Llegan las Impresiones de un No Lector. Obra del gran Antonio Valderrama, periodista y escritor que es autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) y nos acompañó en la sexta temporada, la séptima y la última de la serie. Lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre, así que nos analiza ahora de forma soberbia y con otros ojos La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×05 – Iluminamos el camino

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Por tercer capítulo consecutivo la serie continúa ascendiendo, progresando por la senda del interés, de la complejidad y de la profundidad narrativa. Los personajes se siguen desdoblando y trascendiendo el esquema simplón y lleno de clichés con el que casi todos comenzaron, lo cual es una noticia estupenda para los que disfrutamos y nos entretuvimos con Juego de Tronos. Los dragones se entronizan, podríamos decir.

Si bien en los dos primeros comentarios hice hincapié en la necesidad de que La Casa del Dragón se emancipara, creo que lo está consiguiendo quedándose con lo mejor de su serie matriz. Y lo mejor de Juego de Tronos era la capacidad que tenía para, como show absolutamente mediático de impacto planetario y completamente mainstream, ahondar en el lado oscuro de la naturaleza humana. Y en efecto, House of the Dragon se está oscureciendo a una velocidad de vértigo.

Si bien el anterior episodio fue protagonizado en esencia por Rhaenyra (pudimos ver su transformación, su paso ritual de niña a mujer, con todas las consecuencias que ello implica), en éste el foco baña con su luz pálida de funeral a lady Alicent, la reina por accidente. No la vemos, en este caso, mutar de niña a mujer. Eso ya ocurrió en un segundo plano hace varios capítulos. La vemos convertirse en Lady Macbeth y recordarnos terriblemente a un personaje bien conocido ya: a Cersei Lannister. Pero todo esto es macerado con tino y sutileza a lo largo del episodio.

La serie, con gran acierto, sigue llena de metarreferencias. Hasta la intro parece cambiada. No había caído en que la sangre se derrama y llena como si fuera agua en las acequias una reproducción exacta de la maqueta de Valyria con la que se entretenía el pobre rey Viserys. La vemos desde perspectivas nuevas, como si se nos anunciara que por fin van a abrirse las compuertas del terror y de la guerra. Todo el capítulo es un gran y extraordinario preludio de una catástrofe, y en ese sentido logra transmitir esa sensación de enorme incomodidad ante lo que sucede en la pantalla.

Se nos ubica muy pronto y en eso los creadores de la serie parece que tenían ganas de acelerar. Los primeros tres cuartos del episodio son previsibles, un acelerón. Vemos por fin a la legítima esposa de Daemon, una señora del Valle que parece la diosa Diana a caballo. Pero la vemos poco porque Daemon se aparece ante ella como un fantasma y la aniquila en una secuencia espantosa.

Me refiero a que espanta, porque no es nada mala, al revés, está muy bien hecha. Daemon es más demonio que nunca y sin apenas moverse del sitio, tan sólo con los ojos, consigue que Lady Rhea se mate sola. Es un momento crudelísimo, de una intensidad inimaginable, pura psicología del terror. Daemon, de improviso, vuelve a ser un hombre sin compromisos, los guionistas pasan rápidamente página y más rápido la vuelven a pasar con la cuestión matrimonial de Rhaenyra.

La alianza y restitución de la casa Velaryon se consigue sin dificultad aunque de paso podemos ver al rey todavía más demacrado, hecho una pura piltrafa. Viserys da cada día más asco porque cada día se asemeja más a un cadáver, un cadáver que habla y toma decisiones pero que está podrido por dentro y cuyo tiempo está más que contado.

Todo lo que ocurre en Marcaderiva sigue por una senda que da la sensación de haber sido trazada por los guionistas de forma precipitada. Es perfecto para que avance la trama pero es previsible, aunque la forma en que se destapa la homosexualidad del futuro rey consorte, el hijo de Lord Valeryon, está muy bien hecha y respeta los cánones clásicos. Todo en este matrimonio entre las grandes familias valyrias tiene un aire tan perfecto, sobre todo para Rhaenyra, que las aristas afiladas que se esconden debajo resultan demasiado evidentes.

A la vez que se fragua una alianza en apariencia perfecta y por supuesto perfectamente satisfactoria para todos los implicados en ella, comienza lo mollar del episodio. Es decir, comenzamos a ver a Alicent descender definitivamente por la escalera que conduce directa al infierno. Su padre ha sido desterrado y la despedida de ambos personajes es un instante de capital importancia en el devenir del capítulo.

Otto Hightower es la consumada máscara del poder en esta serie. Es la voluntad del poder y la razón de Estado de Maquiavelo. Para él, que tiene todo Poniente en la cabeza, con sus infinitos sistemas cambiantes de alianzas y contraalianzas, amenazas posibles, reales e imaginarias, su hija no es su hija, sino un mero instrumento. Por eso verbaliza ante ella la verdad inhumana del poder y del destino que el juego de los tronos le tiene preparado: Alicent tendrá que hacer por su hijo lo que sea, pues éste es ya su única motivación.

