Finzalizamos las impresiones de un No Lector de esta temporada de La Casa del Dragón. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.

La Casa del Dragón 3×08 – Las traiciones de Ladera

Dicen que bien está lo que bien acaba pero yo no sé si es verdad, o al menos no sé si es verdad del todo. La tercera temporada de La Casa del Dragón finalizó con un octavo episodio, Las traiciones en Ladera, que si bien resultó espectacular y más o menos bien hilado, no fue precisamente un broche de oro a una mala temporada.

Echando la vista atrás, al primer episodio de esta temporada, podemos preguntarnos, ahora que los hemos visto todos, ¿qué ha pasado, realmente, en Poniente? ¿Hacia dónde ha avanzado la trama? La respuesta es desalentadora: La Casa del Dragón ha caminado haciendo un círculo.

Más allá de la fidelidad de la adaptación a lo escrito por George R. R. Martin, La Casa del Dragón es, estrictamente hablando de la serie, un producto repetitivo, inconsistente, que ha adolecido de subtramas estériles que han ocupado un metraje innecesario y sobre todo ocupado un tiempo precioso en el que se podrían haber desarrollado las grandes líneas narrativas de la historia.

Este capítulo final de la tercera temporada es un buen ejemplo de ello y hay que dar gracias a que el speech de Rhaenyra ante el pueblo congregado en el Septón o la confesión de la sibila de Harrenhal acerca de su identidad y origen: revelaciones y alusiones a elementos fundamentales de la Canción de Hielo y Fuego (sobre todo la primera) que habrían de haber aparecido de manera más recurrente para no quedar disueltas en la explosión final; que tendrían que haber sido cebadas antes, gradualmente, y no soltadas de golpe en este final violento y lleno de fuego de dragones que es al fin y al cabo lo que le gusta al público mainstream.

Lo mejor de Las traiciones de Ladera son el suicidio de Haelena y la batalla. No tanto el choque militar en sí (al fin y al cabo, uno como espectador tiende a ver casi como si fueran todas iguales estas batallas de corte medievalizante, con mejores o peores recursos cinematográficos, en este caso muy buenos, hay que reconocerlo) sino el esmero con el que se nos muestran los efectos de una carnicería semejante en los niños y, en general, en la población civil.

Esto está muy bien porque entronca directamente con el modo en que la literatura de Martin aborda las grandes catástrofes humanas, siempre desde el lado de las consecuencias de las políticas de los señores sobre el indefenso, sobre el pobre, sobre el miserable, sobre el paria.

La gente suele preferir, por supuesto, los hechos «relevantes», es decir las muertes y triunfos de los príncipes, de los reyes, de los aspirantes, de los nobles…por eso, naturalmente, existen los cantares de gesta y las epopeyas, empezando por la Ilíada. Pero las vicisitudes de lo humano son la savia del arte genuino, por eso también existe la Odisea.

Entre los debes de esta batalla extraña, confusa y de resultado muy incierto, está sin duda el papel de Hugh, o el no papel en este caso. Quizá sea otra de las puertas abiertas a la temporada siguiente: del mismo modo que los señores buscan venganza por los agravios sufridos, los plebeyos ennoblecidos no perdonan las ofensas y supongo que El Martillo no parará hasta destruir al traidor Ulf.

Y aunque el sometimiento a fuego puro de Ladera por parte de un gañán al que nadie respeta ni siquiera por su condición de jinete de dragón es una brillante metáfora marxista (que aplaudo), me quedo con la sensación de que al final, que la temporada girase en torno a la «cuestión Ladera» ha terminado siendo poco más que un mcguffin.

Decía al principio que la serie está, más o menos, en el mismo lugar en el que empezó la tercera temporada. Esto es así, claro, salvando las distancias. Y las distancias son que, por un lado, Rhaenyra ha cruzado el Rubicón de su propia sangre, es decir ha abrazado por fin y sin rubor la vesania propia de su condición Targaryen, y en frente ya no le quedan ejércitos formalmente configurados sino enemigos difusos, inciertos, que la amenazan entre las sombras: Targaryen resucitados con dragones zombis y perdidos que, de su parte, cuentan con la legitimidad sagrada (Rhaenyra ha ofendido a los dioses de Poniente de un modo que ya no tiene remedio) y con el apoyo de la brujería.

Las metamorfosis de Rhaenyra y de Aemond no resultan consistentes porque no parecen creíbles. Harina de otro costal es la de Aegon, a quien hemos visto bajar a los infiernos y del que incluso hemos entendido su heroico acto de nobleza, aceptando su destino y dispuesto a morir como un rey, antes de saber que su dragón estaba, de nuevo, con él. Aegon Targaryen es el mejor personaje de esta temporada, no tengo dudas: el más verosímil, aquel cuya tragedia nos da el pellizco, el mejor interpretado y desde luego el mejor escrito.

Ni Rhaenyra ni Aemond convencen en sus transformaciones interiores, por más que hayamos pasado muchos minutos delante de la pantalla viendo cómo batallaban contra sus comprensibles (y coherentes con los personajes que conocíamos) fantasmas personales: hay algo que no funciona en ellos, hay algo que no hace clic en la manera en que pasan de ser buenos a malos y viceversa.

Peor es el tránsito de Aemond de príncipe negro, impío e implacable, a suplicante hombrecillo débil y corroído por unos remordimientos que le asaltan de pronto. Quizá si parte de todo el tiempo perdido en subramas inanes como la de Robaovejas, Rhaena, Alicent o lady Mysaria se hubiera empleado en mostrarnos concienzudamente esa pérdida de seguridad en sí mismo, en hacernos comprender mejor ese vínculo con Vhagar o en explayarse en los traumas freudianos con su madre (¡si al menos la confesión de Alys hubiera tenido lugar un par de episodios antes!) nos lo hubiéramos creído o nos habría parecido más razonable.

Como es perfectamente razonable el acto final de Haelena, perfectamente coherente con lo que se nos había enseñado en pantalla de este personaje triste que encarna de maravillas el trágico final a que están destinados todos los Targaryen. Un suicidio y unos planos, con el Septón al fondo, que nos recuerdan al final de Juego de Tronos.

Durante toda la temporada me he acordado con frecuencia de Cersei Lannister cada vez que Rhaenyra se enfrentaba con el engorroso trámite de los viejos sacerdotes de la religión de Poniente. Ahora, la sensación de pegote es inevitable y pesa sobre el crédito de la serie. A la que no le van a faltar, desde luego, batallas por doquier y danza de dragones por un tubo. Hablando con unos amigos el otro día comprendí que eso es lo que al espectador medio de La Casa del Dragón le gusta de verdad.

Lo que yo espero es que no tarden otros dos años en volver con la cuarta temporada y que se nos simplifique un poco el asunto, de manera que no nos perdamos ni hayamos de acudir a Google en busca de ayuda para entender quién es quién; al fin y al cabo yo quiero leerme Fuego y sangre cuando acabe La Casa del Dragón y no me gustaría ver destripada la historia literaria.