Es el turno de la Review de un No Lector de esta semana. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.

La Casa del Dragón 3×03 – Rhaenyra triunfante

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Y al tercer capítulo llegó, por fin, La Casa del Dragón. No hicieron falta tremebundas
batallas, melodramáticas muertes principescas ni tampoco dragones fuera de
control y arrasando ciudades como si fueran aviones de la Luftwaffe: sencillamente
la serie volvió a donde ella misma y por supuesto Juego de Tronos solían alcanzar
las más altas cotas dramáticas. Back to basics.

Es decir, la trama regresó a la intriga palaciega en el mejor sentido, a la tragedia de puertas adentro en esa Dinamarca de Hamlet que es la Fortaleza Roja de Desembarco del Rey, con un capítulo que Emma D´Arcy lleva a cuestas prácticamente ella sola. Un capítulo que, además, sirve para que la actriz principal nos muestre verdaderas dotes de interpretación y resulte, por fin, creíble, no sólo como reina sino sobre todo como mujer.

Rhaenyra triunfante es un buen episodio ya desde el mismo nombre, que no puede
ser una metáfora mejor de todas las ironías y contradicciones aparejadas al triunfo
de Rhaenyra en la guerra civil Targaryen. Rhaenyra ocupa por fin el Trono de Hierro
para descubrir la increíble e insufrible carga que comporta el hecho de ser la reina. Una reina sin dinero y de autoridad dudosa, lo que quiere decir que su poder es, en realidad, muy precario. Frágil, pendiente de algunos hilos.

Todo el capítulo es un lento y acertado crescendo en el que se nos hace sentir,
como espectadores, cómo la protagonista va colmándose por dentro como si fuera
un vaso. Gota a gota, el recipiente de la paciencia de la reina va llenándose hasta
que desborda en un preciso final que es de los más brillantes cliffhangers de lo que
llevamos de serie: su rostro como una cuerda a punto de romperse, el estallido de
cólera contenido y las llamas agitándose como anuncio de lo que vendrá.

Así es como La Casa del Dragón recupera el pulso perdido entre tanto enfrentamiento bélico maravillosamente rodado, eso sí, pero vacuo e intrascendente en términos narrativos, por lo cual hay que dar gracias a los showrunners que han tenido piedad de nosotros los espectadores, al menos de los que estábamos cansados de tanta fanfarria pirotécnica.

Porque la gracia de las cuitas Targaryen está, justamente, en que no son, como se
pretende Daemon, dioses, sino hombres. Hombres con un poder sobrenatural, es cierto, pero hombres y mujeres al fin y al cabo, individuos de un linaje antiguo y extraordinario que sin embargo permanecen encadenados a la superficie del  mundo por las mismas pasiones y bajezas que todos los demás, pulsiones acrecentadas hasta el infinito por la certeza de saberse distintos y por la facultad de gobernar bestias inmundas cuyo poder de devastación es inconcebible.

Que a Rhaenyra le venga la regla en el momento de ocupar, delante de su pueblo
humillado y ofendido, el trono, es uno de los grandes aciertos del episodio. Sentimos su incomodidad, su tremendo malestar físico y mental. Las ratas llegan al husmo de la sangre y corretean por entre los mismísimos pies del Poder, una alegoría perfecta del inestable lugar que ocupa la supuesta mujer más poderosa de los Siete Reinos. Están magníficamente traídas las espadas, que como lanzas, punzan el vientre de la reina, que como podemos observar e incluso sentir, no es una diosa sino una mujer que sufre los mismos dolores menstruales que todas las demás.

Desde luego que Rhaenyra comprueba en carne propia que ejercer la oposición al
poder es una cosa, y ejercer El Poder otra bien distinta. Antes de ser la que manda
podía prometerlo todo, el oro y el moro. En cuanto tiene las riendas, las cosas cambian: todos los que la han ayudado a conseguirlo, todos los que han puesto un granito de arena, todos los que han formado parte del esfuerzo, corren de inmediato hacia ella con las facturas en las manos. Es inevitable, así ha sido siempre y así será.

Y Rhaenyra descubre, como bien le recuerda su vieja amiga, rival y sempiterna compañera de desventuras Alicent, que no sólo es imposible contentarlos a todos a la vez sino que resulta imposible no ofender a algunos grave e irremediablemente, contra su propia voluntad.

Ese ejercicio del Poder la fatiga y por momentos, la desborda. Rhaenyra está
superada y encima descubre que la guerra, lejos de acabarse, continúa: la han
engañado, con lo que su posición sigue en entredicho. De ahí el inteligente golpe
contra la burguesía y baja nobleza de Desembarco del Rey: toda la secuencia de la
cena, con las ratas asadas servidas a los impúdicos patricios de la capital, es una
hermosa lección de Historia.

La Corona impone su poder absoluto sobre los viejos señores feudales y lo hace no sólo vinculándose, previa unción religiosa, con la Divinidad, transformando su poder en un mandato superior y por lo tanto, incontestable, sino al mismo tiempo con el Pueblo mismo. El rey es el padrecito de los pobres, la mano tendida siempre, desde las alturas, a los desheredados y parias de la Tierra, al menos de forma simbólica: los habitantes del Lecho de Pulgas no harán que nadie gane nunca ninguna guerra, pero sí que pueden ayudar a perderlas.

El camino inmediato de la serie, más allá de todos los frentes abiertos alrededor del impreciso y precario poder de la Corona, parece estar en la inestabilidad mental de
Rhaenyra. Los Targaryen, que han sido siempre proclives a todas las degeneraciones posibles, tienden a la locura tanto como al incesto o al sadismo. En ese sentido el mismo hecho biológico de su raza desmiente al arrogante Daemon: no sólo no son dioses sino que los rubios platinos luciferinos parecen la quintaesencia de todo lo demasiado humano que cantaba DefConDos. Es ahí, en esa brecha abierta en la «salud mental» de una reina con demasiados antecedentes y profecías orbitando en torno a su sesera, donde La Casa del Dragón es una narración brillante y sobre todas las cosas, interesante.