
Es el turno de hoy de vuestas queridas Reviews de un No Lector. Son obra del genial Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de los excelentes Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis resulta imprescindible, esta semana para hablar del segundo episodio de la segunda temporada de La Casa del Dragón.
La Casa del Dragón 2×02 – Rhaenyra la Cruel

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
El episodio segundo de la segunda temporada de La Casa del Dragón adoleció de cierta frialdad en su desarrollo formal, no obstante ser el clásico episodio de transición del principio de una temporada y más habiendo disfrutado del clímax con el que acabó Hijo por hijo. Rhaenyra la Cruel lo decía todo con el nombre: el foco iba a estar en la reina Targaryen legítima quien sin salir prácticamente de sus aposentos en el palacio de Rocadragón, o quizá precisamente por eso, nos muestra a los espectadores el peso de las graves consecuencias del asesinato del príncipe Jaeherys en Desembarco del Rey.
A pesar de que su planteamiento es técnicamente impecable, el capítulo, en mi opinión, renquea de lentitud en algunos diálogos que carecen de la necesaria pasión para ser del todo creíbles y quizá un excesivo metraje dedicado a conversaciones que se dilatan innecesariamente diluyendo así su intensidad dramática. Ese tiempo de intriga palaciega podría sin embargo haber sido utilizado con acierto para reforzar la secuencia de los funerales públicos por el príncipe y del posterior rechazo popular que causan las ejecuciones indiscriminadas de los cazarratas.
Hay un problema más de fondo, que quizá sea mío, y es que hay actuaciones en las que como espectador no termino de entrar. Por ejemplo, en la discusión entre Rhaenyra y Daemon. Algo, en mi opinión, no funciona en una secuencia fundamental no sólo para el devenir del capítulo sino de la temporada, pues en ella marido y mujer parten piedras y considerando el carácter veleidoso y volcánico del tío-esposo de la reina, ¡cualquiera sabe!

En todo caso, hay un no sé qué en esos actores que no fluye, una chispa, quizá de pasión en la interpretación o lo que sea. El diálogo es casi perfecto, se dicen lo que se tienen que decir, pero…
Me ha pasado también con la reina Helaena y su duelo. En honor a la verdad, sufrir una tragedia tan macabra como la que padeció ella debe resultar indigerible en un primer momento para el sistema nervioso de cualquiera, y el shock resulta de lo más natural, pero como en la ira del rey Aegon, hay algo, otra vez, como de impostado, una sensación de distancia emocional con respecto al hecho que baja inevitablemente las revoluciones del crédito que el espectador ha de concederle a una interpretación.
No me la creo del todo y eso resulta un problema. El caso es que las exequias por las calles de la capital del niño-príncipe es una gran secuencia que no se explota, creo, a fondo, aunque nos permite admirar el acierto de representar a la reina madre Alicent y a Helaena como dos vírgenes del Barroco, siendo paseadas dolientes y mudas por las calles de Desembarco del Rey como en una procesión de Semana Santa con la que Otto Hightower consigue, inteligentemente, usar a favor de la causa el infanticidio de la Fortaleza Roja.

Siguiendo con esta parte inicial del episodio a Rhaenyra la presentan visualmente, del mismo modo, como a una de las vírgenes flamencas que pintaba Van Eyck, lo que resuelve magistralmente, en el plano simbólico, esta historia de ida y vuelta entre reinas y madres en que se ha convertido el prólogo de la guerra civil entre dragones.
Otto Hightower es el gran personaje sin duda del episodio. Los frutos amargos y podridos de su gran plan vital, aquel al cual sacrificó la vida y la moral de su hija, son, en definitiva, los que acaba recogiendo de manos de su nieto, el estúpido rey Aegon: el desprecio, la desobediencia y el camino sin vuelta a la guerra. De pronto, en mitad del capítulo, tuve claras tres semejanzas: Otto Hightower es el Twyn Lannister de La Casa del Dragón, Daemon Targaryen es el Jaime Lannister de Rhaenyra y los gemelos Erryk y Arryk, El Perro y la Montaña.
Creo que los creadores de la serie han forzado, consciente o inconscientemente, estas dos dualidades porque, no nos vamos a engañar, el público de la serie es prácticamente el mismo que el de Juego de Tronos y en una historia que nace del tronco de la otra y de la cual es la precuela, estas cosas son casi inevitables.

No obstante y con franqueza, aquí La Casa del Dragón sale perdiendo en la comparación, pues aun teniendo mucho interés Hightower en tanto que valido o gran visir siniestro de esos que tanto abundan en la historia de los reinos y de los gobiernos de los hombres, su talla intelectual y dramática es mucho menor que la del patriarca de los Lannister, aunque al final la acción de ambos, entre las bambalinas del poder, acabe conduciendo a lo mismo.
Con los hermanos capas blancas ocurre otro tanto, no llegan ni por asomo a la tragedia cruda y violenta, sostenida a través de los años, que mantuvieron El Perro y la Montaña, y además en este inicio de temporada son los protagonistas de un arrepentimiento de guión que si bien se queda casi en anécdota tengo que mencionar en el debe del planteamiento general tanto del capítulo como de la serie.
No me parece normal que el caballero Ser Arryk llegue en una navegación brevísima a Rocadragón, sin cambiar de uniforme, y sencillamente salga caminando desde el muelle hasta el mismo aposento de la reina Rhaenyra.

