Credit: Johan Persson

La semana pasada concluían las representaciones en su estreno en Stratford-upon-avon de la espectacular obra de teatro Game of Thrones: The Mad King, creada por George R.R. Martin y The Royal Shakespeare Company. Y ahora que sabemos que el año que viene la podremos disfrutar en Londres, os traemos una sensacional reseña de la misma obra de nuestra amiga Eunice Cano. 

Un hito inolvidable

Credit: Johan Persson

Game of Thrones: The Mad King, por Eunice Cano

La obra de teatro Game of Thrones: The Mad King es sin duda uno de los lanzamientos más importantes del universo de Canción de hielo y fuego de los últimos años. Se trata de un espectáculo cautivador, por momentos diríamos hipnótico. Desde el primer momento atrapa al espectador en una atmósfera tremendamente sensorial y una historia, si bien conocida de antemano por los fans, absolutamente apasionante. Y es que esta obra hace una labor magistral a la hora de tomar un esbozo de pinceladas sueltas y transformarlo en una pintura exquisita, rica en detalles y llena de carácter, intención y magia. 

Los encargados de esta transformación, Duncan Macmillan y Dominic Cooke, han sabido entretejer su visión propia con la esencia George R. R. Martin de una forma magistral. No obstante, el hecho de que esta historia y sus personajes fueran ya de largo conocidos, aunque fuese solo en su dimensión más elemental, nos aboca irremediablemente a una disensión entre lo que nos presenta la obra y lo que cada lector había preconcebido en su mente. Lógicamente, a unos en mayor medida que a otros.

Duncan Mac Millan, George R.R. Martin y Dominic Cooke

Duncan Macmillan y Dominic Cooke han sabido interpretar de manera concienzuda y respetuosa los hechos que se nos cuentan a retazos en la saga, sin caer en lo descabellado, gracias también a la supervisión del autor original y sus colaboradores cercanos. Pero, como hemos dicho, esta adaptación debe partir de un material que apenas araña la superficie de algo que se adivina mucho más profundo, pero que está inexplorado, y esto coloca la obra en una posición delicada.

El debate se ramifica más allá de la fidelidad o falta de la misma y se adentra en terrenos de lo subjetivo y lo personal, haciendo surgir dudas sobre la frontera entre lo que se puede (o se debe) considerar canónico y lo que no. En esta misma posición, que no es necesariamente negativa pero sí fructífera en controversia, podrían verse futuras adaptaciones del universo Juego de tronos, quizá basadas en fragmentos que solo se han abordado escuetamente en El mundo de hielo y fuego. 

¿Y cuáles son, entonces, los huecos que han rellenado los responsables de la obra de forma más inesperada? Vamos a comentarlo a medida que analizamos los personajes que dan vida a esta historia.

Comencemos por la figura central: el Rey Loco. Sorprendentemente, Aerys II, a pesar de ser el personaje titular de la obra, no es uno de los que más se prestan al escrutinio. Con esto no estamos diciendo que su caracterización sea pobre, sino que es tan perfecta y cercana a lo esperado que deja poco que decir. Aerys es un hombre totalmente inestable que navega entre momentos de lucidez y locura. Tiene los matices propios de un personaje que se sabe afectado por su condición, que sufre por ello y se lamenta.

Pero Aerys se aferra a su posición de rey, a la incontestabilidad y aparente solidez de su cargo, como si pudiera infundir la firmeza del trono a su propia mente. No obstante, entre demostraciones de poder desmesuradas y sospechas indiscriminadas, vislumbramos la vulnerabilidad del personaje, sobre todo en los momentos en los que recuerda con ternura al niño que fue su hijo Rhaegar y que continúa amando a pesar de sus intenciones de deponerlo. 

El Rhaegar que se nos presenta en esta obra es un hombre grácil, melancólico, con un aura mística. Es idealista y siente especial reverencia por las profecías, pero es ese mismo idealismo el que le conduce a abandonar sus responsabilidades familiares y hasta el plan que él mismo identificaba como su deber para con el reino y para con el destino. Su conexión con Lyanna es tan intensa que admite que, por primera vez, va a perseguir sus deseos sin intentar averiguar si encajan con los designios divinos. 

A partir de esa decisión, sale a la luz la faceta más egoísta del personaje, al que vemos pasivo y flemático, a merced tan pronto de las profecías como de su corazón. En sus momentos finales, comprobamos que su rivalidad con Robert ni siquiera era tal. No hay animadversión por su parte. Su única motivación para luchar es un acuerdo para proteger a Lyanna, y con su nombre en los labios es como muere después de contemplar el espejismo de un poderoso dragón. 