No le queda nadie ni tampoco le queda nada. Su pasado ha muerto. Los afectos que cultivó como niña y que labró por tiempo limitado en su estreno como mujer en el mundo de los adultos han desaparecido de golpe. Está ella y en frente está la Historia. Y la Historia no perdona.

Aquí se nos introduce, en mi opinión de manera insuficiente pero eficaz en lo que tiene que ver con el desarrollo de la acción, a la nueva Mano, verdadero artífice de la tela de araña que empieza a tejerse en torno a la corona. El hijo de la Mano que ha sucedido a Otto Hightower es el arquetipo del personaje felón, del murmurador de la corte.

Incluso físicamente reúne en su cuerpo contrahecho y en sus andares sibilinos, en su forma ladina y venenosa de presentarse y de charlar, los viejos tópicos del traidor, del confesor de cámara, del auténtico muñidor de conspiraciones palaciegas. Sus viperinas conversaciones inducen a la reina a un estado de estupor y miedo: está cercada, todo le es hostil, está sola y está abandonada a una intemperie que se acerca a medida que su marido se descompone. Alicent empieza a ser Cersei.

Una de las aristas afiladas que se escondían bajo la aparente perfección de la resolución de la cuestión matrimonial de Rhaenyra era Criston Cole. Criston Cole es el único personaje puro de esta serie. Es un Quijote entrañable, un romántico no en el sentido comercial y contemporáneo de la palabra sino un hombre del siglo XVIII, el personaje que la HBO siempre reserva para el caballero que vive su vida según un código.

Criston Cole es puro, es inocente, y es idealista. Su dios no es ni el poder ni el dinero ni la influencia ni el sexo, sino el honor. Está, en sentido estricto, fuera del mundo, tanto del de la serie como del nuestro. Por eso reunía desde el primer capítulo sobre sí mismo todas las condiciones del cordero sacrificial, de la víctima que tenía que ser inmolada.

Rhaenyra, que pensaba que podía tenerlo todo (la corona, asegurada mediante un matrimonio cómodo, de conveniencia, y el deleitoso juego erótico con su apuesto campeón) está por debajo de todo esto, es un personaje convencional, un personaje más. Criston Cole, en cambio, no.

Pero este tipo de personajes no tienen sitio en la vida real, por supuesto en la ficción tampoco. A partir de él el episodio se dispara, narrativa y dramáticamente hablando.

Él es la mecha que va cargando la tremenda explosión del final. Y esa explosión se veía venir desde el acto inaugural de los festejos por la boda real entre la heredera al trono y el heredero de la casa más poderosa del reino. Siempre que hay o va a haber una boda en el mundo de George R. Martin se sabe que va a pasar algo. Era inevitable. La secuencia está muy bien llevada.

Es un clímax sostenido casi hasta el extremo, dilatado con audacia proverbial. Criston Cole le sirve a Alicent para abrazar por fin toda su infinita amargura, toda su frustración personal, para hacer de su soledad y de su miedo una capa majestuosa y majestuosamente lúgubre con la que se viste y hace un acto de presencia fascinante en mitad de la aparente y falsa alegría general en la Sala del Trono.

Los tambores de la música que acompañan la cena son en realidad tambores de guerra y la última mirada que le dirige Viserys a su hermano Daemon es un reconocimiento definitivo de su derrota personal, de la inutilidad manifiesta de su vida entera. Se ha tirado años intentando ser un rey justo y pacífico y al final es consciente, plenamente consciente, de que a su muerte le seguirá un horrendo baño de sangre.

Todo ese clímax sostenido rompe por fin con Criston Cole. La secuencia, confusa, nos introduce en el nerviosismo de una situación así, por lo que hay que felicitarles dada la verosimilitud con la que logran plasmar un hecho semejante.

Los hombres de la nueva Mano dan la impresión de ejercer aquí el papel que en la célebre Boda Roja llevan a cabo los repugnantes Frey. La explosión de violencia (completamente tarantinesca, nada espectacular, sino sórdida, abrupta y desgarradora) sirve para manchar y contaminar al hombre que con ética de samurái quería vivir y quería morir (ese harakiri final interrumpido por Alicent).

Pues si algo logra Martin con su obra es confirmarnos que no hay escapatoria posible: el Mal, con mayúsculas, nos alcanza a todos, no hay ni esperanza ni perdón, la vida es un combate perpetuo e inevitable, para vencer hay que derrotar y aniquilar todo cuanto de bello y bueno puede albergar el corazón humano, y nadie escapa a ese destino terrible, que es peor que la muerte, pues condena a vivir con el alma efectivamente muerta y enterrada. No deja de ser un buen sarcasmo el título del capítulo, pues sólo ilumina la sangre.

El último acto de descrédito del débil poder de Viserys ha sido ejecutado: se ha puesto en peligro en sus mismas narices y en medio del acto de encumbramiento definitivo de Rhaenyra la vida de la heredera, se ha cometido un crimen nefando delante de los dioses nuevos y antiguos, y el matrimonio que iba a consolidar la posición de Rhaenyra queda marcado para siempre. Pues Rhaenyra misma, como su padre, como Otto Hightower, como Daemon, no pueden tampoco hurtarle el cuerpo al pecado de desmesura, que en la tragedia clásica los griegos conocían como la hybris.