Como cada miércoles de La Casa del Dragón llegan las Impresiones de un No Lector. Son obra del gran Antonio Valderrama, periodista y escritor, autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego – ya se puso al día – y nos acompañó en la sexta temporada, la séptima y la última de la serie. Ahora no ha leído Fuego y Sangre, así que nos analiza ahora con otra sensacional mirada La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×08 – El Señor de las Mareas

Paddy Considine, el rey Viserys I en House of the Dragon

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

La Casa del Dragón avanza a buen ritmo por la senda de las grandes series. Leía ayer en Twitter, después de ver el capítulo octavo, algo muy cierto: “ninguna de las series de fantasía que se han gastado millones de dólares en cada capítulo para recrear dragones y otras criaturas fabulosas, ha podido competir en epicidad con un anciano esforzándose agónicamente por sentarse en una silla”.

Y es absolutamente cierto. El octavo capítulo de House of the Dragon ha consistido en una interpretación portentosa de Paddy Considine, que ha elevado al rey Viserys al olimpo de los personajes extraordinarios no sólo del universo de George R. Martin sino de la televisión del siglo XXI.

Todo el episodio ha transitado por la senda tenebrosa de la violencia íntima, intrafamiliar se diría hoy en la absurda jerga legislativa y periodística que nos rodea. Ha sido otra hora larga de tragedia shakesperiana, a la altura del quinto y del sexto episodio, los que cambiaron el rumbo de la serie.

Es la atmósfera en la que mejor se desenvuelve esta historia que al fin y al cabo no es sino otra representación del cuento más antiguo del mundo, el cuento por el poder. El poder como objeto de deseo, el poder como destino final de la voluntad, el poder como motor, el poder como ambición y matriz del odio, el poder por el poder, la droga más fuerte que existe y que existirá hasta el fin de los tiempos.

Una droga que consume, aniquila y destruye. Por eso Viserys ha sido tan importante desde el principio. Por eso Viserys es tan sublime en este capítulo definitivo. Viserys es el rostro descompuesto y lleno de gusanos, cadavérico, del poder.

Su cara es la cara del que ha disfrutado del poder total, del que ha bebido de esa copa hasta apurarla. Su cara es el lugar a donde conduce ese sueño que tienen en todas las épocas todos los seres humanos, ricos y pobres, nobles y plebeyos, mujeres y hombres de toda condición, el sueño de tener en su mano el mundo entero y poder doblegarlo, someterlo todo a su voluntad.

Ahí termina, ahí lleva ese sueño: a la podredumbre completa e irreversible, a la peste. La Casa del Dragón ha subrayado esto desde el principio y como en Juego de Tronos, este mensaje, que es una cápsula de atemporalidad en una ficción “convencional” del siglo XXI, el siglo de la nadería y del desconocimiento, es el que hace que la serie merezca la pena. Porque está bien hecha.

Hay otro salto temporal. Seis años. En estos seis años, como se podía suponer, los niños han crecido, lo cual siempre implica peligro: son más fuertes y su capacidad para agredir, como es natural, es mayor. En ese tiempo los hombres que forjaron, bien, mal y regular, el mundo viejo, se están acabando, consumiendo en sus propias guerras.

Lord Velaryon está fuera de combate, se nos dice que lo han degollado en los Peldaños de Piedra pero suponemos que en realidad lleva tanto tiempo fuera de su casa porque no soportó, hombre de acción como era, consumirse en el fuego ponzoñoso del rencor de su mujer, acosado por el recuerdo de sus hijos muertos y de sus delirios de grandeza quebrados. Viserys, de verdad ahora sí, parece que se está muriendo.

La sucesión en Marcaderiva amenaza ser la Sarajevo de 1914. Es decir, un avispero balcánico que concita de nuevo a todas las piezas del tablero en el nido de víboras de Desembarco del Rey, en donde el rey no reina sino que, postrado, dormita el sueño de las momias mientras que su mujer y su suegro tejen una telaraña siniestra alrededor de su herencia.

El tiempo ha ido pasando y las pasiones sólo se han aquietado, se han ido espesando, cogiendo textura como los guisos cuando se los aparta del fuego y se los deja recocerse. Textura, sabor y peso. Como Cersei en Juego de Tronos, la reina Alicent se ha amparado cada vez más en el poder eclesiástico para afianzar su posición incierta, para orillar el poder y la legitimidad Targaryen puesto que ésta, la legitimidad de la dinastía valyria, se fundamenta en una fuerza sobrenatural, los dragones, que está por encima, literalmente, de los dioses de los hombres.

