El rey Jaehaerys

Vuelve una de las secciones favoritas de Los Siete Reinos. Como en la sexta temporada, la séptima y la última de Juego de Tronos vuelven las Reviews de un No Lector. Son obra del genial Antonio Valderrama. Es un periodista y escritor gaditano autor del sensacional Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) pero lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre. Su punto de vista y su calidad de análisis resulta muy refrescante para los lectores que vemos la producción con otros ojos.

La Casa del Dragón 1×01 – Los herederos del dragón

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Reconozco que el regreso al universo Martin, es decir, a la Canción de Hielo y Fuego, tres años después del último episodio de Juego de Tronos, no ha sido fácil para mí. En realidad hace dos años que no tengo contacto con esta increíble historia-río, pues aproveché la pandemia para leerme de un tirón los cinco libros publicados hasta el momento de la historia principal.

Aunque mi buen amigo Javi, gracias al cual vuelvo a esta página a escribir sobre ello, me recomendó obras como Los cuentos de Dunk y Egg, no he tenido tiempo. Y casi mejor, pues por permanecer ajeno a Fuego y sangre, la novela en que se basa La Casa del Dragón, puedo estar de nuevo aquí, con todos ustedes, escribiendo. Desde el punto de vista del no lector, por supuesto.

Bueno. Allá vamos. A priori, como digo, de este spin-off sólo sabía que era la historia de los Targaryen en Poniente antes del comienzo de Juego de Tronos. Un siglo y medio antes, más o menos, y un siglo y medio después de que el primer Targaryen pusiera un pie en los Siete Reinos y los sometiera montado en un superbombardero mitológico. Nos ponen rápidamente en antecedentes: el rey Jaehaerys, que no tiene heredero directo, plantea al final de su reinado un gran consejo que lo ayude a decidirse.

Al final, la elección recae entre Viserys y Rahenys, dos de sus sobrinos con mayor legitimidad. La mujer es descartada y el sucesor es finalmente Viserys, que a la muerte de Jaehaerys recibe la corona y el Trono de Hierro.

Este es el punto de partida, un punto de partida que plantea una cuestión de legitimidad que tiene toda la pinta de vertebrar (con sangre) la temporada: la autoridad del rey Viserys cuenta, por mor de la decisión de Jaehaerys, de algunos centros de disidencia interna en la misma dinastía Targaryen que amenazan todo el tiempo con desequilibrar su reinado.

El primero de esos centros reside en torno a la misma Rhaenys, princesa resuelta y audaz que se nos presenta como una vieja dama apergaminada pero todavía respetable que en apariencia vive en la corte sujeta a los designios del destino que la apartaron del cetro, aunque todavía la llamen la mujer que pudo reinar. El segundo de esos focos de disidencia es Daemon Targaryen, el hermano de Viserys, un tipo atroz y sanguinario que es el sucesor de Viserys ya que éste sólo ha podido engendrar a una hija, la princesa Rhaenyra.

Una de las cuestiones que me generaban dudas sobre House of the Dragon era la del tiempo. Es decir, la de que si la HBO iba a poder sustraerse del todo a las obsesiones y neurosis que sacuden a Occidente en nuestros días, que tanto están determinando los sesgos de los productos culturales contemporáneos, sobre todo los procedentes de los Estados Unidos.

Aunque en teoría esta serie ha de atenerse más o menos estrictamente a Fuego y sangre, como yo no me lo he leído puedo elucubrar con libertad, ateniéndome tan sólo a lo que veo en la pantalla. Una historia en la que hay varias mujeres apartadas del poder absoluto por su condición sexual es, en principio, muy golosa para los tiempos que corren.

Corlys y Rhaena

Por otro lado, Fuego y sangre es una historia que nace de un tronco (audiovisualmente al menos) acabado, como es Juego de Tronos. Por lo que su propia autonomía está constreñida desde el primer momento por todo lo que ya sabemos que ocurre con los Targaryen, los Siete Reinos, los dragones, las princesas, las reinas y los reyes, en la Canción de Hielo y Fuego.

