
Quinta Review de un No Lector de esta temporada de La Casa del Dragón. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) y ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.
La Casa del Dragón 3×05 – Nunca doblegado, nunca roto

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
El quinto episodio de la tercera temporada de La Casa del Dragón, Nunca doblegado, nunca roto, tiene un final sobresaliente que sin embargo no redime un metraje excesivo. O eso me pareció a mí. En realidad no es una cuestión de tiempo, estrictamente hablando, sino de ritmo. Dice José Luis Garci que el cine es sobre todo tiempo y espacio: es el director quien elige cuánto va a durar un plano y la ubicación de ese plano, de modo que, manipulando así el cerebro del espectador que lo contempla, lo induce a determinar si el resultado es bueno o es malo. «Si te emociona o no te emociona». Aquí está la clave.
La Casa del Dragón no emociona y ese es el problema de fondo. En esta tercera temporada ha conseguido epatar con la danza de dragones de los tres primeros episodios, es verdad. Ha abrumado por un despliegue técnico y de efectos realmente prodigioso. Pero la emoción es otra cosa…
Emocionante es, por ejemplo, la secuencia final de Criston Cole. Es un personaje curioso, éste. Magníficamente interpretado, ha conseguido, desde su aparición en la serie, que desconfiemos de él, que lo detestemos y que finalmente, admiremos su hombría. Es de lo poco que está genuinamente bien escrito en esta serie y parece que tendrá un final a la altura de su condición de hidalgo, de hombre libre.

Esa «conciencia de Poniente» que pretenden encarnar los ampulosos, ladinos y engreídos Hightower sobrevive de verdad en él: un hijo de nadie que se abre paso en la vida con la fuerza de su espada y que es perfectamente consciente de que la gente como él, en los Siete Reinos, son hojas secas llevadas y traídas por vientos terribles contra los que no pueden hacer absolutamente nada.
Es un personaje tremendo, emparentado con el recordado Sandor Clegane, El Perro de Juego de Tronos. Quien a su vez nos hacía pensar en el legendario Omar Little de The Wire: los freelance puros, gobernadores de sí mismos, cabrones con un código, capitanes Alatriste. Su alegato es marxista avant la lettre y el espectador simpatiza por necesidad con quien al menos se gana el derecho a picar el billete como él elija en un mundo dominado por aristócratas sádicos y gentuza bendecida por el azar del nacimiento.
He ahí otro de los buenos momentos de este episodio, cuando Ser Larys le canta las cuarenta a Aegon. De su boca sale la descripción exacta de los grandes de la Tierra, al menos de cómo dejan que los parias los perciban a tenor de sus hechos. No son malos reyes: son malos hombres.

Por lo demás, esta prometedora subtrama está algo empantanada, lo cual me parece un derroche pues a La Casa del Dragón no le sobran, precisamente, buenas líneas argumentales. Ahora aparece «de la nada», que diría un chaval contemporáneo, el Lannister y les promete ayuda a cambio, como bien se lo huele ser Larys, de convertir Lannisport en otra corte.
Son demasiadas revueltas y temo hacerme repetitivo pero lo cierto es que este es un producto, en teoría, comercial y dirigido al mainstream. Es decir más allá del fandom la HBO factura una serie para que la vea todo el mundo, cuantos más espectadores mejor. Y el espectador se pierde entre una maraña inextricable de personajes secundarios, hijos, tíos, sobrinos y tíos-abuelos. Es un cachondeo y cuando la atención se desconecta la historia se cae a plomo.
Es difícil entonces levantarla. Como ejemplo, Dorne: un escenario con potencial, qué duda cabe, pero subexplotado ya desde la misma Juego de Tronos. En este punto del desarrollo de la tercera temporada, aparece evocada por Ormund Hightower, que ha decidido él también convertirse en un pretendiente por delegación de su sobrino, del que habría también que hacer alguna consideración.

¿Quién es Daeron Targaryen? Hablo rigurosamente como un no-lector. ¿Nos lo han presentado, nos han dado siquiera una secuencia que nos recuerde cómo y por qué este hijo de Viserys es, de pronto, importante? Este chiquillo yacía olvidado al fondo de nuestra volátil memoria de espectadores saturados de imágenes, vídeos e información y de un día para otro nos lo vemos con una espada en la mano, decapitando por orden de su tío-abuelo a un lugareño de otro lugar del que tampoco sabíamos nada, Ladera.
¿Cómo es posible que haya tantas secuencias de relleno, tantas vueltas sobre las mismas ideas predeterminadas, tantos giros que no llevan a ninguna parte en subtramas trilladísimas, y no haya tiempo para proyectar en nuestra imaginación una imagen fiel de este alfil en el tablero de Poniente?
La teoría de la pistola de Chéjov dice que si un cuchillo aparece mencionado de pasada en el primer acto, será la herramienta del crimen en el desenlace. Pero La Casa del Dragón está estirando esta teoría hasta unos límites intolerables.

La Casa del Dragón se ha hecho demasiado ancha por las ramas y sin embargo el tronco narrativo, es muy endeble. Rhaenyra encerrada en una capital infestada de enemigos que, mediante la guerra sucia, sorda y de guerrillas, están agujereando la base de su trono como si fuera un queso gruyer, es ese tronco. Y es un acierto alimentar la paranoia en la que se ha instalado y hacia la que se escurre también Daemon con la aniquilación sistemática de su guardia pretoriana: por ahí la serie mantiene el nivel pues no deja de ser el relato del enloquecimiento y condena de los Targaryen.
Hay un vínculo evidente entre este delirio persecutorio de los reyes legítimos y el de Aemond en Harrenhal: sin dragones, los Targaryen quedan como lo que son, criaturas frágiles y corrompidas por la endogamia y el incesto, presas de sus propias manías persecutorias y condenados sin fin a odiar a madres, padres y hermanos, en realidad a odiarse a sí mismos.
La female intrasexual competition entre Alicent, su hija, Mysaria y Rhaenyra ha alcanzado un punto cargante verdaderamente insoportable. Que las dos primeras se hayan quedado atrapadas en un túnel sin salida, a oscuras, en las entradas de la Fortaleza Roja, es una metáfora perfecta de una línea argumental perdida entre vaguedades y volantazos sin sentido. Supongo, naturalmente, que el efecto no fue buscado.