Como espectador puedo hacer la vista gorda ante algo como esto pero si me piden comentar siquiera mínimamente el episodio tengo que decir que es, por un lado, una oportunidad dramática perdida y, por otra, un medio muy chapucero de alcanzar el punto álgido final del combate fratricida a los pies de Rhaenyra con el que termina el episodio.
No es creíble y sobre todo, se podría haber hecho de otra manera: Ser Criston Cole fuerza el enfrentamiento con una vehemencia demasiado obvia y lo que podía haber dado mucho más de sí a lo largo de más episodios, esto es, la tragedia de dos hermanos gemelos separados por la política y enfrentados por la guerra, se resuelve en sólo diez minutos.
De forma análoga, Daemon se larga a quién sabe donde tras otro (un poco pueril) intercambio de pareceres con Rhaenyra. Es verdad que es un personaje cuya fuerza mana de su ambivalencia, pero esto en ocasiones es difícil de controlar y lastra el verismo de su comportamiento.

En general apresuramientos así no casan bien con la intención, demostrada en los dos primeros capítulos, de elaborar con paciencia de tejedora homérica todo el nudo general de la trama. Son como pequeños acelerones que chirrían, quizá con la intención de quitarse personajes de en medio y de simplificar el plot general. En sentido contrario me pareció muy interesante que nos mostraran a Aemond el Tuerto completamente desnudo y ensimismado en las faldas de una prostituta madura.
Esa escena desveló mucha información: que Aemond es más que un sádico, de hecho lo oímos confesar que se arrepiente de lo de Lucerys, que tiene un punto vulnerable (esto, de cara a sus enemigos, es oro molido, la misma meretriz lo verbaliza advirtiéndole que los errores de los poderosos acaban teniendo consecuencias fatales para quienes los rodean).
Y que esa flaqueza, en forma de madame de burdel en cuyas manos seguramente el joven Aemond aprendió algunas cuantas cosas de la vida, no sólo da una dimensión mayor (humana) a su personaje sino que también sirve de premonición en este navajeo íntimo y personal al que están dedicados los Targaryen antes de que se desaten los dragones y todo sea fuego y gente chamuscada.

La plebe, según lo visto el otro día y en este episodio, tiene por fin un papel en toda esta historia. Es algo nuevo. De momento no ha pasado de ser esa fuerza tumultuaria y anónima que en inglés tan bien se describe con la palabra mob.
Pero la insistencia en su desprecio que vimos en Aegon en el primer capítulo y la manera en que ahora se la tiene en consideración, siquiera mínimamente, como actor relevante en el juego de los poderosos (que tienen dragones y ejércitos y, en fin, un montón de cosas con las que aplastar y joder a los pírricos habitantes del Lecho de Pulgas, no nos engañemos) y esto es algo curioso y a tener en cuenta.
¿Nos están preparando para algo? ¿Desempeñará la angry mob un papel central en el desenlace de esta lucha dinástica entre niñatos malcriados y psicópatas con capa?

La decisión de hacer Mano al matón de la Guardia está a la altura de nombrar cónsul al caballo y abunda en esa caligulización que está tomando el personaje de Aegon.
La corte, que ya era un lugar siniestro, está aislando a cada uno de sus miembros, de forma fatal: él mismo reniega de su esposa, como vemos cuando se la encuentra por la escalera; los hombres no comprenden a las mujeres y hay un abismo entre el dolor de un padre, político sobre todo, y el de una madre, profundamente íntimo y animal.
Alicent, por primera vez separada física y estratégicamente de su padre, juega al gato y al ratón con su amante, que ahora sin embargo es el hombre más poderoso del reino, y no se sabe muy bien si ella es la cazadora o es la presa.

Lo mismo se puede decir de Ser Criston Cole, otro al que le falta ese algo que mencionaba antes, una fuerza interior que como actor, de momento, no ha mostrado: la Montaña, incluso cuando era aquel Frankestein con el que los venenos y la magia lo devolvieron a la vida, parecía, valga la redundancia, más vivo que este pasmarote que de bonachón y quijotesco ha mutado, en un abrir y cerrar de ojos, en un monstruo sádico sin sentimientos. Y con poca inteligencia.
El personaje de Larys Strong es la sombra que cada vez cobra más tamaño y fuerza al fondo de todo este incierto escenario, un personaje del que hasta ahora sólo nos han dejado gotas pero que, como si fueran de ácido sulfúrico, han provocado enormes agujeros en toda la trama.
Veremos.















