Llega la Review de un No Lector de esta semana. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no ha leído Fuego y Sangre. Así que su punto de vista y su calidad de análisis resulta imprescindible para hablar de la segunda temporada de La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 2×03 – El Molino Ardiente

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

El tercer episodio de la segunda temporada de La Casa del Dragón, El Molino Ardiente, nos deparó otro capítulo de transición aunque esta vez, o eso me lo pareció a mí, uno que tuvo más ritmo y un desenlace cargado de expectativas de cara al nudo de esta segunda temporada.

Durante la hora de contenido que pudimos disfrutar se confirmaron de modo general dos sensaciones que planean con gesto dominante sobre la trama de la serie, cual arrogantes dragones: que la plebe de Desembarco del Rey va a tener un gran protagonismo en la guerra Targaryen que ya está en puertas y que esta historia de los valyrios rubios psicópatas es el relato de un matriarcado.

De un gran matriarcado. Porque todo en La Casa del Dragón está decidido, controlado e impulsado por mujeres. Ellas mandan en un mundo violento de señores llenos de títulos y de honores que sin embargo son títeres en las manos de las señoras de los palacios, que hacen y deshacen desde esa segunda fila de la Historia a menudo poco o no contada por los cantores de gestas.

Además George R. R. Martin no nos presenta la idílica situación de buenas mujeres que gobiernan con dulzura, paciencia y bondad y que intentan arreglar los quilombos provocados por la testosterona desatada de los primitivos señoros machirulos. Al contrario.

Aunque en general los príncipes, condes, duques y reyes son aquí igual que lo han sido siempre, en todas las historias, terroríficos gañanes borrachos de poder y controlados por la pulsión homicida, ellas también son vengativas y sangrientas, cobardes y valientes, sádicas, tranquilas o razonables: son humanas, iguales a sus iguales, que son los hombres, y por encima de todo son seres cargadas de tradición y genes que se deben al pasado de sus linajes y que cargan, quizá más que ellos, con el peso de la historia de sus apellidos, seguramente porque ellas engendran el futuro de sus casas.

Estética y visualmente lo mejor del capítulo es la incursión en solitario de Daemon en Harrenhal. Hubo momentos absolutamente góticos en el paseo del rey consorte-que-no-quiere-serlo por la monstruosa fortaleza derruida clave en el control de las tierras entre Desembarco del Rey y el norte. Hubo momentos en los que parece que Daemon Targaryen está encerrado en una pesadilla o en un terror nocturno.

Con reminiscencias de Jurassic Park (ese grito de su dragón bajo la lluvia recordó vivamente a la secuencia del Tyrannosaurus Rex persiguiendo el jeep) y hasta de clásicos del videojuego millennial como MediEvil o Resident Evil, Daemon lleva a cabo su propia incursión homérica al Hades en busca de Tiresias, o mejor dicho de Casandra, la profetisa troyana a la que nadie hacía caso.

En una escena bajo el árbol que perfectamente podría estar en el metraje de El Resplandor, se nos muestra a Daemon confrontando con el castillo en ruinas de su vana ambición, alimentada durante toda su ilustre vida de segundón por el qué habría sido si.

La realidad de La Casa del Dragón es que mientras los hombres deambulan perdidos entre sus melancolías y ensoñaciones o arrastrados por sus pasiones y delirios, las mujeres organizan y someten a sus propias reglas el caos palpitante de la vida real. Es un poco como la vida misma, por eso esta saga es tan buena.

No obstante su alma gemela en la familia, Aemond, vuelve a tener una breve pero sintomática aparición que dice más por su puesta en escena en sí misma que por el tiempo que permanece en pantalla. Camina desnudo en público tras romper con arrogancia sus inseguridades del pasado, representadas en la madame del burdel a la que Aegon humilla delante de él y de todos.

El personaje de Aemond camina pasito a pasito y entre bastidores hacia un gran protagonismo en esta serie. Como habla tan poco, sus silencios y su mirada torva y tuerta dicen más que cualquier otra cosa.

Ahora mismo apostaría porque el día que levante su dragón contra alguien será contra su propio y disparatado hermano Aegon, pero eso lo dejaría en la (por otra parte clásica en el subgénero de los antihéroes) situación de luchar por sí mismo contra todos, sin reconciliación posible con nadie y actor destacado de su propio western. Su papel es una incógnita y una de las derivadas más interesantes del camino que está cogiendo esta segunda temporada.

Aunque la campaña de la nueva y estrambótica Mano del Rey inicia los movimientos inevitables de la guerra con la que los guionistas llevan amagando desde el primer episodio de la serie, donde en realidad se confirma lo irreversible del cariz que han tomado las cosas es en la bella secuencia del Septo. Y no por las palabras de Alicent sino por la misma confirmación que ella le da a la reina Rhaenyra de la legitimidad de sus ambiciones.

Desde el principio Rhaenyra, digna hija de Viserys en lo bueno y en lo malo, dudaba de llegar hasta el fondo de un asunto peliagudo cuya única salida a todas luces iba a ser un baño de sangre. Sin embargo en esa conversación susurrada entre las velas con la vieja amiga entiende sus Alicent no la traicionó conscientemente y que su padre la eligió a ella.

Se vuelve a retomar el hilo teleológico de la Canción de Hielo y Fuego y se hace un guiño, con los huevos de dragón que viajan por estrategia política a Oriente, a Juego de Tronos y la gran esperanza que el mito deposita en un príncipe Targaryen que ha de venir para salvar al mundo de una catástrofe total que desborda los límites de las simples guerrecillas dinásticas.

De todo esto Alicent y nadie en la Fortaleza Roja tiene maldita la idea. La gran amenaza fantasma del norte había dejado de gravitar sobre La Casa del Dragón y este episodio, con más nervio que el anterior y mejores actuaciones, la vuelve a poner sobre la mesa, devolviendo la historia al contexto al que pertenece y al que la hace no sólo entendible sino verdaderamente atractiva.