Como cada miércoles llegan las Impresiones de un No Lector. Son obra del gran Antonio Valderrama, periodista y escritor que es autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) y nos acompañó en la sexta temporada, la séptima y la última de la serie. Lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre, así que nos analiza ahora de forma maravillosa y con otra visión La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×06 – La princesa y la reina

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

El sexto episodio de La Casa del Dragón es un paso adelante en la línea marcada desde hace ya tres capítulos, es decir, una profundización en la senda de oscuridad e introducción en el laberinto tenebroso del alma humana, rasgos tan propios de la serie matriz, Juego de Tronos. Pero en este caso el paso es un brinco, y uno abrupto, pues incluye algo tan delicado para la trama de una serie como es el salto temporal, que aquí es de nada menos que de diez años.

Avanzar de una tacada tanto tiempo y partiendo además desde un punto tan álgido como fue el final del anterior episodio es un movimiento, ciertamente, arriesgado. En mi opinión, aquí no se resuelve del todo bien. Esto disminuye un tanto el peso del capítulo, sobre todo con respecto a los últimos.

No obstante House of Dragon continúa asentándose en esas zonas de claroscuro y en esos ángulos muertos de la moralidad y de las motivaciones de los personajes, ampliando su número. Va haciendo más larga y estrecha al mismo tiempo la habitación en la que todos empiezan a convivir, mirándose de reojo, cada vez más cerca, con cada vez más violencia cargando el ambiente.

El empujón a la línea temporal se equilibra de este modo introduciéndonos en nuevos ambientes: los niños, la camada de Rhaenyra y la de Alicent, en cuyos juegos empiezan también a perfilarse los juegos de sangre para los que están predestinados; Pentos y la descendencia de Daemon, Lord Larys, una aparición estelar que en sólo un episodio cobra una fuerza desmedida… Sin embargo, al principio, ver pariendo de buenas a primeras a una nueva Rhaenyra, desconcierta.

El episodio nos transporta a un mundo nuevo pero sólo porque ha pasado una década desde lo que vimos en el último episodio, pues en realidad el mundo es más viejo, mucho, muchísimo más viejo que antes. Los diez años han pasado como diez siglos por encima de cada cuerpo y de cada alma, menos curiosamente por los del rey Viserys, que milagrosamente sigue vivo aunque sólo un poco más calvo.

La decrepitud es la misma, pero, ¡qué aguante! Lleva veinte años descomponiéndose y aun así, resiste. Resiste para ver cómo se cuartean todos los demás, para ver cómo se les va la vida por entre las grietas, para ver cómo los jóvenes de antaño, llenos cada uno de ensoñaciones, de ilusiones, de ganas, son ahora hombres y mujeres aniquilados por el odio, por el rencor y por el miedo.

El ejemplo es Rhaenyra. La hybris, que ya la alcanzó al final del último episodio, se ha cebado con ella sobremanera. La princesa displicente y audaz, independiente, autónoma, se ha transformado en una matriarca común. Es una mujer avejentada y cargada de hijos cuya vida, basada en aquel en apariencia provechoso acuerdo con su primo valyrio, es infeliz. Por primera vez, está sometida espiritualmente a su vieja amiga Alicent.

Por primera vez es Rhaenyra la que tiene miedo. Sus temores y sus anhelos son los de cualquier madre de príncipes, en eso no se distingue de ninguna otra, tampoco de la reina Alicent. Alicent es definitivamente la mujer cruel, la Livia malvada y autoritaria, despótica y ruin, que vimos al final del episodio anterior.

Pero su arrogante maldad es pura fachada. En realidad sigue siendo una pobre mujer solitaria y amargada, consumida por la envidia, cuyo único triunfo en la vida ha consistido en arrastrar a su amiga de la infancia a la misma desdicha en la que ella vivía: como el estilo de vida de la Rhaenyra soltera y princesa simbolizaba lo que ella misma más deseaba, el destino le ha deparado el “regalo” de ver cómo Rhaenyra se casaba y se llenaba de responsabilidades cortesanas en la misma medida que ella.

Como en el viejo chiste que ilustra la envidia española: yo prefiero perder una pierna si tú pierdes las dos. Eso ha pasado. La vida no ha hecho prisioneros.

En esta atmósfera y en esta dimensión, La Casa del Dragón se ha juegodetronizado y por tanto ha elevado su nivel narrativo aunque haya giros y trágalas del guión que el espectador, como en la serie matriz, ha de pasar por alto en aras del disfrute global del espectáculo. Por ejemplo, la existencia de Ser Criston Cole, a quien dejamos a punto de hacerse el harakiri debajo del añejo árbol, en una escena casi de Tarantino en Kill Bill. Su envilecimiento absoluto, la podredumbre de aquella alma bella, pura e inocente, es el ejemplo del ensombrecimiento de la serie.