Lyanna es una joven vivaracha y atrevida; parecida a Arya, cierto, pero menos rebelde, quizás también por el mayor grado de madurez que le confieren esos años de más. En su primera escena, Lyanna quiere saber si su camino en la vida está ya decidido, y se lo pregunta a los dioses ante el árbol corazón de Harrenhal. Se cuestiona cosas, pero está dispuesta a cumplir su papel como esposa de Robert Baratheon aunque la idea no la satisfaga del todo. O eso pensaba hacer hasta que su atracción hacia Rhaegar se vuelve irresistible, inevitable, mucho más allá de lo físico. Rhaegar ha despertado en ella un vínculo con la magia que parecía borrado. 

La faceta de cambiapieles de Lyanna tiene posibilidades de ser algo concebido por el propio Martin, aunque también hay argumentos en contra. No olvidemos que se supone que estas habilidades son algo muy especial, y parecen haberse activado en los niños Stark de la saga principal con la aparición de los lobos huargo, previamente extintos al sur del Muro. En cualquier caso, las evidencias textuales son escasas tanto para apoyar esta teoría como para desmentirla. Según avanza la obra, contemplamos el trágico descenso de Lyanna hacia una obsesión por la profecía y el destino que la va consumiendo. Y más desgarradores son aún los momentos en los que pronuncia sus últimas voluntades y se despide de Ned y Howland. Las lágrimas fueron difíciles, por no decir imposibles, de contener. 

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Y ahora que conocemos más en profundidad a Lyanna y Rhaegar, cuesta no buscar similitudes entre ellos y su hijo, Jon Nieve, uno de los pilares centrales de Canción de hielo y fuego, si no el central. Jon tiene sin duda un poso de melancolía que nos recuerda a Rhaegar, pero que no es ni mucho menos tan prominente en su personalidad. A pesar de lo que opinan algunos, Jon está lejos de ser soso (no queremos decir que Rhaegar sea soso, pero es lo que se comenta a menudo sobre Jon). Jon ha demostrado de sobra tener sangre en las venas, y ahora podemos concluir que en esa sangre hay mucho de Lyanna, quizá más de lo que pensamos. Jon ha heredado su voluntad por defender a los débiles, su personalidad redicha y esa disyuntiva entre el deber y el honor que abruma a ambos. 

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El personaje de Elia es claramente uno de los que más sorprende. Cuando leímos acerca de ella en la saga y se nos describ como una mujer frágil físicamente, quizá cometimos el error de asumir también una fragilidad de carácter. Pero en la obra encontramos una Elia con enormes dotes para la estrategia política. Está muy interesada en tener voz y voto en los asuntos del reino, por lo que aconseja a Rhaegar de forma clara y directa. 

Sin duda la vemos gestionar con inteligencia la situación en la que se encuentra tras el abandono de su esposo. Un matrimonio entre Rhaegar y Lyanna iría en detrimento de sus ambiciones, ya que podría verse opacada, no en sentido amoroso, que no le supone ningún inconveniente, sino en sentido político como confidente y principal consejera del futuro rey. Eso por no hablar de la competencia para sus hijos. Pero está dispuesta a aceptarlo con tal de que Rhaegar actúe, ya que, cuanto más progresa la rebelión, más delicada se vuelve su situación.

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Elia teme el destino funesto que pueden encontrar ella y sus hijos tanto por mano de Aerys y su locura como de los rebeldes en caso de que tomen la ciudad. Esos temores, de hecho, terminan materializándose de acuerdo con los vaticinios de la pequeña Rhaenys. Al parecer, la hija de Elia y Rhaegar era otra Targaryen con el don de la profecía y, alimentada por la magia de Harrenhal, es capaz de predecir su fatídico final y revelárselo de forma enigmática a su madre, quien lógicamente no logra captar el peso de sus palabras. 

La cuestión de si George R. R. Martin concibió al personaje de Elia como una figura tan política no está clara, pero no es algo que podamos apoyar con indicios de los libros. Quizás esta versión no fue lo que imaginó el autor, pero le ha terminado gustando la propuesta tanto o más que su primera idea, como ha ocurrido con otros personajes en las adaptaciones de su obra. 

Rhaella es otro de los personajes que parece alejarse sustancialmente de lo que conocíamos, si bien conocíamos bastante poco. Por ejemplo, en los libros, Barristan Selmy explica a Daenerys que la reina Rhaella trató de proteger siempre a Viserys de la locura de su padre. En contraste, vemos en la obra cómo anima al pequeño a fijarse en la ejecución de Lord Stark por fuego valyrio, ejecución que ella misma pide a gritos junto con el rey. 

