
Como tuvimos en las temporadas de Juego de Tronos vuelven las Reviews de los Lectores a Los Siete Reinos. Este año no nos puede acompañar nuestro amigo Xavi (Sak Stark), de la Wikia de hielo y fuego, pero a cambio escribe nuestra amiga Cristina Arias, autora de antologías y poemarios y responsable del podcast Paseando por la Cava Baja, a quien ya habéis escuchado en Los Siete Reinos varias veces y es una enamorada de la saga que conoce muy bien Fuego y Sangre.
La Casa del Dragón 2×01 – Hijo por hijo
Por Cristina Arias
Aegon se había proclamado rey en Pozo Dragón; Rhaenyra, reina en Rocadragón. Tras el fracaso de todos los esfuerzos por reconciliarlos, se desencadenó finalmente la Danza de los Dragones
De esta manera comienza el capítulo homónimo de Fuego y sangre con el que arranca la segunda temporada de La casa del dragón. En primer lugar, las maquetas y demás construcciones han dado paso en los créditos a un tapiz que narra la historia de la casa Targaryen desde la caída de Valyria hasta el momento presente, en el que los Verdes y los Negros, Aegon y Rhaenyra, pugnarán por el Trono de Hierro.
Sin embargo, la temporada no arranca ni en Rocadragón ni en Desembraco del Rey. Volvemos a Invernalia, al Muro, a la futura amenaza de la muerte profetizada en la Canción de Hielo y Fuego. Lord Cregan Stark habla con Jacerys Targaryen.
En realidad, ninguno de los dos sabe realmente de qué se trata aquello de lo que se defienden, pero no les corresponde a ellos averiguarlo, aunque nosotros lo sepamos y saboreemos gratos y espeluznantes momentos de Juego de Tronos. En medio de la nostalgia, una semillita, esta vez en forma del ejército de Los lobos del invierno, queda plantada.
Intentando seguir la trama general, un cuervo anuncia la muerte de Luke y Rhaenyra decide retirarse para sobrellevar el duelo. Merece una mención especial el momento en que los pescadores encuentran los restos del Dragón de su hijo y una capa. El dolor de la reina es desgarrador, y ella aún no se ha repuesto de sus heridas.
El príncipe Daemon está en la isla ocupándose de los asuntos de la guerra mientras su esposa se repone, y esto favorece parte de la acción, pues si bien Fuego y sangre comienza este capítulo con la historia de Daemon en Harrenhal, es muy probable que veamos ese viaje más adelante. A pesar del luto y las tristezas, la escena del reencuentro entre Rhaenyra y su primogénito es un bálsamo de ternura en medio de tanta violencia.
En Desembarco del Rey las cosas no andan mucho mejor. Durante la reunión del Consejo, se comprueba que Aegon es un hombre incapaz de gobernar. Tiene momentos de cierta lucidez, pero le puede la pereza a la hora de quitarse los problemas de en medio lo más rápido posible y de manera irreflexiva, como se ejemplifica en la escena en la que recibe las peticiones de sus súbditos.
A pesar de tener buenas intenciones, no sabe encauzar bien sus métodos, y todo ello deriva en ramalazos de ira y crueldad cuando se le lleva la contraria, como se observa en el momento en que pretende humillar a ser Tyland Lannister y lo llega a amenazar por no querer “jugar” con su hijo.

La escena del consejo de los Verdes deja entrever una brecha aún mayor en el bando de Desembarco del Rey: la reina Alicent y Otto Hightower son partidarios de prepararse y tener paciencia antes de lanzarse al combate, mientras que Aegon y Aemond prefieren entrar en acción lo antes posible, confiando ciegamente en su furia y sus dragones para vencer al bando enemigo. Este conflicto queda claro en Fuego y sangre cuando se afirma de Aemond tras matar a Lucerys que
“Si esperaba recibir la bienvenida de un héroe, quedaría decepcionado. La reina Alicent palideció la enterarse y gritó: “Que la Madre se apiade de todos nosotros”. Ser Otto tampoco se sintió complacido: “¿Cómo pudiste estar tan ciego habiendo perdido un solo ojo?”, se dice que preguntó.
Sin embargo, ya desde el primer episodio de esta primera temporada vemos que no se trata únicamente de un asunto familiar, sino que Larys Strong y ser Criston Cole se apresuran a plantar semillas, en este caso, de cizaña, para que Aegon se deshaga de ser Otto, la Mano de tres reyes.
No podía faltar en esta corte de los Verdes una mención a la reina viuda, quien, una vez más, nos demuestra que no escatima a la hora de tomar las peores decisiones posibles. Como ya se intuía en la temporada anterior, ser Criston y ella tenían una tensión sexual digna del amor cortés más extremo.

Finalmente, esa pasión se ha consumado —no solo de enseñar pies a pervertidos patizambos vive la mujer— y, en una nueva muestra de la hipocresía que reina por esos lares, Alicent le recuerda a ser Criston que aquello no se puede repetir. Las carcajadas del público aún se deben estar oyendo por ahí.
A tenor de esto, Larys, siempre tan melifluo, ha decidido que la reina necesita servicio nuevo y que él se va a encargar de eliminar a todos los sirvientes del castillo que hayan pasado información al enemigo. Lo que Alicent no termina de pensar bien es que, muy probablemente, esas nuevas doncellas “leales” terminen espiándola a ella para regocijo de Strong. No pasa nada, con poner un par de velas en el septo de Baelor con cara compungida seguro que se acaba todo.
A pesar de todos estos detalles, no podemos olvidar la que será la escena clave que marca la pauta del capítulo. Aegon entra en la estancia de su familia para llevar a su hijo al consejo privado. Saluda afectuosamente a su pequeña Jaehaera y la reina Helaena le comenta que tiene miedo “no de los dragones, sino de las ratas”. El plano en el que vemos a Queso con su trampa al hombro yendo tan campante por el castillo nos hace presagiar el final del episodio.

