Siguiente Reviews de un No Lector, como en la sexta temporada, la séptima y la última de Juego de Tronos. Son obra del genial Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano autor del sensacional Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) pero lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre. Tras el primer análisis, veamos qué opina del segundo episodio de La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×02 – El príncipe canalla

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

El segundo episodio de La Casa del Dragón nos depara una sorpresa nada más empezar, y es la intro, calcada de la ya mítica de Juego de Tronos. Por un lado sentí ese regustillo dopamínico de satisfacción al estar delante de algo conocido y añorado: la droga de la nostalgia, que es algo insuperable.

Por otro lado, por muy bien hecha que esté, y lo cierto es que lo está, que los creadores de este nuevo producto hayan decidido que el spin-off tenga una presentación idéntica a la de la serie “madre” es una mala noticia, pues complica, desde luego, que esta nueva serie sea autónoma con respecto a Juego de Tronos.

Aunque esto es en última instancia imposible (ya lo comenté en la reseña anterior) pues La Casa del Dragón es una rama secundaria del gran árbol de la Canción de Hielo y Fuego, no obstante estamos ante algo que debería tener recorrido por sí mismo, igual que Better Call Saul, por ejemplo, lo tiene, independientemente de su relación de parentesco con Breaking Bad.

Más allá de este apunte el segundo episodio comienza con una secuencia que bien podríamos llamar, aludiendo al cuarto libro de la Canción de Hielo y Fuego, un festín de cangrejos. A los no-lectores y en general a los que vivimos alejados de la menudencia y del intríngulis del Universo Martin nos ponen rápidamente en antecedentes: se trata de los Peldaños de Piedra, una de las Ciudades Libres.

Por lo visto estos Peldaños de Piedra son un nido de piratas y de bandoleros de los mares que llevan tiempo provocando con su insolencia a la potencia naval de los Siete Reinos. Poniente asiste impotente a los festines que esta buena gente (enmascarada de un modo que invoca el recuerdo de aquellos Hijos de la Arpía de Yunkai) se da a costa de las esenciales rutas comerciales que lo abastecen desde oriente.

Esta situación da pie a que las piezas del tablero, que quedaron perfectamente alineadas y dispuestas en el primer episodio, empiecen a moverse a lo largo del capítulo: se perfilan ya dos bandos bien diferenciados dentro de la corte del buen, dubitativo y confuso rey Viserys, dos bandos que van a desencadenar bien pronto fuerzas opuestas y a establecer “sinergias” con la oposición cada vez más frontal a la corona, representada por Daemon Targaryen, el desheredado okupa de Rocadragón.

En la reacción al desafío pirata de Peldaños de Piedra toma cuerpo la figura de Lord Valeryon. Yo lo comparé demasiado pronto, me temo, con el Caballero de la Cebolla. En Lord Valeryon la aparente prudencia y ecuanimidad del primer capítulo no escondían sano escepticismo sino el más puro cálculo cortesano. Es la primera fortuna de Poniente, su linaje es de rancio abolengo valyrio y sobre todo es dos cosas: almirante de la flota de los Siete Reinos y marido de Rhaenys, “la mujer que pudo reinar”.

Rhaenys es una mujer que conoce personalmente lo que hay en juego para las mujeres en la danza macabra del poder. En ella se va introduciendo de firme el sesgo feminista de la serie, un sesgo que cristaliza rápidamente en Rhaenyra. Ambas son la respuesta al “orden de las cosas”, como le suelta en la conversación en la que justifica que ella y su marido ofrecieran a su pequeña hija como esposa al rey Viserys.

Yo no sé cómo será la cosa en los libros pero sí conozco cómo escribe Martin. La grandeza de Martin como escritor radica en su profundo conocimiento del alma humana, lo que lo emparenta con los grandes novelistas del siglo XIX quienes, como él, se embarcaban a menudo en historias inmensas, “novelas-río”, con un afán de explicar el mundo propio más de aquella época que de la nuestra.

