
Hoy concluye la experiencia inmersiva en un barco Targaryen que organizó HBO España en País Vasco de la que os hablamos la semana pasada. Y nuestra amiga Nai de All Screens pudo participar de la misma y nos ha compartido sus impresiones de un divertido abordaje.
Un abordaje Targaryen

Por Nai de All Screens
8 de agosto, 17:00 de la tarde. Donostia prepara su cañonazo de apertura a la
Semana Grande bajo un sol que abrasa como el más puro fuego de dragón. Corsarios,
charanga, polvos de colores… Un escenario más que propicio para aventurarse en un
mundo de fantasía, en otra época.
Un navío secuestra el protagonismo durante un rato en el Paseo del Muelle, el cual ha servido de escenario a otras producciones españolas como Allí Abajo. Sin embargo, a pesar de sus velas negras con el familiar dragón rojo estampado, a pesar de su aspecto tan anticuado…no es Targaryen ni Velaryon. Es el Atyla.
Este velero vasco construido durante los 80 a imagen y semejanza (e incluso técnica,
mediante carpintería de ribera) de los buques del siglo XVIII ofrece una experiencia
singular de la mano de la Fundación Barco Atyla, que busca desarrollar y concienciar
sobre «habilidades vitales» tales como el trabajo en equipo, el liderazgo y la
resiliencia, entre otras, a través de un viaje en aguas internacionales.
Sin embargo, durante este fin de semana en la capital donostiarra será una versión en miniatura de La Reina Que Nunca Fue, preparada para zarpar hacia el final de
temporada de La Casa del Dragón, abriéndose a los ciudadanos para visitas tanto con
reserva como sin (disfruten de la cola).

HBO, aparte de su sello, nos recuerda la ubicación norteña de Rocadragón como antesala a la visita. Un marinero nos ayuda a cruzar a cubierta, donde un emisario de los dragones hace las veces de vigilante y bully particular, añadiendo ese toque chispeante que trae la serie.
La primera parte del tour consiste en admirar la arquitectura e ingeniería del propio navío, con rincones acomodados para una buena siesta o la foto promocional de turno. Porque sí, leches, el barco es fotogénico a más no poder.

Después de posar y soñar con pilotar semejante obra de arte (un poco decepcionante lo de permanecer en puerto, la verdad. ¡Yo también quiero ser líder resiliente!), toca esperar turno (otra vez) para sumergirnos en el casco, cuyo acceso queda limitado al salón de estar, obviando la cocina y demás. No falta el photocall de la temporada en el que la foto es casi obligatoria.
Sin embargo, el espacio es muy ajustado, la gente llega y hemos de avanzar entre la hilera de asientos, desde los que vamos mirando los detalles del atrezzo: velas, catalejos, alimentos, lámparas de aceite, terciopelo… que logran que te sientas en otro siglo, si no en la serie misma. «¡Eh, mis aposentos no son para vivir!», nos clama el emisario. Claramente, se cree el dueño.

A pesar del agobio, se respira un ambiente de bienestar y familiaridad. Casi nos
sentimos invadiendo el hogar de una familia que ha invertido lo que ha podido en
sacar este proyecto en forma de tablones, cabos, mástiles y timón adelante. Cuando el
emisario accede a sacarse una foto con nosotras, nos sentimos vencedoras. Toca abrir hueco para el resto de visitantes y contemplar la idea del abordaje para otro día.
Porque, por suerte, aquí no hay Gaznate.
















