Hoy 19 de mayo de 2020 se cumple un año desde el estreno del último capítulo de Juego de Tronos. Así que toca la segunda parte del especial Valar Morghulis, en el cual hemos invitado a algunos de los más destacados críticos de series de habla española para que nos hablen de la serie.

Si ayer era el turno de la grandísima Mariló García, hoy le toca a Alberto Nahum. Alberto es un analista extraordinario, profesor de la Universidad de Navarra especializado en Screen Studies que ha impartido clases en España y Australia y que tiene un blog que una auténtica referencia: Diamantes en serie. Os avisamos: su ensayo es absolutamente sensacional.

Retales para un juego de tronío

El Trono de Hierro

Por Alberto Nahum

Épica sucia, grandeza bastarda. El reverso del héroe, el lado oscuro de la majestad. Con sangre. Sin reglas. Oh, las cosas que hago por amor. Y por ambición, Jaimito, y por ambición.

“Cuando se juega al juego de tronos, solo se puede ganar o morir”.

Pasaba con Mad Men The Wire: hasta el cuarto o quinto capítulo uno no sabía realmente quién era quién. Aquí, además, había que añadir el dónde. Hasta su séptima temporada Juego de tronos caminó al ralentí, pero tenía a su favor que una historia de este corte –fantasía épica– permitía diversas escaramuzas hasta llegar al punto crujiente.

¿Cómo escribir sobre una serie tan poderosas de la que ya está todo dicho… y escrito? Pues, así, a perdigonazos. Cosiendo retales. Por variar.

Es como mandar al garete la regla sagrada de la serialidad: ViserysRobert BaratheonKhal Drogo y, ay, Ned Stark. Como anunció Napoleón, “la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”. Lo que traducido al valyrio vendría a ser que el triunfo es un sangriento hijo de la gran puta…

Como el reptiliano Varys. O no. Un gallego siempre cazado en la escalera: “Soy el maestro de los susurros. Mi papel es ser astuto, servil, y sin escrúpulo alguno”.

Para los puretas que se llevaban las manos a la cabeza con el bajón de la última temporada: el segundo año de la serie fue el peor. Querer contar tanto generó una sensación de apresuramiento, una narrativa de saltos, deslavazada, impresionista. Un relato deshilachado que carecía de centro gravitatorio. Muchas tramas argumentales hicieron la guerra –nunca mejor dicho– por su cuenta, como si Juego de tronos contuviera en su interior cinco o seis series diferentes, con líneas de acción que no llegaban ni a rozarse: los casos más evidentes fueron los spin-offs de Danaerys en Qarth y Jon Snow más allá del Muro. Semejante dislocación se evitaba en las novelas, puesto que la disposición estructural –cada capítulo se consagra a un personaje– nos permitía tener tiempo para “entrar” en cada historia. En la segunda temporada, cuando habías calentado ya te habían cambiado de paisaje y de climatología dos veces, de modo que nunca sabías qué ponerte.

Ahí emerge Melisandre, sacerdotisa de la paradoja: “Las sombras no pueden vivir en la oscuridad. Son los sirvientes de la luz”.

Y también una Melisandre parturienta en la estela del poeta Henry David Thoreau: suave y alado humo, ave de Icaro. De noche velando las estrellas y de día oscureciendo la luz y eclipsando el sol. Ve tú, mi incienso, hacia arriba desde esta tierra y pide a los Dioses que perdonen esta llama tan clara.

Peña intensa, eh.

Hasta hubo una apestosa barbacoa de salchicha y mostaza orquestada por un chéf Ramsay. Pesadilla en la cocina, digo, en la mazmorra. Torture porn. Y mucha Sexposition; explicación del concepto: “Pero ¿podéis parar de follar y hacerme caso de una vez?”. Tetas, espadas y la superioridad moral del chorizo.

Palabras clave: Blackwater; Naumaquia; Verde.

La batalla del Aguasnegras

Durante sus ocho años fue una serie grandiosa a ratos, pero irregular. La segunda temporada, la peor. De hecho, la tercera remontó tanto que hasta subió una escalera:

Baelish: ¿El reino? ¿Sabéis lo que es el reino? Son el millar de espadas de los enemigos de Aegon. Una historia que decidimos contarnos una y otra vez hasta que olvidemos que es una mentira.

