Es martes y es el turno de la Review de un No Lector. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no ha leído El caballero de los Siete Reinos. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.

El caballero de los Siete Reinos 1×02 – Ternera salada

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Definitivamente, El caballero de los siete reinos tiene buena pinta. Las impresiones que dejó el primer capítulo se han confirmado en el segundo, tanto en fondo como en forma. La serie hace de la sencillez una virtud y mantiene el tono antiheroico y alejado de la pompa y grandilocuencias por antonomasia de las historias de caballeros medievalizantes.

Ayuda que los episodios no duren una hora. Estos dos han acabado dejando buen sabor de boca, ganas de más. Se han hecho cortos y esto, en la época en la que vivimos, de sobreproducción de series y exceso de plataformas, es un gran punto a favor de la HBO.  

Ser Dunk el Alto es un Sancho Panza con alma de Don Quijote. Su presencia en este Poniente sin magia ni dragones, un Poniente como resignado a la vileza del mundo, es una bella nota de idealismo: un tipo tan alto, tan torpe y tan cándido, tan fuerte y a la vez tan crédulo, parece un caramelito para tanto noble mezquino y caballero sin compasión como los que abundan en los grandes linajes de la saga.

Y sin embargo resulta un contraste magnífico con toda esa miseria moral y material, como una ventana a la esperanza. Como si, nos dijeran, hay algo en los cuentos y en los cantares de gesta que es, en el fondo, cierto. Esa verosimilitud es la que encarna nuestro protagonista.  

Lo describe estupendamente el mismo Dunk en su encuentro con la Mano del Rey y heredero al trono: la caballería es un puente entre la nobleza y la plebe. En realidad, el puente entre la vida que nos contaron y la fealdad verdaderamente existente es él, que encarna genuinamente al caballero que interpone la fuerza de su brazo entre los desvalidos y las injusticias. 

Hay algo de subversivo e incluso de marxista en la defensa que hace el ingenuo Dunk de su derecho a competir en igualdad de condiciones en una sala llena de intrigantes, de aristócratas degenerados y de la clase de gentuza sin humanidad que en todo tiempo y lugar suele detentar el Poder, con mayúscula.

Educado por un borracho y un putero él mismo empieza a sospechar que la meritocracia, como los dragones, no existe: que es una pantomima que les cuentan a los pobres para entretenerlos, que él mismo se va a prestar a ese divertimento que los distrae de sus vidas de mierda y va a poner en ello su vida en juego a cambio de, probablemente, nada.  

Se avanza en la relación con los titiriteros. De aquí saldrá, probablemente, la enamorada dama o el objeto femenino de deseo que todo relato de estas características, necesita: no hay héroe sin Dulcinea a la que aspirar o al menos, Aldonza que lo entretenga.

Esta circunstancia y el curioso miedo que su calvo y pequeño escudero parece sentir ante la presencia de los Targaryen apuntan las dos grandes líneas de desarrollo de la trama: este niño debe ser alguien importante (cumpliendo así con uno de los grandes lugares literarios de la Historia: el del príncipe condenado por algún oráculo en su nacimiento al que la piedad de un sirviente o de una madre salva de la muerte segura enviándolo al anonimato, desde el mito del nacimiento de Zeus, esto es así) y esta titiritera va a guiar a Dunkan por los procelosos bosques de su crecimiento personal, o mucho me equivoco. 

Algo que me gustó mucho del primer episodio fue la representación cómica de las batallas con dragones, que en el tiempo presente de esta serie ya forman parte de un pasado mítico. Es una caracterización interesante que habla del lenguaje humano y desmitificador de esta serie, tan distinto del de sus hermanas: los dragones son de tela y papel y el fuego no es más que un puñado de polen arrojado a una candela. La vida es real y la muerte nos acompaña todo el tiempo, por eso lo mejor del segundo capítulo es la visión que Ser Dunk en medio de la justa.  

Mientras a su alrededor la gente enloquece por el ruido y la furia que despierta el inicio de los combates, todo el despliegue y la fanfarria de los caballeros y sus corceles de guerra, él es consciente, por primera vez, de que puede morir: de que es muy posible que muera al enfrentarse con semejantes bestias.

También se da cuenta de algo muy importante: su mentor, el viejo del enorme falo, tenía más verdad en su disoluta forma de vida que todos los grandes caballeros de los siete reinos juntos; y que al apartarse de toda forma de fama y no buscar la celebridad sino la pacífica seguridad de los caminos apartados, con la única compañía de prostitutas y de mesoneros, estaba siendo inteligente. Pues, ¿qué le habían deparado tantos años al servicio, como soldadito raso, de tantas casas nobiliarias? La más absoluta de las nadas. 

Hay una solidaridad entre los parias, entre los nadie que habitan Poniente y sobreviven en sus márgenes. El herrero accede a ayudarle con la armadura. El secretario del noble le echa un cable y lo observa con conmiseración. El episodio termina con un reclamo de vendetta social muy prometedor. Todos los parias de la Tierra, todos los que formamos parte de la famélica legión, estamos con Ser Dunkan.