Tercera Impresiones de un No Lector, como en la sexta temporada, la séptima y la última de Juego de Tronos. Son obra del genial Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) pero lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre. Y nos analiza ahora de forma genial el tercer episodio de la serie.

La Casa del Dragón 1×03 – El Segundo de su Nombre

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Bien. Por fin. En el tercer capítulo de La Casa del Dragón hay, ya era hora, dragones, fuego y sangre, que era lo que el apellido Targaryen nos había prometido. La secuencia con la que se cierra el episodio es lo mejor que hemos visto hasta el momento, la más “sorprendente”, por poco previsible.

Si tengo que ser del todo sincero, después de que Daemon se engorilara con el mensajero del rey Viserys, yo pensaba que su ánimo era el de traicionarlos a todos y pactar con ese Drahar enmascarado y sanguinolento, pactar algo, lo que sea: una tregua, una alianza contra Lord Velaryon, cualquier cosa. Hasta el momento se nos había mostrado un Daemon turbio, violento, sádico, impulsivo pero al mismo tiempo irresoluto, falto de verdadera voluntad, indeciso en la hora suprema, tibio, cobardón.

La secuencia final de este episodio me saca de todas esas dudas. Su guerra, la guerra que por su cuenta y riesgo lleva sosteniendo tres años junto al almirante de la flota real de Poniente contra los piratas de los Peldaños de Piedra, está a punto de fracasar. Aceptar la ayuda que por fin le brinda su hermano Viserys es asumir una humillación personal. El orgullo herido es el que le lleva a lanzarse contra la turba de bandoleros a pecho descubierto en una acción sensacional digna de la Ilíada.

Toda la secuencia es puro Homero, hasta el Deus ex machina final con el que el hijo de Velaryon, a lomos de un dragón, lo rescata de una muerte segura. Hasta el ambiente y la decoración es homérico, propio de la edad heroica arcaica de los griegos: una playa humeante, restos por todas partes de cascos de barcos destrozados, piras de cadáveres a medio descomponer, cielo oscuro, arqueros, flechas y caballeros enloquecidos que pretenden poner el mundo boca abajo a punta de espada.

Pero empecemos por el principio.

Y el principio es una elipsis asombrosa. De repente han pasado tres años desde el episodio número dos. Hay fuego y hay un tal príncipe Drahar que es el amo de los Peldaños de Piedra, líder de una “Triarquía” de la que apenas nos han dicho nada en los episodio anteriores, que suponemos es confederación de piratas en guerra contra los renegados Daemon y Lord Velaryon.

Estos dos artistas de la subversión llevan esos tres años que de pronto han pasado ante nosotros como un parpadeo estancados en una lucha sucia y sin cuartel contra estos bucaneros. Los piratas han convertido el asunto en una guerra de guerrillas aprovechándose de la topografía escarpada y tramposa de todas esas islitas endemoniadas en las que se esconden.

Daemon y Velaryon, que se lanzaron a tal empresa confiados en una victoria resonante que los engrandeciera a los ojos de los grandes señores de Poniente y que por ello desacreditara al rey Viserys y sus “prudentes” decisiones, llevan todo ese tiempo perdiendo hombres, dinero y reputación en una ratonera infame.

Lo mejor del principio del episodio es el plano, pura metáfora, en el que se ve la naturaleza auténtica de la “liberación” que trae Daemon a Poniente y al mundo: la pezuña de su dragón aplasta al infeliz que ansiaba su llegada. El capítulo está lleno de acción y de metáforas, algunas muy acertadas que logran sacar a la serie de esa indefinición y esa sosez previsible y mediocre que encarna hasta el momento, perfectamente, el personaje interpretado por Matt Smith.

Si me estará empezando a enfadar esta serie que Smith, al que tenía en gran estima actoral por su papel en The Crown como joven y arrogante príncipe Felipe, duque de Edimburgo, me parece aquí un tipo inane y a ratos sobreactuado, como si a base de histrionismo quisiera salirse del extraño rol de niñato grande y consentido, príncipe canallita sin genuina pasión ni talento, en el que hasta ahora está constreñido.

La serie, por ahora, adolece de sosez -técnicamente perfecta, de factura impecable, no me canso de repetirlo, pues en la forma, La Casa del Dragón es una heredera modélica de Juego de Tronos, ahí se notan los millones de la HBO- y no termina de liberarse, no termina de ser autónoma ni de mostrarnos algo de esa esquizofrenia tan grandiosa como macabra, tan espectacular como catastrófica, tan apocalíptica y tenebrosa, que se supone es el ADN Targaryen.

Yo esperaba algo en la senda “El último día de Pompeya” como lo exhibido al final de Juego de Tronos con Daenerys Targaryen. Esperaba “Aguirre o la cólera de Dios”, esperaba un tratado sobre la locura, una emulación incestuosa de los Borgia, pero hasta el momento sólo encuentro indefinición por todas partes.

Los que se rebelan contra la Corona minan su autoridad sin imponer a cambio su voluntad, sin torcerle la mano al rey y sin revelar la naturaleza de esa voluntad, sea ésta la que fuere: ¿quiere Daemon ser el rey ya, o cuando se muera su hermano? ¿qué quiere Daemon? Le hace a los piratas una guerra larga, ridícula y costosa, que es la misma que la que le está haciendo a su hermano, sin resultados tangibles.