Varys: Pero ¿qué nos queda cuando abandonamos la mentira? Caos. Un pozo que crece, a la espera de tragarnos a todos.

Baelish: El caos no es un pozo. El caos es una escalera. Muchos que tratan de subir por ella caen y nunca consiguen volver a intentarlo. La caída acaba con ellos. Y a algunos se les da la oportunidad de subir, pero se niegan. Se aferran al reino o a los dioses o al amor.

¡Cuánto perfumado nihilismo!

Dragón rima con acción y Astapor con libertador. Daenerys no rima con locura. Aún.

Tres armas para tres estilos de lucha: Ser Jorah Mormont, Gusano Gris y Daario Naharis.

La Boda Roja

Descubrimos –a un coste emocional insoportable– que Robb Stark era tan aburrido porque sabían que se lo cepillaban en La Boda Roja. ¿Fue aquella secuencia la cumbre artística de la serie? Lo fue. La terrible sensación –de dolor casi físico– que dejan las lluvias de Castemere supera cualquier cosa que haya hecho GoT. Todo el capítulo apesta a tragedia con esa atmósfera enfermiza del castillo, las traiciones recientes entre las dos familias y los comentarios sexoirónicos del viscoso Walder Frey. Si a eso le añadimos la imposible cercanía de la pobre Arya –la readaptación más cruel de Atrapado en el tiempo–, el espectral inicio de la melodía, ese portón que se cierra y las miradas sospechosas de Lady Catelyn, ¡voilá!, tenemos el escenario perfecto para uno de los momentos más inolvidables de la ficción televisiva contemporánea.

Aquella tercera temporada hizo cumbre.

Sin embargo, la cuarta caracoleó demasiado en medio campo, resistiéndose a buscar el gol. Eso sí, cuando marcó lo hizo por la escuadra: “The Watchers on the Wall”. Esto –¡¡esto!!– es el heroísmo, gritado por Grenn y su puñado de renegados ante una muerte segura:

“La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte. No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto. Soy la espada en la oscuridad. Soy el vigilante del Muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres. Consagro mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche, durante esta noche y todas las que estén por venir”.

Viviré y moriré por mi puesto. Como los profesionales en las películas de Howard Hawks.

Realismo sucio, toma uno: “Nunca te dicen cómo se cagan encima [antes de morir]. No ponen esa parte en las canciones” (Robert Baratheon). Toma dos, realismo sucio stricto sensu: la muerte de Tywin Lannister. La ballesta de esa cagada o la cagada de esa ballesta. El poder en Juego de tronos está por encima de la familia; el cinismo ha barrido cualquier principio, cualquier vínculo de sangre.

Ese año, definitivamente, Game of Thrones decidió ser más pop que gafapasta. Y bien está. De hecho, tanto fue la boda roja a la fuente que, al final, se rompió por la esquina Joffrey.

“La larga noche se acerca y los muertos vienen con ella”. Lo mejor –y más inquietante– fue saber que al otro lado del Muro apestaba a muerte. Había que mirar al horror a los ojos y sentir su caos sediento de destrucción y sangre. Por fin asomaba el terror capaz de unir a aquellos que ansiaban matarse. El enemigo común. Pura pragmática.

Pero, ay, también esto otro: “No voy a detener la rueda. Voy a romper la rueda”. El terremoto que sacudió “Mother’s Mercy” evidenciaba que la lógica de la guerra en Juego de tronos es mucho más complicada –y estúpida– que cualquier realpolitik. Necesitaban leer con urgencia a Sun Tzu. Esa fue la gran rémora de la quinta temporada: un relato atestado de estrategas nefastos, de tropa que cavaba su tumba sin saberlo.

Con la violación matrimonial de la pobre Lady Sansa, las querencias pedófilas del hijoputa de Meryn Trant o la carbonización sacrificial de Shireen Baratheon no hubo quejas ante el elegante empleo de la elipsis. Curioso.

Casa Austera y el cambio al octavo.

No a la resurrección. No. No. No.