Ser Criston, que debió suicidarse, o ser ajusticiado, era el mejor de los personajes que pululaban por el escenario mundano, frívolo y repugnante de la corte de Desembarco del Rey. Era un Quijote, un caballero medieval. Tenía valores, creía en un mundo mejor. Amaba y anhelaba ser amado. Ahora es un Terminator sin sentimientos a merced de la voluntad de una nueva Cersei Lannister, es decir, a merced de la reina Alicent, una efigie cuya máscara, labrada por el odio más refinado, la lleva a despreciar cualquier vestigio del afecto que en el pasado sintiera por Rhaenyra.

Pero como está más podrida que la carne del pobre rey Viserys, sus acciones no son seguras ni están movidas por una resolución cabal e inteligente de estadista. Y lo que generan es más temblor en el tablero, desencadenando fuerzas ante las cuales ella misma es un insecto pequeñito e indefenso que puede ser aplastado con facilidad.

Esas fuerzas tenebrosas cristalizan todas en Larys, que es un nuevo Varys, pues hasta en el nombre se asemejan. Ya en el anterior episodio se presentó con todas las credenciales del perfecto Richelieu, ladino murmurador de pasillos, epítome del confesor de cámara que urde todas las tramas de palacio.

Pero en este capítulo se ha destapado, además, como un refinadísimo y perfecto Fouché. Pues ha sido capaz de articular una fuerza armada a su completa voluntad y merced con lo mejorcito de los calabozos de la Fortaleza Roja para dar, con ella, un golpe tremendo en el corazón de su propia estirpe.

Fratricidio en la mejor tradición de Heródoto que lo confirma como el hombre a tener en cuenta en este final de temporada y de cara a las siguientes, como el Michael Jordan del Mal, un diablo de enrevesadas razones que asusta a la propia Alicent. Pues tal y como la sirve a ella, la puede destruir, con que solamente sople un poquito el viento en la cara del contrahecho melenudo con aspecto de castrati italiano del XVIII.

La serie sigue guiñando el ojo a Juego de Tronos, empezando por el nombre que le dan al último hijo neonato de Rhaenyra: Joffrey. Luego vemos a Aegon, el deseado (indeseable, como Fernando VII) vástago de Viserys, encaramado a una ventana, haciéndose una paja.

La escena de la ventana nos lleva directamente a Tommen Lannister/Baratheon y a su madre Cersei, evocada además por Rhaenyra y su matrimonio de pacotilla pleno de hijos bastardos. Tal y como aquélla fingía parir la descendencia de Robert Baratheon cuando en realidad no dejaba de tener hijos con su propio hermano.

Jaime Lannister era Lord Comandante de la Guardia Real, qué casualidad. Aquí era comandante de las Capas Doradas el heredero infeliz de Harrenhal, a quien no nos ha dado tiempo de conocer más en profundidad.

Toda una lástima, viendo cómo se las gastaba con Criston Cole. En lo poco que pudo decir, advertí un matiz que me hizo recordar al Perro y su I have a code. Y a mí me encantan esos personajes con ética de samurái que en realidad no pertenecen al mundo asqueroso que los rodea.

La serie emboca el final de su primera temporada con unos protagonistas destrozados, como digo. Daemon, que era una especie de Quijote luciferino, ahora se abandona al sanchopancismo y quiere aburguesarse.

Daemon esboza la teoría de los Targaryens errantes, caballeros sin asiento, desterrados de sí mismos, cuyos únicos compañeros de viaje por el mundo son la incomprensión, el miedo y la muerte. Ya no tiene alicientes, como Rhaenyra, sin carisma, sin fe, que se refugia en Rocadragón para huir de la carnicería que todos presienten en el aire.

Lo interesante es el panorama que se abre con los niños, Targaryens rubios y morenos en los que se perfila la locura y la nobleza, la envidia y la ambición, como si fueran clones en miniatura de sus padres. El capítulo también nos revela una interesante faceta de los dragones: con el sacrificio de la mujer de Daemon, podemos intuir la perplejidad y el sufrimiento del monstruoso Vhagar, y por fin podemos ver a los dragones como algo más que máquinas terroríficas de sembrar el pánico y la muerte.

Lo mejor, sin lugar a dudas, es el monólogo shakesperiano de Larys del final, con el que la serie alcanza un cénit hecho de contrapuntos anímico-morales. Y te deja una desazón en el fondo del estómago, mientras la pantalla se pone en negro.