Y vamos a ello. La reina Alicent no tiene el monopolio de las malas decisiones en esta historia. Recordemos lo que se dice en Fuego y sangre:
“Aemond Targaryen, que desde entonces sería conocido como Aemond el Matasangre, regresó a Desembarco del Rey, habiendo conseguido el apoyo de Bastión de Tormentas para su hermano Aegon y la enemistad eterna de la reina Rhaenyra”.
Rhaenyra, una vez acabado su retiro, regresa a la sala del trono para pedir, con los ojos vidriosos, la muerte de Aemond. Daemon, que está deseando entrar en acción y vengar a su hijastro, se pone manos a la obra.

Ya comenté unas líneas más arriba que Daemon no estaba en Harrenhall cuando, según las crónicas de Fuego y sangre, debería estar allí. Así fue como el príncipe llevó a cabo su plan según esta historia:
También tenía aliados en el consejo verde, cosa que desconocían el rey Aegon, la Mano y la reina viuda. Contaba asimismo con una intermediaria, una gran amiga en la que confiaba ciegamente, tan conocedora de las tabernas y los reñideros de ratas que proliferaban a la sombra de la Fortaleza Roja como lo había sido el príncipe Daemon, y que se movía con soltura entre las penumbras de la ciudad. Por medios secretos, se puso en contacto con esta pálida desconocida para ejercer su terrible venganza.
Como vemos, en el libro todo lo que llegará después se hace estrictamente a distancia, pero la serie cambia de rumbo y hace que ser Erryk Cargyll encuentre a Mysaria, el Gusano Blanco, después de poner pies en polvorosa desde la capital, y la lleve ante el príncipe Daemon. Este encuentro está cogido por los pelos, pero resulta conveniente de cara a que Daemon pueda ir a Desembarco del Rey por la noche y contratar a los asesinos Sangre y Queso.

Llama la atención en esta secuencia el hecho de que, muy probablemente, Daemon ha tenido que desplazarse en dragón hasta allí. Si recordamos que tan solo unos minutos antes hemos visto cómo las tropas de ser Arryk Cargyll están preparadas para cualquier tipo de ataque aéreo, cuesta un poco creer que los acontecimientos se hayan dado con tanta facilidad y rapidez.
Sangre no es un ex capa dorada como en el libro, sino un caballero juramentado que aún es fiel a su anterior comandante —o, más bien, les tiene una manía tremenda a los Hightower— y Queso es, en efecto, el cazador de ratas de la zona. A tenor de esto, me viene a la cabeza un comentario que hace ser Otto cuando dice que es necesario acabar con los capas doradas que aún son fieles a Daemon. A efectos de guion, es una anticipación curiosa.
El final del episodio tiene momentos que no han terminado de gustar a muchos lectores. En mi caso, como diría George R. R. Martin, prefiero centrarme en los grises antes de caer en la falsa dicotomía del blanco y el negro.

La entrada al castillo por los túneles en lugar de por la torre de la Mano no me parece una mala decisión. Lo que sí me chirría es ese paseo por el salón del trono de ambos personajes como Perico por su casa, rodeados de guardias, escuchando los desvaríos de Aegon, que bebe mientras es jaleado por sus amigotes. ¿Sirve para dejarnos claro que el rey está fuera de su lugar y que ello es una metedura de pata para que se desate la tragedia? Sí, pero tampoco lo veo necesario.
Una vez que los dos asesinos han llegado al piso superior, el torpe disimulo de Sangre no evita que la doncella de la reina le vea dando vueltas y poniendo mal una trampa ficticia. La mujer, en lugar de dar la alarma o de ser asesinada, se marcha como quien no quiere la cosa y chimpún.
Sí me parece un buen detalle el que Sangre y Queso entren en el aposento que un momento antes hemos visto ocupado por Aemond, ser Criston y ser Otto. Cuando los malhechores llegan, está vacío y en silencio. Tampoco les llama la atención que no haya ni un guardia custodiando las puertas.

En Fuego y sangre, el pasaje del asesinato de Jaehaerys es mucho más desgarrador, muy gráfico, con la decapitación del niño frente a su madre y el alarido de terror de la reina Helaena. Sin embargo, los guionistas deciden centrarse más en esta frase:
“Cuentan las crónicas que la reina Helaena conservó la calma”.
Teniendo en cuenta el desarrollo del personaje que se nos ha mostrado hasta ahora, pienso que presentar la escena como un momento cruel pero sin estridencias es un acierto. Helaena sale de la estancia y el espectador escucha lo mismo que ella, ve su mirada aterrorizada y perdida, y se estremece.

Cuando Helaena llega al aposento de su madre, Alicent, en busca de ayuda, no se percata de que la otra gran metedura de pata de la reina viuda ha sido tener al único guardia que custodiaba sus aposentos metido entre las sábanas. Los ojos de Helaena están ausentes; los de Alicent, aterrados y, una vez más, perplejos ante la magnitud de sus propios errores.
En líneas generales, Hijo por hijo supone un buen inicio de temporada, con algún que otro error de concepto o detalle prescindible, pero plagado de semillas (guiño, GUIÑO) que excitan nuestra imaginación y que nos hacen querer saber más sobre cómo se irá tejiendo esta historia a lo largo del tapiz.
¡Hasta pronto!
