Martin no minusvalora ni menosprecia ni por supuesto construye personajes femeninos inferiores en ningún orden a los masculinos. Eso es lo que lo hace un gran escritor, que es capaz de desarrollar personalidades grandes y pequeñas, viles y sublimes, miserables, grotescas, bufonescas, altaneras, generosas y majestuosas, sin importar de ningún modo el sexo. Martin crea personas de carne y hueso, es un estupendo escritor de mujeres.

Con su pluma logra hilvanar tragedias íntimas muy conseguidas, logra algo dificilísimo, lo más difícil para cualquier escritor, que es ilustrar la complejísima psique interior de las personas y sus infinitas razones para actuar o para no actuar de un modo u otro. La Casa del Dragón, sin embargo, es una serie formalmente perfecta que subraya todo el tiempo caracteres y comportamientos peligrosamente cercanos al cliché.

Y el cliché, claro, está sujeto a las veleidades del tiempo. Las de este tiempo como digo son el feminismo, entendido no como ideología política sino como cosmovisión en la que lo femenino (una visión de ello, una visión reducida y artificial, un constructo, que se llamaría antes) está marcadamente inclinado hacia el bien y lo luminoso.

En ese sentido Rhaenyra es una Daenerys mejorada. La inexpresividad de la actriz que la interpreta ayuda a robotizarla, quizá sea un rasgo de su carácter, no lo sé (¡soy un no-lector!).

El caso es que Rhaenyra es manifiestamente infravalorada todo el tiempo por todo el mundo: su padre, sus cortesanos, su amiga, la prima de su padre, su tío…pero ella se muestra a la vez muy segura de sí y su hieratismo desconcierta al espectador, pues por lo menos en Daenerys los ojos, sus arrebatos, su emocionalidad, nos ayudaba a interpretar cómo procesaba lo que ocurría a su alrededor.

Rhaenyra es resolutiva y de ideas fijas. Desde ese punto de vista se parece más a su tío Daemon que a su padre, quizá por eso desde el primer episodio nos han mostrado esa equívoca relación entre ambos, no demasiado bien desarrollada todavía, pero intuida.

Los hombres intentan tutorizarla todo el tiempo como digo pero sólo ella comprende con sagacidad el alcance de la provocación de Daemon, que ha robado el huevo de dragón que correspondía a su hermano muerto y que pretende levantar la bandera de la rebelión en el mismo Poniente. ¡Y la tienen sirviendo copas! (léase con sarcasmo, la HBO se ha vuelto más vulgar que hace diez años, cuando estrenaron Juego de Tronos).

Como todo aquí se subraya demasiado y todas las líneas maestras del argumento están perfectamente claras y a la vista del espectador, sólo Rhaenyra es capaz de sofocar el conato de revuelta de su tío ejerciendo por primera vez sin límites como heredera al trono.Se monta en un dragón y se queda con el huevo, enfrentándose a su tío abiertamente.

Esgrime para ello el instrumento que hace a los Targaryens precisamente eso, Targaryens: los dragones, que hasta el momento en esta serie son como la fuerza nuclear para las potencias de la Guerra Fría, un arma disuasoria más que otra cosa, un poder tenebroso y absoluto que da miedo, en realidad, pensar siquiera en usarlo. Un poder aniquilador que hay que tener bien bajo control pero sobre cuya amenaza se sustenta, verdaderamente, la supremacía de los Targaryen en Poniente.

Pues si no, ¿de qué? Bajo un sol sucio que impregna de sudor todo Rocadragón, Rhaenyra se legitima a sí misma como futura reina por la fuerza de los hechos, que es el argumento más poderoso que ha existido siempre en la Historia del mundo.

Rocadragón, aquí, no es el lugar frío y desolado que nos muestra Juego de Tronos, sino toda una caldera en la que hierven las pasiones sórdidas de una familia brutal y enrevesada que sin embargo y hasta el momento se nos presenta en La Casa del Dragón como una dinastía más de entre otras muchas, sin nada especial, salvo el pelo y unos monstruos que escupen fuego pero que apenas salen en pantalla.

