
Séptima y penúltima Review de un No Lector de esta temporada de La Casa del Dragón. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.
La Casa del Dragón 3×07 – El dragón en invierno

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
Es de agradecer que este séptimo episodio de La Casa del Dragón haya mejorado notablemente el tono y el ritmo de la serie en lo que llevábamos de temporada. El dragón en invierno es un allegro sostenido que prefigura la esperable explosión final y sobre todo, un alivio para los que ya estábamos cansados de una serie que no paraba de girar sobre sí misma como una peonza.
Las piezas se mueven por fin a lo largo de un tablero que además, y por suerte, se estrecha. La su trama de Aegon, Larys y el Lannister cobra un gran impulso esbozado varios capítulos atrás, con buen criterio: se nos introdujo en la mente la idea de que el dragón del rey destronado no estaba, en realidad, muerto.
Se nos hizo pensar en la posibilidad de que permaneciera en una especie de catalepsia y su aparición súbita, con una puesta en escena expresionista y arrolladora, desequilibra la correlación de las fuerzas en la lucha por el poder en Poniente: Aegon y su dragón tienen algo de zombis, un halo de venganza de ultratumba.

Ser Larys apostó sin él saberlo no sé si a caballo ganador pero desde luego, por alguien que va a contender por el trono con el factor sorpresa a su favor, y en el momento de la verdad el intrigante tullido (que no era, al cabo, tan listo como nos quisieron hacer creer) abandona la partida de modo ignominioso.
Ese rapto de valor de Aegon, dispuesto a morir como un rey y no como un mendigo, ennoblece a un personaje nefando que de repente se erige en auténtico agente del caos. Pues, enfrentado con todos y sin capacidad alguna de disponer de un ejército, tiene un dragón y también, no lo olvidemos, la legitimidad de los dioses de Poniente, pues sigue siendo el rey ungido por la Fe.

Todo el episodio tiene un aire onírico, de ensueño. No parece que Haelena sea la única Targaryen capaz de vislumbrar el futuro: también Aemond, en quien lo profético se confunde irremediablemente con lo freudiano. Toda la parte de Harrenhal, que hasta ahora había resultado vaga, confusa y también, hay que decirlo, un poco aburrida, cobra sentido y fuerza con ese triángulo de amor, celos, incesto y odio que se ha configurado con el Targaryen tuerto en medio de su madre y la Sibila de su amante.
Eros y Tánatos en una danza macabra: quizá la esencia misma del linaje valirio en estado puro. Es como si finalmente los showrunners hubieran encontrado una utilidad a esa subtrama perdida de la mano de Dios y es de agradecer que, aun teniendo un horizonte narrativo incierto, el destino de estos tres personajes se dirima al menos en unas cuantas secuencias de alto voltaje.

Toda la secuencia del fratricidio draconiano de Robaovejas es una interesante alegoría de la dinastía Targaryen y es desde luego lo más potable de la historia de Rhaena. Que (también, por fin) abandona el planísimo escenario del Valle para aterrizar en la Fortaleza Roja como rehén de Rhaenyra. Su presencia allí es como otra red más de la telaraña que se está tejiendo en torno a la principal protagonista de la serie. Que como su padre, abomina del conflicto y quiere evitarlo a toda costa.
Pero a diferencia del rey Viserys, Rhaenyra no es una reina sabia, no cuenta con la auctorictas del buen gobernante ni tampoco con la majestad incontestable de un rey poderoso. Cuenta, exactamente, con seis dragones y nada más: eso es lo único que la separa del abismo, precipicio al que ella no para de asomarse, arrastrada también en parte por su esposo (no sé cómo será en el libro pero el personaje de Daemon Targaryen, en la serie, resulta ridículo, un tipo que va de caballero de leyenda y que en pantalla no ha hecho nada que justifique semejante prestigio, más bien lo contrario) y sobre todo empujada por su naturaleza indecisa, ambivalente, dubitativa y en el fondo, irresoluta.

Con la resurrección de Aegon cobra una fuerza inusitada toda esa (endeble) línea narrativa en torno al conflicto de Rhaenyra con la Fe. Su condición de usurpadora queda abruptamente de manifiesto y tanto su Mano como uno de sus dragones están literalmente en el alambre.
Lo mejor que se puede decir de este episodio es que dan ganas de ver lo que resta y eso, teniendo en cuenta cómo ha ido la temporada, es mucho, muchísimo.















