Es martes, es el turno de la Review de un No Lector. Escritas por el amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no le falta por disfrutar las novelas cortas de El caballero de los Siete Reinos. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie sobre Dunk y Egg con otra perspectiva.

El caballero de los Siete Reinos 1×04 – Siete

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Cuando parecía que El caballero de los Siete Reinos había alcanzado su primer clímax con el cliffhanger con el que terminó el tercer episodio, el cuarto capítulo es una obra maestra de la tensión sostenidaSeven Siete, en español, nos introduce, además, por primera vez en las claves políticas de Poniente, con lo que la serie gana en profundidad y relieve al tiempo que sigue sin perder la frescura, más bien al contrario.  

La duración de los capítulos ayuda, en mi opinión, a todo esto. Los tres cuartos de hora son, como mucho, ideales. No sólo para no cansar al espectador sino también para esbozar los matices de las líneas argumentales que se van desarrollando en torno al hombre de una pieza que es Se Duncan, guardando esa recomendable ambigüedad narrativa que tanto bien hace a los relatos.  

Esto, en la época de la sobreexplicación y el subrayado de lo obvio en las series y películas, resulta todo un acierto. El caballero de los Siete Reinos tiene un aroma clásico que engancha.  

Es preciso recordar que a lo largo de los cuatro capítulos que llevamos vistos hasta ahora la serie no ha salido de un tiempo narrativo muy corto: prácticamente no ha sucedido «nada» en apenas tres días de torneo en Vado Ceniza y sin embargo sí que, a nuestros ojos, han ocurrido muchas cosas.  

Se podría decir que el cuarto episodio ha ubicado a Ser Duncan el Alto en el centro de una suerte de motín o proto-rebelión contra el poder de los Targaryen. Es curioso que hasta ahora los únicos Targaryen nobles o, de algún modo, «buenos» son los que no lucen la famosa melena color rubio ceniza: Egg y su tío, el príncipe heredero.

En este episodio se explicita, por fin, una de las cuestiones que llevaba revoloteando desde el principio por la mente de los espectadores, al menos por la mía desde luego: los Targaryen llevan siglos dominando Poniente a sangre y fuego gracias, sobre todo, a la fuerza devastadora de los dragones…pero ya hace mucho tiempo que no hay dragones.

Es decir, sin la bomba atómica y la fascinación prerracional que la criatura de fuego voladora provoca en la mente humana, ¿en qué se quedan los Targaryen? En efecto, en un linaje de déspotas y enfermos mentales con tendencias psicópatas y una sádica inclinación por el incesto y la violencia.  

Los Targaryen, por si fuera poco, no pertenecen a Poniente. Vinieron desde un lugar muy lejano a imponer un poder centralizador que sometió a las infinitas casas nobiliarias de los Siete Reinos. Trajeron la modernidad por la fuerza, un absolutismo que volcó el mapa de los viejos clanes y señoríos feudales hacia Desembarco del Rey. Los reinos dejaron de ser eso, reinos, para convertirse en provincias o trocitos de un gran pastel cuya mejor parte siempre se comen estos rubios enloquecidos y siniestros que tratan a todo el mundo con la punta del pie.  

Pero, claro, ¿dónde están los dragones? Ya no hay dragones y quizá sólo haga falta un hecho anecdótico en apariencia, irrelevante o superficial, para que todo el mundo en Poniente se de cuenta de que el emperador está desnudo. Un hecho casual como, por ejemplo, el juicio a todas luces injusto de un buen muchacho.  


En este contexto sí que cobra todo el sentido del mundo el nombre de la serie: Ser Duncan el Alto se transforma, ante el cruel desafío del principito Targaryen, en el verdadero caballero de los Siete Reinos.

En Siete ser Duncan, con toda su inocencia y con la probidad manifiesta de sus actos («un caballero debe proteger a los inocentes») es de pronto el banderín de enganche para que un puñado de valientes cuyas casas llevan siglos bajo la bota de los Targaryen se tomen un desquite que quizá no tenga nada de simbólico y puede que sea el inicio de algo más grueso.  

¿Una rebelión? Veremos. La iniciativa del príncipe heredero de combatir en el juicio a siete contra su propia familia abrirá sin duda una espita y desde luego que ofrece a la serie amplios caminos por los que discurrir. A los Targaryen, como demuestra el caso del caballerete Fossoway, sólo les queda la corrupción de sus semejantes, es decir: comprar voluntades a cambio de mercedes para mantener la lealtad de los señores de Poniente, pero esos lazos siempre son frágiles.

Porque quien hoy se vende por dinero o prebendas puede, perfectamente, venderse mañana a un mejor postor que le ofrezca más dinero o mejores prebendas. Sin pretenderlo, Ser Duncan y su fiel Egg han abierto una grieta en el poder real que puede terminar por engullirse también a los mejores de entre los Targaryen en liza.  

En este episodio Ser Duncan es San Jorge levantando su lanza santa contra el dragón, en sentido más literal que metafórico. El dragón ya no es un monstruo que echa fuego por la boca sino una familia de degenerados hiperviolentos a los que sólo se puede destruir en nombre de los pobres, los parias y los justos del mundo.  

Creo que, como espectadores, lo vamos a pasar muy bien en lo que queda de temporada.