Es miércoles de La Casa del Dragón, así que aquí están las Impresiones de un No Lector. Son obra del gran Antonio Valderrama, periodista y escritor, autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego – ya se puso al día – y nos acompañó en la sexta temporada, la séptima y la última de la serie. Ahora no ha leído Fuego y Sangre, así que nos analiza ahora con su mirada única La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×09 – El Consejo Verde

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Después de una serie de episodios en línea ascendente, en cuanto a tensión dramática, llegó el penúltimo capítulo de la primera temporada. Como es tradición, el capítulo inmediatamente anterior al final de una temporada suele ser el que anuda por fin toda la trama, en un éxtasis narrativo, o por el contrario, una transición hacia la traca con la que finalizar en alto, o sea, en un cliffhanger folletinesco que nos deje temblando y ansiando la continuación en una segunda temporada.

Todo apunta a que los responsables de La Casa del Dragón han optado por esta segunda opción, pues El Consejo Verde devino en una hora, transcurrida íntegramente en Desembarco del Rey, donde sólo asistimos a los acontecimientos desde uno de los dos lados claramente definidos ya en la liza que se prepara.

Queda por tanto esperar a la reacción de la otra parte. Presumimos, teniendo en cuenta los antecedentes, de que la cosa será movida y cruenta, aunque cabe preguntarse hasta qué punto y qué cartuchos se guardarán para la temporada siguiente, hasta dónde avanzará la carnicería en ciernes.

De todas formas el episodio es bueno, si bien tiene un final confuso y parece en ocasiones algo precipitado. Lo mejor, desde luego, es tanto la actuación como el desarrollo argumental en el que se mueve la reina Alicent Hightower.

Manteniéndose al borde de la desesperación angustiosa, Alicent consigue encarnar a una mujer que es tan madre como amiga.  Es decir, una mujer, en el sentido profundo de la palabra, histórico podríamos decir, inteligente y lo suficientemente perspicaz como para comprender la tragedia personal a la que su destino, escrito de antemano por hombres a quien ella, en realidad, importa muy poco, le aboca. Un destino terrible en el que por un lado ha de defender la vida y la posición de su hijo mayor, que es un degenerado, un disoluto, un espíritu podrido que no merece ningún derramamiento de sangre.

Un destino en el que, para llevar a cabo esta defensa a la que la naturaleza, los genes, su propia sangre, la mueven inevitablemente, tiene que traicionarse a sí misma, traicionar lo mejor de su vida, que fueron los años de la infancia, los años despreocupados junto a su amiga Rhaenyra, años en que la vida era sencilla y clara. Una defensa, a la postre, que para consumarse ha de obligarla a establecer alianzas e intimidades de conveniencia con seres abyectos, empezando por su propio padre y terminando por el espantoso Ser Larys.

¿Y todo, para qué? Para nada, verdaderamente, como le explica, o lo intenta, Lady Rhaenys.

La presencia de Rhaenys en la corte, en este episodio, sólo puede explicarse desde este punto de vista: la del ejemplo, la del aleccionamiento moral. Rhaenys es una mujer destruida por la ambición de quienes la han rodeado toda su vida. También por su propia vanidad.

Por ello le perdona la vida en esa escena final, algo absurda, que sólo sirve para ver el poder de un gran dragón, que por otra parte ya no combatirá en el bando de los Hightower. Rhaenys se mantiene en equilibrio, o mejor dicho se aleja, pone tierra y aire de por medio con la vanidad y con el ruido disparatado del mundo, un ruido que le ha arrebatado lo más preciado de su vida, su juventud, sus hijos, el calor de su hogar, el futuro de su propia casa.

Entre tanto el episodio sirve para mostrarnos cómo es a tiempo real un golpe palaciego, un golpe de Estado medieval. Los Hightower realizan un modélico ejercicio de control de la información a partir de que Viserys se muere susurrándole, en su mente ya ida, a Rhaenyra y no a su esposa Alicent, unas palabras relacionadas con la marejada de fondo inevitable en todo el relato de la Canción de Hielo y Fuego: la monstruosa y vaga amenaza fantasma que un día vendrá del norte.

En el Consejo de la regente están ya todos los actores necesarios para sostener la farsa. Desde el Lannister despechado hasta la aristocracia cobarde y la milicia desbocada y violenta, representada por Criston Cole, que evoca la guardia pretoriana de los antiguos emperadores romanos, pues Cole ya no responde ante nadie, ni siquiera ante su juramento como capa blanca, sino sólo ante la reina.

El vínculo establecido es uno de índole personal, íntima, una complicidad animal, de perro y amo, que trasciende códigos, leyes y reglas, y que por lo tanto suponen el desmoronamiento de cualquier tipo de orden establecido. Una complicidad que, al tratarse de algo puramente instintivo, puede quebrarse en un momento dado. De análoga naturaleza es la complicidad de Alicent con Ser Larys.

Alicent Hightower

La niña traicionada, vendida y prostituida por su padre, es hoy una mujer que no tiene otra salida que caminar por el filo de una navaja infinita, afiladísima y peligrosa, que puede cortarla por la mitad al menor traspiés. Esa ambigüedad y esa angustia sin esperanza logra transmitirla muy bien la actriz al espectador, por eso este capítulo sí que tiene un valor, el de mostrarnos el horizonte de oscuridad al que empujaron a una mujer que no pudo en ningún momento vivir su propia vida.

Por eso, por primera vez, aparece sin peinar, desaliñada. Es una mujer que duda ante el hecho ineluctable de la carnicería, del derramamiento de sangre, una encerrona homicida preparada largo tiempo por su propio padre. Por eso, también, se rebela abiertamente contra su decisión y por vez primera juega sus propias cartas con el objeto de arrebatarle piezas del tablero a la figura fundamental de su vida, cada vez más Mano y menos padre.

En Desembarco del Rey todo el mundo juega sus bazas, o lo intenta. La guerra es sin cuartel y en todos los órdenes de la sociedad. El “pueblo” sólo puede defenderse a sí mismo mediante la extorsión y el chantaje, a imagen y semejanza de sus propias élites, que están tan podridas como Aegon.

El ya rey Aegon II es, en un primer momento, el primer poderoso de la historia del mundo que no sólo no quiere saber nada del poder; sino que está dispuesto a cualquier cosa para huir de él, hasta que la corona toca sus sienes y siente dentro la llamada de la sangre. No creo que vaya a equivocarme: en esos gestos, en esa mirada perdida, en esos aspavientos de demente sobre la multitud, se esconde un Calígula en potencia.

Ese Calígula es el fruto de los desvelos de Alicent, quizá, seguramente, la certeza de esto mismo sea lo que en el fondo de su tragedia late con especial fuerza, es una mujer que ha derrochado sus mejores energías vitales en perturbados, en asesinos y en pervertidos. Obligada a la maldad, descubre también poderes que como mujer atractiva e inteligente posee para mantener a raya a sus mastines de la guerra, como el fetichismo y la seducción.

Mujer contra mujer, como en la canción, todo parece dispuesto ya para que comiencen las hostilidades.