Todo lo que se nos presente, como meros espectadores, en los episodios de esta temporada, estará de algún modo inevitablemente influido por esa percepción, por ese no sé qué de que “ya sabemos qué es lo que nos están contando”. En torno a estas dos grandes cuestiones pivotará House of the Dragon y si es capaz de esquivar esos peligros, será una serie que triunfe.

De momento se nos presenta una historia dinástica de manual. Un rey con grandes e importantes escépticos dentro de su propia corte que sólo tiene una hija (que nos recuerda mucho a Arya Stark) y que tiene un hermano díscolo y terrible que es una potencial amenaza de su propia autoridad.

Tengo que decir que la serie está muy bien hecha, o al menos lo parece. Es un producto HBO de manual: impecable factura técnica y grandes dispendios en cuanto a efectos especiales, atmósfera, decoración, extra y atrezzo. Estamos viendo Juego de Tronos otra vez, aunque hay algo que parece enteramente que es lo mismo, pero no lo es. ¿Qué es? No sabría decirlo y no puedo contestar a esta pregunta. Supongo que sí podré al final de esta temporada, o cuando pasen al menos un par de capítulos más.

El episodio uno es “perfecto” a simple vista, pero a diferencia de Juego de Tronos, es previsible. Es decir, uno anticipa con más o menos facilidad casi todos los golpes de efecto y los presuntos giros de guión, salvo por lo demás la muerte del principito de Viserys. Juego de Tronos, incluso en su deriva final, fue una historia fiel a la escritura de Martin, una escritura folletinesca que hace del cliffhanger un arte. Aquí se ven venir las cosas.

Daemon Targaryen, por ejemplo, parece exactamente lo que es: un auténtico hijo de puta con aires de grandeza. Su propio nombre evoca la palabra demonio, el daimon griego que en origen aludía a un espíritu benefactor de la naturaleza y de los hombres pero que desde el cristianismo tiene el innegable carácter negativo que todos conocemos.

Daemon es Caracalla: nacido en la púrpura, se cree predestinado para reinar y concentra en su interior los rasgos fundamentales de los príncipes rebeldes de George R Martin. Es despiadado y aventurero como Euron Greyjoy, es arrogante, chulo, vengativo y guaperas como Jaime Lannister (como él, también, Comandante de la Guardia) y es intrigante, putañero y poco querido en su familia como Tyrion Lannister.

Como es imposible no establecer analogías con los personajes de Juego de Tronos que tanto conocimos a lo largo de casi diez años, su sobrina Rhaenyra, la en apariencia protagonista principal de la serie, es una mezcla entre Arya Stark y Daenerys Targaryen. Es la hija hombruna de un padre generoso y débil. No quiere ser una princesa, sino un caballero: montar dragones y hacer la guerra.

Por supuesto no quiere tampoco reinar, pero algo en el fondo de su interior la impele sin embargo a ella. Quiere su posición confortable como le asegura a Alicent Hightower, la hija de la Mano de su padre, con la que mantiene una relación ligeramente ambigua, criptolésbica, podríamos decir (una licencia a la época, como decíamos antes).

No obstante, se nos deja ver algo más de su personalidad con una frase: fuck the septa. Como Poniente es una teocracia donde la Corona y la Iglesia caminan de la mano, esto tiene un valor altísimo, al menos como potencial narrativo dentro de esta historia. De momento es un esbozo, una declaración de intenciones. El Trono de Hierro, forjado por el primer Targaryen rey de Poniente, es la mejor metáfora posible de la cualidad saturnal del poder: todo lo devora.

