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Con la llegada de la última temporada de Juego de Tronos comenzamos una serie de ensayos centrados en los mayores protagonistas de la historia creada por George R.R. Martin. En Los versos de la Canción analizaremos aquellos personajes con más capítulos desde su punto de vista en las novelas y más centrales en la narrativa.

Estos textos son obra de la periodista y abogada colombiana Juliana Vargas, responsable de los extraordinarios ensayos sobre Influencias literarias de Canción de hielo y fuego. Y como no podía ser de otra manera, el primero de ellos es acerca del protagonista del primer capítulo de la historia: Bran Stark.

Bran Stark: El profeta, el dios, el cuervo

Bran y el Cuervo de tres ojos by Marc Simonetti©
Bran y el Cuervo de tres ojos by Marc Simonetti©

Ensayo obra de Juliana Vargas 

“—Qué me haces? —preguntó lloroso al cuervo.

Enseñarte a volar.

—¡No sé volar!

Pues estás volando.

—¡No estoy volando, estoy cayendo!

Todo vuelo comienza con una caída.” 

El día había amanecido fresco y despejado, con un frío vivificante que señalaba el final del verano”. Así inicia Juego de Tronos, y también así comienza el primer capítulo de Bran Stark.

Tran los muros de Invernalia, bajo la protección de Eddard y siendo el favorito de Catelyn, Bran no tiene nada de qué preocuparse. Es sólo un niño, con sueños de convertirse en caballero y amigo de las gárgolas que vigilan al Norte desde las torres más altas.

Al vivir en un mundo ordinario, Bran es un héroe incompleto.  Un niño activo, inteligente, que ríe fácil y que ama escalar. Para salir de lo común, de lo ordinario, del vacío hábito, alguien debe obligarlo a darle un empujón, alguien debe exhortarlo a dar el salto hacia lo extraordinario.

“—¿Cuántos años tienes, chico?

—Siete —dijo Bran, temblando de alivio (…)

—Qué cosas hago por amor —dijo con desprecio el hombre mirando a la mujer.

Dio un empujón a Bran.

Bran, gritando, se precipitó hacia el vacío. No había nada a lo que agarrarse. El patio ascendió a su encuentro.

A lo lejos, un lobo empezó a aullar. Los cuervos volaban en círculo en torno a la torre rota, esperando su maíz”.

En lugar de despotricar a Jaime Lannister por esto, tal vez deberíamos darle las gracias. Más que posibilitar la llamada a la aventura de un héroe como cualquier otro del género fantástico, lo que hizo fue despertar al aprendiz de un dios

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El dios Hefesto fue arrojado del Monte Olimpo porque era deforme. A causa de la caída, resultó gravemente lisiado; pero esto mismo fue lo que le otorgó su verdadero destino como maestro divino de fragua. La caída de Bran también es el inicio de un camino no apto para humanos y, si quiere sobrevivir, debe aceptar hacer y sufrir como sólo un dios podría hacerlo.

“Miró hacia lo más profundo del corazón del invierno, y en aquel momento dejó escapar un grito de terror y el calor de las lágrimas le abrasó las mejillas.

—Bien, ya lo sabes —le susurró el cuervo posado en su hombro—. Ya sabes por qué tienes que vivir.

—¿Por qué? —preguntó Bran sin comprender, mientras caía sin cesar.

—Porque se acerca el invierno.

Bran miró al cuervo, y el cuervo lo miró. Tenía tres ojos. El tercero estaba lleno de una sabiduría espantosa (…)

—Ahora, Bran —lo apremió el cuervo—. Elige: vuela o muere.

La muerte trató de asirlo mientras gritaba.

Bran abrió los brazo y voló (…) Aquello era mejor que trepar. Era mejor que nada”

Esta primera experiencia divina abre la mente de Bran hacia dimensiones sobrenaturales. Por ahora está lisiado, pero puede que pierda más que sólo las piernas, si quiere ascender más que cualquier otro humano. Por ahora, tan sólo tiene una nueva comprensión del mundo que lo rodea, una visión que abarca horizontes inexplorados.