Puede que el otoño no fuera una estación perpetua, después de todo. El famoso invierno de Juego de tronos, metáfora narrativa antes que general ruso, empezaba a abalanzarse hacia el clímax. Antes de helar a traición, la granizada de sangre, mierda y vísceras alcanzó cotas bíblicas en la sexta temporada. Hubo falsos profetas ardiendo en fuego verde, como si fuera la destrucción del templo de Jerusalén. Pulularon granjeros que huían de la violencia, pastoreados por el Septón Ray, para acabar colgados cual mártires cristianos. Asomaron niños que se aplicaban con el cuchillo como si fueran matachines de Herodes. O, ay, emergieron esos bastardos pinzados, en escorzo, escalando entre trozos de carne cadáver como si ansiaran recrear La balsa de la medusa de Géricault.

La batalla de los bastardos como espectáculo total. De acuerdo.

Pero la melodía de piano de “The Winds of Winter” es lo más subyugante. Qué secuencia. Los primeros veinte minutos –tensos, dramáticos, crueles, espléndidos– se tomaron todo el tiempo que el capítulo anterior no se había permitido. Desde los ritos de vestimenta hasta esa sonrisa de vino y venganza que Cersei esboza tras su victoria. La devastadora cota del suicidio de Tommen volvió a poner en carne viva uno de los leitmotivs de la serie: la dicotomía entre estrategia e impulso, entre razón y emoción o, traducido a Maquiavelo, entre principios (morales) y fines (bélicos). La venganza tiene un precio, pero Cersei asume la factura.

Mientras, Arya Stark, la navy seal de Poniente.

El atroz desenlace de “The Broken Man” confirmaba, parafraseando a Todorov, que el pacifismo no es una opción moral válida y que las buenas intenciones, por sí solas, jamás ganaron guerra alguna. O, por ponerlo en términos revertianos: los mecheritos encendidos y la panda entonando el Imagine de Lennon, uh-uh, no podrán evitar que te lleves las del pulpo cuando los mastines te cerquen con los colmillos goteando. Al Mal se le combate. Punto y Clegane.

Hablando de mastines, ¿qué pasa con los huargos?

Hodor, oh, Hodor. Tres ojos, dos temporalidades, un portón. Y también un héroe. Porque esa ha sido siempre la tarea del héroe: reparar con diligencia la violencia del riguroso invierno.

Con tanto ajetreo, en la séptima temporada el cuerpo de la serie parecía ya un trampantojo: una mano amputada, otra mano artrítica y sin meñique, un castrado, un eunuco y un cyborg-in-progress. Hubo que calmar el ansia de jaque mate con trankimazin valyrio, verborrea Lannister e integridad invernalesca. Esto es: dragones, Tyrion y juramentos Stark.

Los ejemplares cuatro primeros episodios, con un guiño a Monument Valley incorporado. Mas luego, ay, el ya clásico “Benjen ex machina”. Pudiste ser el nuevo The Wire y te vendiste al éxito, le acusaron. Por lo visto, hay gentes que prefieren el fracaso… o que, simplemente, no saben que el éxito es como Jaqen H’ghar o como las cacas de Sam Tarly: las limpia en la Ciudadela; mucho peor sería limpiarlas en el castillo de Pyke. El éxito depende del cristal con que se mide.

El 2018 nunca existió.

¡Qué expectación para solo seis capítulos! ¡Cuánta presión!

Se acababa una forma de comunión colectiva. Sniff.

Como en la mirada pura de ese niño, intuimos el triunfo en el caminar sincopado de los Inmaculados, nos cosquilleaba el lustre épico de los estandartes unidos y, oh, el porte majestuoso de la Reina y su Señor nos recuerdan el orden del mundo. Porque el orden existe. Como el Bien.

De entre los hijos de puta de la serie, mi favorito siempre será Sandor Clegane. Bronn, muy cerquita.

Samwell Tarly. Asesino de caminantes blancos. Amante de damas. ¡Como si necesitáramos más razones para convencernos de que el mundo se acaba!”.

Se acaba.

