
Llega el momento de la Review de un No Lector de esta semana. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.
La Casa del Dragón 3×04 – Ladera

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
La verdad es que tras la alegría que me produjo Rhaenyra triunfante el siguiente episodio, Ladera, resulta algo decepcionante. Sobre todo, largo, demasiado.
Es un capítulo donde se nos ofrece lo mejor y lo peor de La Casa del Dragón: por un lado, las consecuencias del Poder, de su ejercicio, de la ambición por conseguirlo y de sus efectos sobre quienes lo detentan y lo padecen; por otro, la desconexión narrativa que afecta particularmente a algunos personajes y escenarios secundarios, como la misma ciudad de Ladera, producto no sólo de lo ancha y múltiple que es la propia historia como de lo deslavazado del guión y la dificultad intrínseca de cohesionar una narración tan coral y fluvial.
El episodio tiene la virtud, como corresponde a ser el número cuatro ya de una temporada que no es la primera sino la tercera, de centrar los conflictos sobre los cuales, en teoría, la serie debe caminar hasta su final.

Está claro que la guerra entre Rhaenyra y los Targaryen legítimos (paradójicamente, el linaje de los bastardos) y los Hightower rebeldes no es solamente un combate dinástico más sino una batalla de fondo entre los herederos del viejo Poniente y los nuevos dueños de Poniente, es decir los Targaryen, linaje extraño a los Siete Reinos que vino desde Valyria a lomos de los dragones y se quedaron con todo.
Intuyo aquí una ambición medio desvelada de los showrunners por hacer explícita una cuestión muy candente, por ejemplo, en España, a colación del Mundial de fútbol: la diferencia entre el ius solis y el ius sanguinis, mutatis mutandi. Por dejarnos de latinajos, los Hightower serían los defensores del segundo y los Targaryen, por supuesto, del primero.
Tanto Juego de Tronos como ahora La Casa del Dragón han tenido la tentación, admirable tratándose de productos absolutamente comerciales y mainstream, de exhibir para el gran público procesos históricos de cambio profundo y de choque revolucionario que emanan directamente de la concepción literaria de George R. Martin: la propia «unificación» de los reinos y señoríos que conforman los reinos de Poniente bajo un único cetro situado en Desembarco del Rey no es otra cosa sino el triunfo del absolutismo moderno sobre el feudalismo medieval.

Los bastardos, como se ve con Ulf, son los únicos que le dicen la verdad sin tapujos a la reina. Resulta interesante el contraste con el maestre Orwyle. Instintivamente sabemos que quien es más de fiar es el primero, a pesar de ser un borracho tabernario. O precisamente por ello. La nobleza tradicional pierde su poder y el absolutismo acerca siquiera simbólicamente al pueblo con la corona, lo que precede al elevamiento de las clases mercantiles y artesanales, vulgo burguesía. Antigua y su Vaticano como centro de un motín finisecular es una línea de acción interesante no para el futuro de la serie sino para esta misma temporada.
Hay una cuestión de fondo que Ormund Hightower verbaliza y ser Criston —no es la primera vez— expresa de un modo trágico y rotundo, a lo soldado: los dragones, es decir los Targaryen, «no son de los nuestros». Hay una conciencia, por encima de todas las infinitas disputas territoriales y de sangre entre las casas nobiliarias de los Siete Reinos, de pertenencia y en base a ello también la certeza de que los Targaryen no pertenecen a ese lugar, que sólo gobiernan porque disponen de cabezas nucleares contra las que nada se puede hacer.
Todo ese resentimiento larvado ya durante siglos está moviendo la acción hacia un tiempo sin dragones que ya conocemos y que es donde transcurre Juego de Tronos y hay que lamentar como espectadores que no se haga más hincapié en lo que en las primeras temporadas, con Viserys, se desvela ligeramente, y es que la razón escatológica última que justifica la presencia de los sádicos rubios incestuosos en Poniente es la batalla final contra un enemigo implacable que vendrá del otro lado no sólo del Muro sino de la Muerte.

Claro que todo esto, como no podía ser de otra manera, está muy diluido en la trama general y queda prácticamente como apunte para frikis.
Para mí lo mejor no sólo del episodio sino de lo que podemos aventurar que queda de temporada es la subtrama de Aegon y Larys. Aquí la serie vuelve a brillar, dramáticamente hablando. Ver a un rey tan arrogante y engreído como era Aegon, llorar ante los restos de su dragón muerto y luego forzado a sobrevivir limpiando letrinas y humillado al besar las botas de un bandido es algo maravilloso.
Toda esa parte de Ladera, así como el camino de la hueste de Ser Criston hasta Harrenhal a través de los campos de batalla achicharrados por el fuego impío de los dragones, los cadáveres descompuestos de individuos como ellos mismos que los observan desde la grupa de sus caballos, tiene mucho de Festín de cuervos, para mí el libro superior de la Canción de Hielo y Fuego.

Ciertamente no sé qué pensar al respecto de la utilidad instrumental, con respecto a la trama general, de estos dos personajes. Es improbable que se alinee con Aemond, de quien sólo sabemos que dormita en algún oscuro camastro de ese monstruoso castillo de Drácula que es Harrenhal, gobernado por una suerte de sibila indescifrable; también sería extraño que volviera al regazo maternal de Rhaenyra, pero quién sabe: ahora la reina no tiene herederos y la carambola tendría sentido a largo plazo, con un Aegon dulcificado por las torturas de la vida.
Pero en lo que duren estas andanzas del depuesto y tullido rey con su azaroso y también tullido (e interesado) protector La Casa del Dragón transitará por un camino acertado, el de los grandes de la Tierra descubriendo por sí mismos las consecuencias terribles, bíblicas, de las decisiones que toman en sus castillos embriagados de poder y de frivolidad.

Así es como vive el pueblo sometido a un poder imparable y Aegon lo está probando en sus carnes. Esa variabilidad de la fortuna, que es una especie de cara opuesta de la suerte (teórica) de los bastardos elevados por Rhaenyra, hace interesante una serie que parece siempre a punto de perderse en los aburridos vericuetos de la intriga redundante y repetitiva.
Una addenda final: todos sabemos que El Martillo no podrá controlarse y acabará pasando a sangre y fuego Ladera, lo que amén de mover la trama traerá tremendas consecuencias para la posición, tan frágil, de Rhaenyra.