“Cuando su hermano Robb irrumpió en la habitación, jadeante tras subir a toda velocidad los peldaños de la torre, e lobo huargo lamía el rostro de Bran. El niño alzó la vista, con calma.

—Se llama Verano —dijo”.

Aunque convertirse en dios suene tentador, también es espantoso e incomprensible por momentos. Bran confunde la grandeza con discapacidad, y por momentos rechaza el llamado de la aventura. Hay veces en que preferiría estar muerto, en otras ocasiones recuerda un pasado en el que aún soñaba con ser caballero. El dios no comprende su naturaleza y, por ende, la niega. Prefiere ser humano, con toda la limitación y depresión que conlleva.

Ah, pero este mundo caprichoso quita y regala a su antojo, en formas tan maravillosas como retorcidas. Si no podía moverse despierto, se movería dormido. Se adentraría en Verano y correría hasta un cansancio que nunca llegaría.

“No hay salida.

Sí la hay, le dijo la voz susurrante, y fue como si pudiera ver la sombra de un gran árbol cubierto de agujas, que brotaba inclinado de la tierra negra y se alzaba con la altura de diez hombres (…)

Recordaba cómo había trepado por él. Las agujas que le arañaban la piel del rostro y le caían sobre el cuello, la savia pegajosa en las manos (…)

Sus patas levantaban del suelo las hojas húmedas y las agujas de pino, y durante un instante fue un cazador, y un venado astado huía de él”

“—¿Y los árboles sueñan?

—¿Los árboles? No…

—Sí que sueñan —replicó Bran, muy seguro de repente—. Yo también sueño con un árbol (…) Me llama. Los sueños de lobos son mejores. Huelo cosas, y a veces me sabe la boca a sangre”.

Esta es la primera tentación de Bran. El deseo de perderse en la sangre de otros, en la velocidad de otros, en la amplitud de otros a quienes les tiene sin cuidado el tiempo o las fronteras. La tentación consistió en abrazar la divinidad sin estar preparado para ello.

Bran y Verano, por Joshua Cairós
Bran y Verano, por Joshua Cairós

Ningún héroe, y mucho menos un dios, puede llegar solo a la conclusión de su camino, asi que aparecen Osha, Jojen y Meera Reed para enseñarle, para protegerlo, para llevarlo hasta los confines de la tierra y hasta al inframundo si es necesario. Osha actúa como la Madre Cósmica que lo guía por ese nuevo mundo sobrenatural:

“Osha, ¿tú conoces el camino hacia el norte? —le preguntó Bran—. ¿Hacia el Muro… y lo que hay más allá?

—El caminp es fácil. Busca el Dragón de Hielo, y sigue la estrella azul que hay en el ojo del jinete que lo monta”

Osha le sirve como el guardían que, finalmente, lo saca de Invernalia y lo enfrenta a lo desconocido. Bran, como héroe y dios, empieza a despertar, a nacer de nuevo. Pero en el caso de Bran, esta fase del Camino está lejos de ser glorioso. En lugar de realizar algo heróico, Bran comete un pecado; Bran juega con la libertad.

“Buscó a Hodor.

No era como deslizarse dentro de Verano (…) con Hodor era más difícil, como intentar ponerse la bota izquierda en el pie derecho. No encajaba, además, la bota también estaba asustada (…) pero se retorció, empujó, se incorporó, flexionó sus piernas, sus piernas grandes, fuertes, y se levantó”

 Bran jugó a ser dios, y se encaprichó con su poder. Alguien capaz de controlar un humano es sumamente poderoso, pero también una abomonación. Simultáneamente, Bran es dios y pecador.

“Comer carne humana era una abominación; aparearse como lobo con otro lobo era una abominación; apoderarse del cuerpo de otra persona era la peor abominación posible”.