¿Y Rhaenyra, qué quiere Rhaenyra? Rhaenyra, que ya no tiene amigos en la corte salvo su campeón dorniense, ha logrado, al menos en este capítulo, forzar a su padre a que éste le confiese que no la moverá de su posición como legítima heredera al Trono de Hierro. Esto ya es algo, veremos si suficiente.

En el marasmo cortesano se empantana otra vez el ritmo del episodio, como pasó con los anteriores, aunque de la lúgubre cacería real en honor de Aegon (la gran sorpresa de la elipsis temporal que nos han hecho tragar sin limón ni sal) su tan ansiado hijo varón, nos depara la otra metáfora del episodio, la del ciervo blanco. La corte en pleno se moviliza para cazar al mítico ciervo blanco de los bosques de Poniente y brindárselo al pequeño varón Targaryen, a quien todos dan ya oficiosamente como heredero de Viserys.

El ciervo blanco es, en realidad, Rhaenyra, que está tan sola y asediada en la corte como su padre. Aquí, por fin, se profundiza de verdad, la relación paternofilial se nos presenta verosímil, creíble en su aspereza, en la violencia de los sentimientos encontrados, en los silencios, en la incomprensión mutua, en el mutuo deseo de entenderse y de amarse, en la mutua incapacidad de expresar ese amor. Del rey, como de Rhaenyra, se espera una decisión que contradice su deseo íntimo más vivo. Ambos se revelan contra ello y se hacen daño.

Los grandes señores del reino, las grandes casas y la propia Mano, que es el gran muñidor de la cuestión sucesoria, empiezan a perfilar un golpe palaciego cuyo último fin es apear a Rhaenyra de su posición de privilegio. Esto lo hemos visto muchas veces, porque es la Historia misma. Viserys, en este episodio, por fin empieza a “disfrutar” del hijo que tanto y tan largamente había deseado, por el cual sacrificó al amor de su vida y por el cual ha puesto la cabeza de su hija en un compromiso, pues ahora que Aegon, el segundo de su nombre, existe, su propia vida es prescindible.

Entre vino, sulfuraciones y juramentos, Viserys esboza una interesante teoría acerca de los Targaryens: hay, en su opinión, Targaryens jinetes y Targaryens soñadores, es decir, guerreros y poetas. Él sería uno de los segundos, un Al-Hakém, un Al-Motamid, más un sultán que un rey medieval europeo, por eso los Targaryens vienen de Valyria, que es el Oriente salvaje y refinado, escabroso y dorado.

La escena en la que lo obligan, prácticamente, a dar muerte al ciervo que han asegurado para él, es otra gran metáfora, muy conseguida: el ciervo, que no es el blanco (con lo que el augurio favorable al niño Aegon se convierte, de repente, en un antiaugurio, en un augurio negativo), es él mismo, al que han ensogado para obligarlo a tomar una resolución fatal que le costará la vida.

Es una escena bochornosa, de una tensión lograda, un gran momento cinematográfico que remarca la fragilidad de Viserys, que a cada capítulo es más evidente, su lento declinar, no sé si hacia la locura pero, de seguro, hacia la muerte. El ciervo blanco, sin embargo, se lo encuentra Rhaenyra, que le perdona la vida

Por cierto que Rhaenyra, cuya actriz no expresa ningún sentimiento, nos muestra por fin algo de pasión al discutir con su padre, lo cual se agradece. Aparecen también los Lannister por primera vez, de lo cual me alegro mucho. Con ellos llega la evidencia de que Rhaenyra se tiene que casar y la cuestión empieza a recordar a la Pragmática Sanción de Fernando VII que propició el reinado de su pequeña Isabel, Isabel II.

En todo este turbio asunto, tan europeo, es decir, tan ajeno a la tradición española (la Ley Sálica es una cosa de borbones, antes de ellos en España no hubo nunca ningún problema con que reinara una mujer, pero estamos ahora mismo inmersos en el Matrix anglosajón, naturalmente) destaca, sin hacer mucho ruido, Alicent Hightower.

Es un personaje que reconozco me descoloca, al que adivino una doblez interesante, sin duda uno de los personajes mejor conseguidos de lo que llevamos de serie, pues en el segundo capítulo me pareció una intrigante de primera y en este tercero su relieve se ha suavizado para mí, destacándose como una mujer inteligente y práctica que aporta a Viserys una visión sin complejos de la situación política.

Seguramente Alicent sea las dos cosas, es decir, una mujer hábil en el manejo de los tiempos y de los bastidores de palacio, pero también una genuina amiga dolida por el alejamiento de Rhaenyra (intuí en el primer episodio un coqueteo criptolésbico entre ellas del que aún veo ecos) al que les ha obligado el estado de las cosas y la realpolitik. Ella y un Daemon, espero, renovado, por fin determinado a moverse sin ambages en una dirección, marcarán el futuro inmediato de la Casa del Dragón. Espero.