Es jueves así que es el turno de la Reviews de los Lectores, obra de nuestro amigo Xavi (Sak Stark), que administra la imprescindible Wikia de hielo y fuego. Ya tuvimos sus análisis en las temporadas de Juego de Tronos y ahora Xavi nos repasa Fuego y Sangre para comentar La Casa del Dragón. Y esta semana aborda el soberbio octavo capítulo de la serie.

La Casa del Dragón 1×08 – El Señor de las Mareas

Por Xavi (Sak Stark) de la Wikia de Hielo y Fuego

Seis años después, nos ubicamos en una fecha clave de la historia de Poniente. Las reuniones familiares, el conflicto y la muerte vuelven a escena, dejando en la memoria de los espectadores tanto momentos inolvidables, como interpretaciones muy aclamadas. Esta octava entrega, que debería conocerse también como ‘el episodio del rey’, va a significar un antes y un después en ‘La Casa del Dragón’, con los cuernos de la guerra, ahora sí, prestos y dispuestos.

Una grave herida sufrida en los Peldaños de Piedra deja a Lord Corlys Velaryon padeciendo unas fiebres muy fuertes, por lo que, sin esperar al hoyo, surge la disputa de la futura sucesión de Marcaderiva. El heredero natural era el segundo hijo de Rhaenyra, Lucerys, pero el hermano de la Serpiente Marina, Vaemond, ambiciona las tierras y flota de los Velaryon.

El caballero alude a su pureza de sangre y no a los nombres, a la vez que pasa de las opciones que pudiera tener Baela, alli presente e hija de la difunta Laena. El embrollo se tendrá que arreglar en Desembarco del Rey, pero ya se intuye desde buen inicio, que la osadía se acaba pagando.

“Aquel mismo año, la Serpiente Marina contrajo unas fiebres repentinas. Cuando se encamó, rodeado de sus maestres, surgió la cuestión de quién debía sucederlo como Señor de las Mareas si el mal se lo llevaba. Puesto que sus dos hijos legítimos habían muerto, la princesa Rhaenyra propuso a su suegro que nombrase a Lucerys, su segundo hijo. No obstante, lord Corlys también tenía media docena de sobrinos, y el mayor de ellos, ser Vaemond Velaryon, protestó por que los derechos de herencia se lo saltasen.” – Fuego y Sangre

En Rocadragón, Daemon recibe la misiva de su hija sobre lo sucedido, por lo que junto con una embarazada Rhaenyra y el resto de la familia, ponen rumbo a la capital para defender sus intereses, El regreso a la Fortaleza Roja se muestra extraño para la princesa, pues al margen del frío recibimiento que tiene, no parece sentirse en casa.

Los Hightower han tomado el control absoluto, múltiples ornamentaciones de la Fe inundan ahora el palacio, y para colmo, el rey Viserys se encuentra en un proceso de dolorosa agonía, tratado con dosis constantes de leche de la amapola. Este último detalle será muy importante para el final, así como las consecuencias de los conocidos ‘sueños de la amapola’.

En estos últimos años, la podredumbre de la enfermedad se ha cebado con el monarca, devorándole el rostro y causando estragos en su cuerpo. El reencuentro con su hija resulta desgarrador, consciente de que está completamente incapacitado para gobernar, y que además le queda poco tiempo de vida. Entre estos instantes de pesar también hay hueco para la ternura, en el cual Rhaenyra presenta a sus dos otros hijos: Aegon y Viserys, nombres de reyes.

“Cuando el año tocaba a su fin, Rhaenyra trajo al mundo un pequeño aunque robusto varón, un príncipe pálido de ojos violeta oscuro y pelo claro con vetas plateadas, al que llamó Aegon. El príncipe Daemon tenía al menos un hijo vivo de su propia sangre, y este nuevo príncipe, a diferencia de sus tres hermanos maternos, era un verdadero Targaryen. Sin embargo, en Desembarco del Rey, la reina Alicent se enojó sumamente al saber que habían llamado Aegon al retoño, ya que se lo tomó como un menosprecio para con su propio hijo Aegon.” – Fuego y Sangre

La princesa de Rocadragón pide a su padre zanjar el asunto de Marcaderiva, pues salpica de nuevo la legitimidad del apellido de sus hijos. Agotada por esta vida de enfrentar conspiraciones, intenta también obtener respuestas sobre la Canción de Hielo y Fuego, que fue mencionada al inicio de la serie.