En este capítulo sin embargo se nos deja saber un poco más acerca del pasado valyrio de los Targaryen: la poligamia es una de sus costumbres. También, como anécdota, se nos deja ver algo más de la naturaleza de la religión politeísta de Poniente. Al menos, en lo que llevamos visto, la religiosidad íntima de los personajes parece tener más espacio y es presentada de una manera más sosegada y personal, menos política y menos instrumental que en Juego de Tronos.

Como decía al principio, en este episodio Lord Velaryon y Otto Hightower, la Mano del rey, se perfilan ya como oponentes en la gran estrategia por la sucesión desplegada en torno al débil rey Vyserion, quien se entretiene con la maqueta del Capitolio Valyrio (construido, se nos dice, en la ladera de un enorme volcán, pues todo en el pasado valyrio de los Targaryen es siniestro y atávico, atrabiliario, demencial, suicida y salvaje, y sin embargo ahora que son reyes de Poniente, ¡son tan socialdemócratas!) como Mussolini con el Plastico di Roma Imperiale que mandó hacer en 1933 al arqueólogo Italo Gismondi.

Viserys es un rey abstraído, perdido en recuerdos y en ambiciones frustradas que va cayendo poco a poco en las redes que teje a su alrededor por orden de su padre Alicent Hightower. La hija de la Mano pasa de amiga y confidente de Rhaenyra a potencial enemiga en la sucesión a la Corona, pues como nueva esposa del rey tendrá ya la obligación de darle un heredero varón que le dispute el sitio a la princesa y jerárquicamente ha pasado de repente de ser dama de corte a madrastra coronada.

El cambio es demasiado brusco para haberse dado en tan sólo capítulo y medio. Todo va muy deprisa y creo que esto perjudica la credibilidad de la historia. Pero lo cierto es que el rey, que se está muriendo carcomido lentamente por la gangrena, está cada vez más en las manos de Hightower.

Alicent cobra protagonismo por sí misma sin merecerlo demasiado, esa es la verdad, pues no ha tenido tiempo de pantalla suficiente para demostrarnos por qué embelesa al rey viudo en apenas dos ratitos, más allá de dos conversaciones no demasiado profundas sobre los recuerdos y la naturaleza del dolor. La niña cortesana crece de esta manera abruptamente y florece como intrigante de primera y nuevo poder a tener en cuenta para el resto de la temporada.

En esto, repito, La Casa del Dragón sí es autónoma e independiente de Juego de Tronos, para mal. Juego de Tronos, especialmente en sus primeras temporadas, era desconcertante, folletinesca, una sorpresa detrás de otra. Estos dos episodios del spin-off son predecibles aunque, claro, tendrán que llegar las muertes, que en Martin siempre son instantes de sangre, parpadeos de locura. Eso sí, me pregunto hasta qué punto serán fieles a Martin, teniendo en cuenta la deriva de las últimas temporadas de Juego de Tronos.

Sea como sea la desobediencia de la princesa Rhaenys y su actuación firme en Rocadragón ha desatado el nudo que en la corte habían puesto en el cuello de su padre. Con su voluntad de aparecer ante él como una mujer y no como una niña ha movido a su padre, también es verdad, a decisiones que estorban su futuro y que ponen contra la Corona a la casa Velaryon.

Al final del capítulo el almirante de la flota de Poniente justifica su ofrecimiento sedicioso a Daemon Targaryen con un muy visto y manido discurso acerca del rencor de los segundones de las grandes familias. El movimiento pone literalmente el mar bajo los pies del Trono de Hierro y el tercer episodio se presenta, me parece, interesante desde el punto de vista de la acción.

Supongo Daemon abandonará su chulería ambigua y su poco desenvuelta actitud levantisca para, por fin, amenazar realmente la corona de su hermano con una acción heroica que ponga de su parte a más grandes casas de los Siete Reinos.

Pero lo que más me ha interesado de todo lo que en el capítulo se cuenta de cara al futuro es la referencia, breve eso sí, al dragón Vhagar, un dragón enfermo de melancolía y que anda perdido por esos mundos de dios. Un dragón que tiene toda la pinta, creo yo, de ser un alfil suelto y libre en toda esta historia.