
Sexta Review de un No Lector de esta temporada de La Casa del Dragón. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.
La Casa del Dragón 3×06 – Hombres sin rostro

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
La Casa del Dragón ha entrado en un terreno pantanoso. No se trata de que la historia siga sin levantar el vuelo sino de que hemos atravesado el ecuador de la tercera temporada y no sabemos hacia dónde va la trama. Que se parece, cada vez más, a uno de esos barcos enormes que llevan adosados a su casco miles de parásitos que lastran su velocidad. En el caso de la serie, el ritmo se ha reducido tanto que sólo un estallido súbito de violencia en Desembarco del Rey o en Ladera podrá desatascarla.
Quizá eso sea lo buscado desde el principio pero el camino está siendo demasiado largo, demasiado enrevesado y demasiado aburrido. No puede ser que en una serie de semejante envergadura y a las alturas de ella en las que estamos ya, pasen cosas en cada capítulo y nos preguntemos: ¿quién ha sido? ¿y éste, quién es?
Ese aspecto habla de un fracaso fundamental. La Casa del Dragón no es capaz de mantener la atención del espectador a lo largo de capítulos que se hacen eternos y por encima de todo no es capaz de conectar por completo al que ve con todos los aspectos del desarrollo de la trama. O de las tramas. En La Odisea de Nolan, por poner un ejemplo reciente, las tres horas del metraje no se notan, pasan volando. He ahí una cuestión tanto de ritmo como de estructura narrativa.

Ocurre con la arquera que termina ignominosamente con la vida de Criston Cole. ¿Quién es? ¿Por qué lo mata? La secuencia funciona por el anticlímax, eso hay que reconocerlo: todo parecía dispuesto para una batalla estilo Braveheart y sin embargo se nos finiquita con acierto, en mi opinión, el arco del caballero consciente de su irrelevancia y de su condición de peón de los señores del mundo, con una puñalada trapera.
Criston Cole ha resultado un buen personaje mal aprovechado. Su conversión de malo a bueno y su postrera redención podrían haber sido mejor definidas, mejor marcadas. Así también la tragedia a él vinculada de la reina Alicent, embarcada en una aventura en Harrenhal que terminará, como parece probable, con el enloquecimiento de Rhaenyra.

A eso parece ir encaminado el final de esta temporada. El trono está fundiendo las meninges de una reina que no estaba preparada, que no ha nacido para serlo. Rhaenyra es en sí mismo un personaje tan ambiguo, con un deseo sexual tan escindido como su propia personalidad, que el ejercicio del poder acabará por destruirla. Está a un cuarto de hora de montarse en su dragón y ponerlo todo por llano.
Quizá ese sea el gran acierto de toda esta temporada, ese ir cargando de oscuridad el corazón de la reina a medida que va descubriendo que el poder es una farsa, que se sienta en un trono de espinas cuyo suelo son arenas movedizas y que en realidad está tan sola como lo estuvo siempre su padre.

Hay subtramas, como la del valle de Arryn, con esa amazona fallida Velaryon y esa despótica señora del Valle que tanto recuerda a la de Juego de Tronos, que son más que redundantes: del todo innecesarias. Ocupan tiempo del metraje, aturullan con sus revueltas y en el fondo son pura simpleza, banalidad y atención perdida del espectador.
Ocurre algo parecido con Daemon y su lucha sorda en los bajos fondos de la capital: ya lo hemos visto antes, en Juego de Tronos, con la guerra sucia que le montaron a Daenerys los viejos patricios esclavistas de Yunkai y aquellas otras exóticas ciudades. Es decir la sensación de dejà vú es tremenda y cuando uno siente que no está ante algo original, en realidad ya nada tiene sentido.
El viejo adagio del Salón de Reinos de Madrid dice que todo lo que no es tradición, es plagio. Pero el plagio salta a la vista de un modo muy incómodo. En este punto no cabría hablar tanto de plagio como de autoimitación. Al fin y al cabo es el mismo universo pero de ningún modo debería tratarse de la misma historia.

Lo mejor del capítulo es el crecimiento repentino de Daeron Targaryen. Aunque sea tarde se nos muestra la verdadera naturaleza de un chico más Hightower que Targaryen pero nada tonto y con madera auténtica de rey: la secuencia con los asesinos mandados por los Baratheon es buena, vibrante y sobre todo interesante por cómo revela la condición miserable de Ormund Hightower, un caballero de pitiminí que no soporta la visión de la sangre.
La última emboscada al irrelevante Corlys Velaryon, a fuer de adolecer de una fotografía tan oscura que apenas dejaba ver qué era lo que estaba pasando, es previsible. Al fin y al cabo sus peripecias, desde la batalla naval que dio comienzo a esta temporada, eran absurdas, casi como las de todo su clan: la gracia y el interés de los bastardos ennoblecidos reside básicamente en Ulf y Hugh, dos personajes brillantes por lo que tienen de humanos.

Son conscientes de que no les ha tocado precisamente la lotería, por más que lo hubieran deseado toda la vida, y precisamente por ello sirven de ejemplo para el clásico apotegma que dice cuidado con lo que deseas, no vaya que se cumpla. Al final la ciudad de Ladera funge de metáfora de lo que está siendo La Casa del Dragón hasta el momento: un bello enclave acorralado entre direcciones no sólo opuestas sino incompatibles entre sí, mientras los dragones la sobrevuelan ansiosos por lanzar sus chorros de muerte.