Sin éxito, Rhaenyra rompe en llanto, mostrándose a intramuros del castillo como una mujer indefensa y carente de seguridad. Es una secuencia de gran carga dramática y simbolismo: la tormenta arreciando de fondo, las ratas deambulando por la descuidada maqueta de Valyria, ahora repleta de telarañas, y que simboliza tanto el fracaso de Viserys por intentar mantener el esplendor de su Casa, como su estado de salud.

De forma desesperada, Rhaenyra tratará de convencer a Rhaenys con un doble compromiso matrimonial entre hijos y nietas, para así blindar sus casas. Es un win-win en toda regla. Resaltar aquí la importancia de cuidar los detalles de cómo iba esta relación: muy acertado que se quede aborde el asunto de Laenor y las sospechas sobre su ‘muerte’, pues era uno de los aspectos que se temían perdidos en el olvido a causa de los saltos temporales. La ‘Reina que nunca fue’ no las tiene todas consigo, pero como muchos de nuestros personajes, ansiará el mejor camino para sus intereses.

No muy lejos de allí, Alicent consuela a una aterrorizada sirvienta, quien explica que ha sido agredida sexualmente por el príncipe Aegon. Aparentemente y por la línea de actuación, estos sucesos han ocurrido más veces. Son momentos duros para la Reina Verde, quien a pesar de mantener la compostura y saber que su hijo es un desgraciado, le proporciona té de la luna y unas monedas para que la chica marche en silencio. Alicent necesita mantener impoluta la reputación de Aegon, por complicado que sea.

Cuando este último entra en escena, queda más que evidente que el victimizado príncipe no está ni mucho menos preparado para lo que tenga que venir. Sus únicas aficiones son la bebida y la cama, sin importar las consecuencias, ni lo que digan quienes están a su alrededor. Ni tan siquiera parecen de relevancia para él su hermana-esposa o sus hijos. En resumidas cuentas, Aegon es la antítesis de Jacaerys, del que hemos visto es un muchacho noble, disciplinado y con la cabeza más amueblada.

A ritmo de bombo y platillo llega Ser Vaemond, y las posiciones quedan bien definidas. ‘Fuera de programa‘, los Verdes ya han procurado preparar el respaldo hacia el hermano de Lord Corlys, cuya experiencia en la mar garantiza la defensa contra posibles incursiones navales de las Ciudades Libres, mientras que a la vez, se busca cercar el poder que pudieran agenciarse la facción de los Negros.

Otto Hightower preside la audiencia para escuchar los reclamos de un confiado Vaemond, quien apela a la historia de los Señores de las Mareas. Cuando Rhaenyra trata de interrumpir el sermón, las puertas del salón de abren de repente anunciando la llegada del mismísimo rey Viserys.

En una entrada espectacular que se combina con una pieza musical muy poderosa, el frágil monarca se mantiene decidido a caminar por su propio pie hacia el trono, haciendo un esfuerzo soberbio. Por su hija. A pesar de las frágiles apariencias, muy seguramente es uno de los momentos en que el rey se ha ganado el respeto de los atónitos presentes. Un ejercicio de dignidad mayúsculo.

El dictamen de Viserys tras ratificar las palabras de Rhaenys, no complace a Vaemond, quien proclama su sentencia de muerte tras injuriar a gusto a Luke y a Rhaenyra. Y con un solo tajo de Hermana Oscura, aquí concluye una de las subtramas que tan bien se han adaptado al condensar dos incidentes de rebeldía por parte de la familia Velaryon. Todo zanjado para un final… ¿Feliz?

“Alegando que los hijos de Rhaenyra eran bastardos engendrados por Harwin Strong, la princesa no se demoró en responder a tal acusación: despachó al príncipe Daemon para prender a ser Vaemond, cortarle la cabeza y entregar su cadáver a Syrax para que lo devorase. Sin embargo, ni esto puso fin al asunto. Los primos menores de ser Vaemond se desplazaron de inmediato a Desembarco del Rey, para reclamar justicia y reivindicar sus aspiraciones ante los reyes. Viserys, tras escucharlos en absoluto silencio, ordenó que les arrancasen la lengua a todos.” – Fuego y Sangre

Aunque el rey parecía sufrir un colapso, consigue reponerse para culminar el objetivo por el que tantos años ha estado frustrado: asistir a la cena familiar y reconciliarles de una vez por todas. La Última Cena. Tal vez augurando su fin, suplica de manera transparente y apasionada que entierren el hacha de guerra. Ante ellos se descubre como un anciano desahuciado, que pide sincero entendimiento. Un alegato épico.

