Ya está aquí una de las secciones más queridas de Los Siete Reinos, las Review de un No Lector de la temporada. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.

La Casa del Dragón 3×01 – Sal y mar, Fuego y sangre

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Han vuelto los dragones después de demasiados años ya. Quizá no hayan sido, en realidad, tantos. Pero en una trama tan coral y compleja como es la adaptación de Fuego y Sangre y sobre todo, considerando el extraordinario interludio del Caballero de los Siete Reinos, está versión ampulosa y épica del universo Canción de Hielo y Fuego ha perdido, en mi opinión, si no interés al menos, lustre.

Las andanzas de Dunk y Egg son a La Casa del Dragón lo que el Quijote de Cervantes a los poemas épicos, cantares de gesta y novelas medievales de caballería: una narración nueva y viva que, bajo la apariencia de ser una parodia o nada más que una humorada, supera con creces las formas obsoletas de lo anterior, del referente que las inspiran.

Da algo de pereza, lo confieso, regresar y sumergirse en este mundo tan absolutamente femenino, además: una trama que, a diferencia de la sencilla y sin embargo llena de nervio y sabiduría conjura tan masculina en torno al don nadie que quiere ser caballero, es un complot pleno de sororidad en el que unas cuantas mujeres de indentidad ambivalente e inseguridades sin cuento juegan a los tronos hiriéndose en lo más sagrado de una hembra que es, sin lugar a dudas, sus cachorros.

La tercera temporada arranca donde terminó la segunda, con el estallido irrremediable de la guerra civil Targaryen. No obstante esta no es ni una más ni una cualquiera sino la merma definitiva tanto de la población de dragones a su disposición como de la legitimidad de la casa gobernante de los Siete Reinos y su poder de fuego, ataque e incluso persuasión.

En esto estriba lo mejor de un capítulo inicial que, es verdad, ha tenido acción a cascoporro, muchísima para tratarse de la apertura de una nueva temporada (quizá para negar uno de los grandes de las dos primeras temporadas, aquella monísimas inexplicable en la narración de la historia y ese ir y venir sin fin alrededor de las mismas cuestiones, algo por otro lado también ancestralmente femenino) pero que por momentos ha resultado aburrido. Supongo que le perjudica el alejamiento que siente el espectador no lector con la historia.

En todo caso toda la muy bien rodada y bellísima secuencia final de la batalla naval en Rocadragón es una metáfora potente de la desintegración del ser Targaryen, una fuerza ya sin control como encarna el caótico vuelo kamikaze de Robaovejas y su ingenua amazona. Que, como consecuencia de siglos de degeneración, ya no atiende a ninguna razón ni lealtad y que se hiere y destruye a sí mismo.

La lucha de los bastardos que Rhaenyra aglutina en su causa contra el despótico poder de Aemond no es más que la escenificación de un cambio social, del paso del feudalismo al absolutismo. Hay operaciones históricas que sólo son posibles en virtud de la violencia. El lumpenproletariado, que diría Marx, queda ennoblecido a la fuerza por mor de la necesidad, en este caso la de Rhaenyra de tener a mano una fuerza aérea que doblegue el poder de sus adversarios.

Pero es gente que en efecto no sabe qué significa aquello que desea: no se puede ni vivir en un título ni tampoco, bebérselo, y las implicaciones de todo esto son tan profundas que es inevitable pensar en que la razón acompaña a los Lannisters y a todas esas casas secundarias que huelen la debilidad de los rubios platinos satánicos para iniciar, por fin, la gran venganza de los desheredados por siglos del poder implacable de los dragones.

Hay algo entonces que iguala ese esfuerzo de los apoyos de Aegon, en realidad Aemond, con el de los bastardos reclutados por Rhaenyra: constituyen la misma cara de un fenómeno que en último término es ni más ni menos que el reloj de la Historia sonando por fin para los Targaryen.

En ese sentido lo mejor del capítulo es como digo la fotografía, tan oscura y lúgubre como una película de Pavel Pawliovski, y la humanización del pobre Aegon. Aegon, de pronto, es un hombre de repente redimido por el dolor y la tragedia. Incluso está emocionalmente por encima de Rhaenyra, un personaje que sigue sin transmitir ni conectar con la sensibilidad de, al menos, este espectador que suscribe estas líneas.

El caos y la muerte nos rodean. Todos acabaremos convertidos en bestias. Esta reflexión, expresión de estoicismo y de conciencia de la realidad, es la mejor línea de diálogo de un episodio que en efecto termina con otra gran muerte, la de Jacaerys, producto quizá de un destino de tragedia vicaria al que el personaje de su madre está abocado desde su misma niñez.

Jacaerys, un personaje por otra parte bastante soso, ni siquiera muere con grandeza: la batalla, en este caso convertida en duelo aeronaval, contempla momentos propios de la Odisea y de aquella magnífica película de aventuras Jasón y los argonautas de 1963, con el cruce, lleno de nervio narrativo y de sentido de la acción, de esas Escilas y Caribdis, queda reducida a un golpe de ceniza y lamento por culpa de unos dragones ingobernables.

Bestias indomables que están fuera de control y que empiezan a no reconocer a sus amos humanos tradicionales, quizá porque son las criaturas más inteligentes y que por ello ya no toleran más el infierno en la tierra en que se ha convertido el enloquecido y repetitivo Poniente. Que, por vivir en un bucle de autorreferencia, tiene en Lord Larys a su propio Varys.