerys con sus dragoncitos, que nacen de los tres huevos que Rhaena llevaba consigo a Pentos. Rahenyra entronizada, de cuya estirpe llegará la vuelta de la magia y de los dragones. No todo estará perdido, de la sangre Targaryen nacerá alguien que podrá luchar contra la amenaza que llega de más allá del Muro.

Helaena aparece de pronto en el salón del trono y le dice a Daemon que él es solo una pieza más de la historia. Daemon, por fin, comprende que él tiene su parte en todo esto, pero no como protagonista. La guerra y el sacrificio son necesarios porque con ellos llegará la salvación de Poniente. Y el Príncipe Pícaro vuelve a ser un poco él mismo, pero ya no duda más.

Como ya he comentado más arriba, toda esta parte me ha encantado, pero no nos llamemos a engaño. En los libros, Daemon siempre fue fiel a Rhaenyra y el gran problema estaba en que la propia reina, asediada por la traición y el dolor, no confiaba en él y pensaba que Ortigas era su amante. En realidad, este periplo mágico por el Overlook de Poniente no ha aportado realmente nada a efectos de la trama general, y se ha hecho demasiado pesado a pesar de su esplendoroso final.

Prueba de lo que digo es lord Simon Strong, que es mucho más sensato y se da cuenta de que la reina es quien debe intervenir después de todas las cosas raras que ha visto -no más que Daemon, pero sí suficientes-. Este personaje me ha gustado mucho, sobre todo porque, incluso desde la perspectiva del libro, entiendes todas sus decisiones hasta el final. Es un grande. Espero que no lo hagan cambiar mucho.

Simon Russell Beale, Ser Simon Strong

El momento de la llegada de Rhaenyra a Harrehal es genial. Todas las tropas desplegadas, asustadas por la llegada del dragón, y el juramento de Daemon, quien habla con Rhaenyra en alto valiryo y le cuenta todo lo que ha visto. “Hablas igual que mi padre”, dice ella. Y ambos se reconcilian de la manera más Disney posible. Al final, alegría, lord Simon dando palmas… ¡Qué más se puede pedir! “He tardado un poco”, comenta Daemon, y los guionistas descojonados de risa mientras nosotros padecemos ocho episodios para que una unidad de persona consiga un ejército a base de terapia psicomágica.

No todas las visiones de esta historia se zanjan de manera tan amable. Los verdes creían que Helaena estaba ida y hablaba sola. Yo ahora me pregunto con quién habla realmente la Reina Verde cada vez que va susurrando por las estancias de la Fortaleza Roja. Hay gente que se pregunta qué pinta este personaje en la visión de Daemon. Yo pienso que, al igual que le ocurría a Bran, Helaena está más allá de todo. Por eso no ha enloquecido tras la muerte de su hijo.

Por eso habla cada vez más claro y se atreve a contestar a su hermano Aemond, contándole cómo va a morir y cómo ese hermano al que ha intentado suplantar vencerá sentado en un trono de madera. Aemond llora, siente rabia y miedo, y solo le responde a su hermana de la forma que sabe, con amenazas y temor. Pero Helaena también está más allá de eso y se lo deja claro. Nada de lo que haga puede ya cambiar su destino. “Serás tragado por el ojo de un dios y nadie te verá”.

Cadáveres de Aemon y Vhagar, por Sam Hogg

El desarrollo de Helaena sí me ha parecido estupendo. Convertir a una muchacha de espíritu frágil en una vidente que va ganando confianza a medida que pasa el tiempo y comparte sus visiones con los demás ha sido un gran acierto. Solo espero que su madre no se la lleve muy lejos de pic-nic por los montes de vaya usted a saber dónde y que siga desarrollándose de esta forma. Una de las sorpresas más positivas de la temporada.

Como no podía ser de otro modo, la reina viuda se ha quedado para el final. En primer lugar, antes de entrar en harina sobre esta escena tan controvertida, quisiera hacer el apunte de que, al igual que en Juego de Tronos, debe de haber gente que viaja en Tardis y no nos hemos enterado. Por no hablar del cachondeo de conseguir salvoconductos de estraperlo, disfraces loquísimos y de burlar los bloqueos y los registros a placer. Aparte de esto, a lo que ya me acostumbró la serie primigenia, voy ya con la escena del segundo encuentro entre las reinas.