Y por lo menos durante unos instantes, parece conseguirlo esa noche. A partir de aquí comienzan los brindis, conmovedoras palabras entre Princesa y Reina, risas, bailes, y una sensación leve de plenitud que se mantiene hasta que Viserys, ya marchito y satisfecho, se retira a sus aposentos con el deber cumplido. Entre Alicent y Rhaenyra si resulta hasta creíble, pues qué importante era el factor de haber desarrollado una amistad previa entre estos personajes. Aquí la adaptación sale ganando.

“Para celebrar el restablecimiento del rey, se organizó un banquete el primer día del 127 d. C. Tanto la princesa como la reina recibieron la orden de asistir, con todos sus hijos. Como muestra de amistad, cada mujer vistió el color de la otra y se hicieron muchísimas declaraciones de amor, lo cual causó gran placer al rey. O eso registraron las crónicas cortesanas.” – Fuego y Sangre

Lamentablemente, lo que no puede evitarse es que el conflicto que mantuvieron las madres, haya acabado pasando a la siguiente generación. Entre Aemond y Aegon el Mayor, se encargan de provocar a sus sobrinos y estropear el festín, iniciando una nueva pelea tras revivir fantasmas del pasado.

Por suerte, los guardias actúan rápidamente, por lo que ningún ojo a vuelto a ser atacado, ni nadie ha pasado por la cámara del maestre. La presencia del Príncipe Canalla ante Aemond el Tuerto, parece indicar que hay una muestra de respeto y admiración por parte de este último. Ante el incidente, no hay más opción que volver a Rocadragón, no se debe tentar más a la suerte.

“Pero esa misma velada, ya tarde, tras retirarse el rey Viserys, pues aún se fatigaba fácilmente, Aemond el Tuerto se puso en pie para brindar por sus sobrinos Velaryon y habló con admiración satírica de su pelo castaño, sus ojos marrones… y su estirpe. «Jamás he visto a nadie más linajudo que mis dulces sobrinos —concluyó—. Conque bebamos por estos tres mozos de tan pura sangre.» Más tarde aún, Aegon el Mayor se ofendió cuando Jacaerys pidió un baile a Helaena, su esposa. Se intercambiaron palabras iracundas, y ambos príncipes habrían llegado a las manos de no ser por la intervención de la Guardia Real.” – Fuego y Sangre

En el cierre de este intenso episodio, el rey llora de dolor en su lecho de muerte, mientras es atendido por Alicent, quien fielmente le ha acompañado en estos años tan difíciles. Delirando por culpa de los sedantes de la amapola, Viserys cree dirgirse a Rhaenyra, divagando sobre la profecía de Hielo y Fuego, y asegurando que la misión es suya y del ‘príncipe Aegon’.

La reina, completamente desubicada, interpreta erróneamente que ‘su’ Aegon tiene un cometido trascendental para el reino, un deber de rey. Un recurso algo flojo como excusa para avanzar en la ‘agenda Verde’, pues los motivos que había hasta entonces eran ya más que suficientes. Y Alicent de ingenua tiene bien poco en este punto, pues no será la primera vez que es testigo de los desvaríos de su esposo. Decisiones de los guionistas.

Y con esto nos despedimos del rey Viserys, el primero de su nombre, quien acaba falleciendo solo y tras una vida torturada por la enfermedad que lo ha ido consumiendo. Un personaje brillantemente mejorado respecto al original, con sus luces y sus sombras, y encarnado por un actor espléndido.

El rey Viserys

“El tercer día de la tercera luna de 129 d. C., la princesa Helaena llevó a sus tres hijos a visitar al rey en su cámara. Relató a los mellizos cómo su tatarabuelo y tocayo de Jaehaerys había volado con su dragón al norte del Muro para derrotar a una inmensa horda de salvajes, gigantes y cambiapieles. Después, el rey les mandó salir tras alegar que sentía ansiedad y una presión en el pecho. Entonces, Viserys de la casa Targaryen, cerró los ojos y se durmió. Jamás despertó. Tenía cincuenta y dos años de edad y había reinado sobre la mayor parte de Poniente durante veintiséis. Entonces estalló la tormenta y danzaron los dragones.” – Fuego y Sangre

Viserys I no fue un rey modélico, ni pretendía serlo. No fue un conquistador, no consiguió gestas, ni se compusieron canciones en su honor. Su reinado gozó de tiempos de paz, pero terminó sembrando las semillas para una de las mayores guerras civiles que se conocen en Poniente.

Se equivocó mucho en vida, sobre todo al hacerse el ciego, pero acabó abriendo los ojos para reconocer e intentar arreglar sus errores. Fue un rey muy humano que ante todo, amó, y le mantuvo su palabra a su heredera hasta su último suspiro.