Rhaella tiene pocas escenas, pero cuando le preguntan si acaso no le tiene miedo a su esposo, se desencadena un impactante monólogo en el que la reina se muestra desquiciada a la par que tremendamente poderosa, haciendo alarde de sus cicatrices fruto de la tragedia de Refugio Estival y fruto de la violencia del rey en el lecho conyugal. Y en el culmen de ese arrebato delirante, la reina parece vislumbrar de forma profética el futuro de la hija que ni siquiera ha concebido aun, Daenerys Targaryen, a quien atribuye una furia capaz de arrasar con fuego el reino entero. Mal que nos pese, quizá ese sea el inevitable destino de la Madre de Dragones. 

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De Robert Baratheon ya conocíamos la afición por la juerga, la pelea y las mujeres, pero lo que tal vez no sospechábamos es que todo ese comportamiento estaba profundamente ligado al trauma de perder a sus padres. La bebida es su única manera de escapar del recuerdo del barco destrozado por la tormenta. Es un personaje consumido por la pena, que se aferra a Lyanna como un salvavidas para salir de la desesperación.  

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El Ned Stark que se nos presenta es un versión menos solemne y menos madura del que conocimos en la saga principal, pero que se siente coherente con su personaje futuro. Nos damos cuenta de cómo la rebelión de Robert marcó a toda una generación, pero con especial ahínco a Ned. 

Una escena curiosa es la que tiene lugar al principio, ante el árbol corazón de Harrenhal, cuando Ned reflexiona sobre su futuro. Brandon será el próximo señor de Invernalia, Lyanna se casará con Robert, y Benjen, como cuarto hijo, vestirá el negro, pero Ned no sabe cuál ha de ser su camino. En ese momento oímos una voz exclamar “father”. ¿Es simplemente Bran observándole desde el futuro? ¿O también una confirmación velada de que lo más importante que llegará a ser es padre? Su elección de convertirse en padre de Jon y la clase de padre que decidió ser para todos sus hijos son factores que marcan la historia de manera crucial. 

Ashara Dayne es otro personaje que ha de afrontar enormes pérdidas tras el conflicto. Al principio vemos a una mujer seductora y jovial que actúa como mano derecha de Elia. Ashara siente un gran cariño por Elia, pero sus afectos no son exclusivos. Barristan asegura en los libros que nunca confesó sus sentimientos a Ashara, pero no parece ser el caso en la obra. También la vemos flirtear con Ned, con bastante química, y directamente tener un idilio de primavera con Brandon. Por el contrario, el corazón de Elia pertenece a Ashara por completo. Después de perderla a ella, a sus hijos y al que ella misma esperaba, a su hermano Arthur y a Brandon Stark, nos preguntamos si le queda algo a Ashara por lo que luchar. La respuesta continúa abierta.  

En cuanto a los demás personajes, quedan excelentemente representados en la obra, con especial mención a Catelyn, que sin duda brilla a pesar de su poca intervención. La escena en la que entona los versos sobre la misericordia de la Madre y unen luego sus voces Lyanna, Elia y Rhaella es de una belleza sobrecogedora. 

Credit: Johan Persson

Por supuesto, no podemos pasar por alto la escenografía y los aspectos técnicos. Esta obra tiene la virtud de ser íntima y grandiosa a la vez. Hace un uso excelente del espacio del que dispone y con pocos elementos consigue la inmersión del espectador en el universo. La experiencia sensorial se eleva aún más gracias al minucioso diseño de sonido y al original uso de la iluminación, que fascina en especial durante los bailes y las luchas. La música y las coreografías son sobresalientes, y el vestuario, con un indudable aire kitsch, resulta todo un acierto, sorprendentemente. Los atuendos de los escuderos son quizás la elección de diseño más arriesgada, aunque hay muchos otros trajes (y peinados) que no dejarán a nadie indiferente.  

No obstante, el elemento más llamativo de la escenografía son probablemente los títeres. En numerosos momentos aparecen animales y caballeros con armadura representados mediante marionetas que permiten ejecutar las acciones más complejas de una forma efectiva, que se integra en la dinámica de las escenas sin apenas perturbar la inmersión. El diseño mecánico de los caballos, con pistones, tuercas y engranajes, es, cuando menos, rompedor. 

En conclusión, la obra Game of Thrones: The Mad King es una brillante demostración de sensibilidad artística y un conmovedor despliegue de admiración por la obra original y su creador. Y en especial para los fans de la saga, es un emocionante e inolvidable hito imposible de borrar de la retina y del corazón.