Alicent tenía una determinación, un propósito. Lo que no sabíamos era cuál. Ahora ya lo sabemos, y discrepo de las opiniones que ven esta nueva actitud de Alicent como algo positivo. En realidad, se trata de la misma cobardía de siempre, pero, en lugar de disfrazarla de virtud -como muy bien señala Rhaenyra- ahora la disfraza de anhelos de paz y libertad.

Alicent nunca asume las consecuencias de sus malas decisiones, sino que se flagela interiormente y luego no cambia nada ni intenta rectificar. ¿Entregar a su hijo Aegon y toda la ciudad de Desembarco del Rey es una rectificación? ¿Es un sacrificio para lograr la paz? ¿Es la oportunidad de construir un horizonte nuevo? No lo creo.

En mi opinión, es simplemente una excusa para huir con su hija y su nieta, las
dos únicas que no la hacen sentir un fracaso como madre, y que los demás  la guerra y gobiernen como puedan. Rhaenyra tiene toda la razón, es demasiado tarde ya para un pacto de ese calibre, y mucho menos para aceptar irse con Alicent, como si todo lo que ha ocurrido durante estas dos temporadas pudiera borrarse de un plumazo.

Por otra parte, pienso que esta repetición en espejo del episodio del septo aquí no tiene ningún sentido. De pronto Alicent se vuelve madre selectiva y tenemos que ver cómo Rhaenyra se ve pequeña bajo el peso de la historia y el legado de su familia, mientras la reina viuda observa un horizonte inexplorado. Ninguna de las dos puede trabajar junto a la otra para detener la guerra. Ese cartucho ya se quemó y no funcionó. Si ya la primera escena me pareció poco convincente, esta me lo parece aún menos.

El desarrollo de Alicent a lo largo de la temporada ha terminado de una forma que, sí, puede dar origen a más conflictos en el futuro (sobre todo con Aegon huido sin el conocimiento de su madre y Otto preso); pero pienso que los creadores de la serie quieren aún explotar la relación de ambas reinas y el declive de su antigua amistad, cuando todo ello está más que superado en los libros y se traduce de una manera más simple y más directa.

Al final, ese retiro prerrafaelita no ha servido para nada especial ni novedoso, y el camino de Alicent ha dado un rodeo que la deja en una posición absurda y vacía; es decir, la misma en la que llevaba buena parte de la temporada.

Cierra la segunda temporada de La casa del dragón con las promesas de lo que está por venir. Los Lannister avanzan por tierra, la flota de la Triarquía sedirige a los Peldaños de Piedra para la batalla del Gaznate, los Lobos del Invierno cruzan ya Los Gemelos; Daemon, con su armadura puesta, va en busca de Caraxes con su ejército, Aegon y Larys Strong huyen de Desembarco del Rey en un carromato; Hugh, Ulf y Addam se pertrechan para la batalla y cada uno de ellos se contempla con su respectivo atuendo militar; Otto Hightower está en una celda de no sabemos dónde apresado por no sabemos quién. Y todas estas incógnitas serán resueltas en un par de años, más o menos.


En efecto, el final queda un poco descafeinado. Quedan dos temporadas de serie y va a haber muchas cosas que desarrollar en poco tiempo tras una temporada más bien contemplativa, que ha servido como preparación de lo que se viene más que como una sucesión de eventos en sí misma. Con esto no quiero decir que no haya pasado nada o que haya habido poca acción. Mentiría si dijera tal cosa.

Pero la sensación general es de momentos brillantes y aciertos sumada a decisiones de la trama que no alcanzo a entender y que, ahora mismo, me dejan con la duda de si se resolverán de forma satisfactoria en el futuro. Para eso, no tendremos más remedio que esperar, así que, quedémonos como Alicent, mirando al horizonte con esperanza hasta que veamos qué nuevas aventuras se tejen para nosotros en estos dos años que nos quedan.

¡Hasta pronto!

P.D.:  Por otra parte, solo espero que la gente que haya leído estas reseñas haya disfrutado con ellas o que, al menos, le hayan servido para reflexionar o debatir. En mi caso, esta oportunidad me ha hecho volver a Poniente, a los Siete Reinos, a esos lugares imaginarios que tanto amo.

He podido recordar historias en las que hacía mucho que no me zambullía, y eso me ha traído mucha felicidad a pesar de la presión por plasmar mis ideas lo mejor posible,intentando que estas reseñas no fueran una turra infumable y tuvieran algo que
aportar a los lectores y espectadores. No sé si nos veremos dentro de dos años, pero, sea como sea, ha sido un placer.
Paz y bien.