El trono corta, sobre todo a los reyes débiles. Viserys es un rey generoso y culto, sobre todo pacífico, pero su poder es blando, en contraposición a lo que representa su hermano Daemon, que es el poder duro por antonomasia. Por esta dicotomía parece que discurrirá parte de la serie: Viserys, cuya única ambición propiamente dicha como monarca es perpetuar la dinastía asegurando pacíficamente su sucesión en la figura de un hijo que lo herede al morir, es capaz de sacrificar al amor de su vida por engendrar un varón.

El parto tiene lugar a lo largo de una secuencia que es lo mejor del episodio. En un torneo convocado en honor del “futuro heredero” se encabalga la tortura a la que la naturaleza somete a la reina durante el alumbramiento con la crueldad desmesurada de unas justas a muerte entre la crema de la caballería de los Siete Reinos. El baño de sangre anuncia lo que vendrá, que será una carnicería sublime, la carnicería por el poder absoluto en Poniente que la decisión de Jaehaerys, diez años antes, tan sólo postergó.

Viserys se revela como un gran rey para tiempos de bonanza y como un rey pésimo para los tiempos turbulentos que empieza a perder el temple cuando el destino lo golpea. En ese torneo, mientras a la reina le sacan las entrañas, Daemon exhibe toda su crueldad delante de todo el reino.

Daemon provoca abiertamente a la Mano del Rey, tanto en el Consejo como fuera de él. Hightower es una especie de valido a imagen y semejanza del rey al que sirve, otro pusilánime de decisiones contradictorias con agallas suficientes como para prostituir a su propia hija con tal de evitar que su enemigo público sea el heredero directo del rey.

La Mano y el Rey están solos en el Consejo y esto lo prueba el excelente plano en el que se puede ver la larga mesa donde se reúnen mostrando a Hightower sólo en uno de los lados y al resto de consejeros apiñados en el otro, como dispuestos, si así lo requiere la situación, a apuntarse al bando del que más ferozmente empuñe el cetro. Y éste sólo puede ser, según el planteamiento del primer episodio, Daemon.

En el medio sólo Lord Velaryon, un tipo que me recuerda todo el tiempo al maravilloso Caballero de la Cebolla: como él, es una especie de mercenario de nobleza adquirida a base de mérito y arrojo personal, un hidalgo comerciante y pirata al mismo tiempo, señor de los mares, escéptico, cínico y leal. Los errores que el rey reprocha en el Consejo a su Mano ilustran su propia naturaleza inconstante y frágil, pues un mal valido sólo habla de un mal rey.

Otto Hightower

Como Daemon es todo lo que él no es, Viserys lo destierra y lo deshereda, completando así los movimientos iniciales y configurando el tablero en el que se desarrollará la serie: una lucha abierta por el trono entre una niña y un déspota, ambos de la misma familia, los Targaryen, que son una especie de Borbones con el pelo plateado que no obstante hasta el momento sólo han ofrecido leves indicios de incesto (la escena en la que Daemon le pone el collar a su sobrina). Y ya sabemos que las relaciones endogámicas son una de las bazas ganadoras del universo Martin.

House of the Dragon, en fin, se presenta como una serie cuidada de perfecta factura formal que carece por el momento de la capacidad de sorprender al espectador que tenía Juego de Tronos, sobre todo al principio. Queda todo por resolver, por supuesto, y esto es sólo el principio. Que la serie camine tras las huellas de su hermana mayor puede lastrarla sin embargo sólo hasta cierto punto, pues no es tan sólo una precuela al uso sino la historia de una familia maldita que arrastra el castigo milenario de Valyria, o mejor dicho, que lo encarna: los Targaryen son el castigo.

El flash-forward final, cuando Viserys menciona a su hija la existencia de la profecía de los Caminantes Blancos, nos devuelve instantáneamente a lo que ya conocemos: Rhaenys como Daenerys, el propio nombre de su padre evocando al del hermano de la Madre de Dragones…pero eso, supongo, es un peaje que House of the Dragon tiene que pagar aunque no quiera.