El George R.R. Martin original y los primeros compases de la serie desayunaban fuego valyrio mezclado con mucha mala leche agria y, claro, con esa dieta salvaje lo mismo se permitían violar niñas de 12 años que degollar protagonistas. En la octava temporada todo quedó mucho más dulzón, agradable al paladar. Pero, incluso, el nuevo pacto de lectura podía caer en la hiperglucemia. En el sentimentalismo de cliché → “A Knight of the Seven Kingdoms”.

Es el relato más viejo e imperecedero de la humanidad: la batalla del Bien contra el Mal. La luz contra la oscuridad, el fuego contra el hielo. Ahí burbujea la pulsión del heroísmo. El querer vivir de pie superando la tentación del desaliento, aceptando el coste y abrazando el sacrificio. Porque la historia del hombre es la de la lucha por la libertad. Por eso funcionó tan bien la épica –tan esperada y esperable– de aquellos vibrantes y caóticos 80 minutos, porque apelaba a ese instinto humano tan profundo: el de la supervivencia. “The Long Night” fue el mayor espectáculo televisivo de la historia de la serialidad. Por nivel de producción, por clímax narrativo, por agonía bélica, por expectación global. Desde aquel anuncio, entonces casi anecdótico, de que el invierno se acercaba, ocho temporadas convergían ahí, en una madrugada sangrienta y abrasada en medio del hielo.

Not today.

Not today.

Not today.

Despues, ay, Tyrion Lannister y su prosa Miss Universo para frenar a Cersei. No.

Varys, aquel Rasputín, convertido en el garante del bien común, en mártir de la paz. Tampoco.

Durante años, Game of Thrones levantó una serie maquiavélica, susurrante y váryca, donde hasta un rutinario “buenos días” podía esconder el navajazo de un tratado de Clausewitz. El alimento espiritual óptimo para cualquier fondo de reptiles. De ahí también nacía el prestigio cultural de la serie: de un grisoscurocasinegro, donde la perversidad era, simplemente, su miércoles. Eso convertía la trama en un gigantesco interrogante. Desconocer las agendas ocultas y las tripleces de tanto malnacido espoleaba el esfuerzo cognitivo del espectador. Y su placer estético.

Nostalgia anfibia, pues. Añoranza de la ambigüedad. El meñiqueísmo de antaño desembocó en un maniqueísmo de escuadra y cartabón.

Stalinaerys.

El apuñalamiento de la Khaleesi optó por el orgasmo narrativo –un polvete rápido– en lugar de trabajar la sensualidad dramática y lubricada que uno esperaba de una decisión tan trascendental para la trama.

Ya lo advertía Ygritte: You know nothing, Jon Snow.

“¿Qué une a la gente? ¿Los ejércitos? ¿El oro? ¿Las banderas? Historias. No hay nada en el mundo más poderoso que una buena historia. Nada puede pararla. Ningún enemigo puede derrotarla. Y, ¿quién tiene mejor historia que Bran, el Inválido? (…) Él es nuestra memoria, el guardián de todos nuestros relatos”.

Bran: dispositivo narrativo.

Mas también: un canto de amor a la fuerza embriagadora de los relatos, a la emoción colectiva que generan, a la potencia simbólica que habilitan, al disfrute escapista, infantil, por un mundo de espadas y fantasía, de traiciones y heroísmos. Somos las historias que nos contamos.

El Bien vence. El Norte clama lealtad a la nueva Reina. Los fantasmas de Ethan Edwards o Tom Doniphon comparecen: tras cumplir con su misión, se pierden cabalgando en el horizonte. Han restablecido el orden, han puesto la sociedad en marcha y ahora toca reemprender el camino errante.

Queen in the North!!

Arya le aguarda la inmensidad de un Oeste por descubrir: navega, velero mío, sin temor que ni enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor.

Jon Snow regresa al inicio para cerrar el círculo. La nieve. Una Puerta. El muro. Y, de repente, un brote verde.

Spring, finally, is coming.

Arya y Jon han dado su vida por una guerra de cuya victoria ya no participan. Porque son mito. Sus gestas se entonarán sin descanso, para recordarnos quiénes somos y quiénes queremos ser. En Poniente las recitarán hasta los niños, que rememorarán así el precio que el Bien tuvo que pagar para derrotar al Mal.

Por eso se titulará “Canción de hielo y fuego”: porque es una historia tan antigua como el mundo.