La Fortaleza Roja es una taifa de beatería y silencios donde se mantiene vivo a un cadáver que sólo respira (y malamente) en espera de que algo, lo que sea, tire las demás fichas al suelo y vuelque el destino del juego. Aegon, el tan deseado hijo varón de Viserys, aquel por el que sacrificó el amor de su vida, es la metáfora de la ambición fatal.

De las consecuencias de una ambición desmesurada que le fuerza la mano a la razón. Es un príncipe degenerado, ruin, cobarde, envilecido por el capricho y por el consentimiento, enfermizo y débil, al borde del desequilibrio mental y muy inferior en todo, incluso en voluntad de mal, a su hermano Aemond.

Aemond es la otra cara de la moneda, es Solid Snake. Tiene la madera de rey Targaryen que le falta a su hermano, la determinación y la fuerza, y un espíritu atormentado que se alimenta del complejo de inferioridad que arrastra desde la niñez, del rencor y del deseo salvaje de trascender.

La cuestión Velaryon es un Mcguffin al estilo Hitchcock. Y que sólo sirve para reunir en una misma sala, la del trono, a todos los que importan en toda esta historia.  En la Sala del Trono hay una luz blanca de hospital. Y contemplamos un impresionante velo de mortaja que envuelven la escena

En ella Viserys, cadáver que camina, realiza el último acto de su voluntad real. Una estremecedora secuencia que hará trascender a La Casa del Dragón, del mismo modo que hay películas irregulares que pasan a la historia por escenas o secuencias memorables, irrepetibles, que se quedan en la retina de los espectadores para siempre por su fuerza emocional y narrativa.

Los Hightower y los Velaryon patanegra tenían apalabrado un pastel con el que quebrarían no sólo la herencia de la casa más fuerte de los Siete Reinos sino que además dinamitaron de facto la legitimidad de Rhaenyra y de sus hijos como herederos del Trono de Hierro. La jugada era perfecta, caída del cielo. Pero Viserys ejecuta su acto más grande como rey, se enviste de majestad verdadera; la presencia de Rhaenyra lo ha sacado por un momento de la postración en la que los reyezuelos de palacio lo tenían sumido.

Se presenta ante todos portando la máscara dorada del poder, con su misterioso poder totémico, y esa máscara lo alienta, lo eleva por encima del insoportable dolor y de las infinitas espinas afiladas del poder. La secuencia está magistralmente llevada, la fotografía es extraordinaria, así como toda la ambientación, de un simbolismo vibrante.

El escenario está vivo y nos habla directamente a los espectadores. Viserys se inmola para redimir el pecado capital de su reinado y salvar a Rhaenyra, el fruto de su verdadero amor, lo único real y grande que ha hecho en la vida, no como rey, sino como hombre.

La escena sirve para que Aemond se reconozca en Daemon. La mirada de admiración que le dirige cuando Daemon liquida al ofensor de su mujer es una mirada de veneración, una chispa de fuego Targaryen. También sirve para reconocer en Rhaenys a la mujer depositaria de todos los dolores del mundo, a la Stabat Mater, una mujer resignada, eternamente herida pero jamás doblada, por la crueldad implacable de la vida.

En la última cena podemos observar el rostro de Viserys, el rostro que se escondía tras la máscara. Mostrándoselo a todos los que comparten con él la mesa, a los suyos, les ofrece la prueba de todo lo que comentaba antes, les dice miradme, aquí es a donde lleva la ambición humana, así es como termina.

Rhaenyra es la única que entiende su dolor íntimo, la impotencia infinita que atraviesa a su padre por no poder solucionar de un golpe mágico todos los errores de su vida, errores expuestos en carne viva allí mismo, en forma de familia deshecha, azotada por el rencor y por la envidia. El arranque emocional del rey parece a punto de desbaratar la obra maligna de toda una vida de Otto Hightower, hasta que la larva sembrada por él en forma de nietos Targaryen reconducen la situación hacia la discordia inevitable.

Sólo las mujeres, Rhaenyra y Alicent, en tanto que madres desamparadas, son capaces de acercarse. El último acto de amor entre las dos viejas amigas que presienten la catástrofe a que estará expuesta su descendencia, que es el fruto amargo de tantos sinsabores, de tantas renuncias.

La secuencia final de Viserys, su muerte en la cama, es de una belleza poética que anonada. Me recordó también a la muerte de otro Targaryen en Juego de Tronos, el maestro Aemon muriendo allá en el Muro (en el Norte de donde vendrá la amenaza profetizada que guió, confusamente, los designios de Viserys todo el tiempo).

Viserys muere yéndose con su primera mujer y se apaga lentamente, en la penumbra de una habitación inundada de luz blanca (de nieve), yéndose a un tiempo feliz, a un tiempo mejor. Y con el ruido cada vez más tenue de su respiración, nos vamos con él, hacia el fundido a negro final.