Pero los dioses están por encima de cualquier código moral humano. Qué importa. Qué importa lo que leones, lobos o dragones piensen; qué importa lo que digan los krakens en sus mares, las flores en sus jardines o el mismísimo sol sobre los desiertos, si solo los cuervos son capaces de acaparar el cielo. Que se espanten, pues este mundo está lleno de eso, y sólo los dioses serán capaces de salvarlos.

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De manera que Bran finalmente llega a la cueva del Cuervo de Tres Ojos y su iniciación en los misterios divinos inicia, y si para completar el Camino se deben realizar sacrificios de sangre, que los míseros humanos se retuercen en el barro y remolinos si quieren, nunca podrían entender el dulce veneno de la divinidad. Si los aztecas nacieron de la sangre de Quetzacoalt, si luego se sacrificaron para que su dios pudiera alimentarse, por qué Bran no podría hacer lo mismo.

“La oscuridad será tu capa, tu escudo, tu leche materna. La oscuridd te hará fuerte.”

“Los maestres te dirán que los arcianos son sagrados para los antiguos dioses, pero los cantores consideran que los arcianos son los antiguos dioses. Al morir se convierten en parte de esa divinidad.

—¿Van a matarme?

—No —contestó Meera—. Estás asustándolo,Joen.

—No es él quien debería tener miedo”

“Soy mayor para esas tonterías —se dijo—. Mil ojos cien pieles y una sabiduría profunda como las raíces de los antiguos árboles”

“Es el momento (…)

—¿El momento de qué?

—De que des el siguiente paso. De que seas más que un cambiapieles y aprendas en qué consiste ser verdevidente (…)

Llevaba en las manos un cuenco de arciano (…) Debtro tenía una pasta blancuza y espesa, llena de vetas oscuras y rojas”

“Y entonces observó a un hombre con barba que obligaba a un prisionero a ponerse de rodillas frente al árbol corazón. Una mujer canosa atravesó un montón de hojas rojo oscuro y se acercó a ellos, con una hoz de bronce en la mano.

—No —dijo Bran—. ¡No, no hagas eso! —Pero no podían oírlo, como tampoco podía su padre. La mujer agarró al prisionero por el pelo. Le enganchó el cuello con la hoz y se lo rebanó. A través de la niebla de los siglos, el niño roto solo pudo observar como los pies del hombre golpeaban el suelo al caer…pero cuando la vida lo abandonó en medio de una marea roja, Brandon Stark sintió el sabor de la sangre”.

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Los todopoderosos de Poniente no son los héroes de antaño, Arthur Dayne, Barristan Selmy o Jame Lannister. No son Tywin Lannister, Jon Nieve y ni siquiera Daenerys de la Tormenta con sus tres dragones. El todopoderoso de Juego de Tronos es Brandon Stark, hijo de Eddard Stark y Catelyn Tully, niño roto, cambiapieles, verdevidente, aprendiz del Cuervo de Tres Ojos, heredero de los Niños del Bosque, esposo de los arcianos de tronco blanco y hojas rojas, vigilante del pasado, profeta, dios, y cuervo mensajero de portentos y desventuras.

Tal como un espíritu, Bran está en todas partes, como sólo un cuervo lo haría y, así como iniciamos Juego de Tronos a través de sus ojos, tal vez veamos las primeras brisas de la primavera a través de este dios que todo lo ve y todo lo juzga.

“—Theon —pareció susurrarle una voz.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿Quién ha dicho eso? (…) ¿La voz de un dios? ¿La voz de un fantasma? (…)

“—…Bran— murmuró el árbol.

“Lo saben. Los dioses lo saben. Saben lo que hice. —Durante un momento le pareció que el rostro tallado en la blanca corteza del arciano era el de Bran, y lo contemplaba con ojos rojos, tristes, llenos de sabiduría—. El fantasma de Bran —pensó”.