Aquí están las Impresiones de un No Lector, como cada miércoles. Son obra del gran Antonio Valderrama, periodista y escritor, autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) y nos acompañó en la sexta temporada, la séptima y la última de la serie. Lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre, así que nos analiza ahora con otra sensacional mirada La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×07 – Marcaderiva

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

Como la serie afronta su rush final, que se decía antes cuando daban las etapas del ciclismo por la radio, se veía venir que pisaran el acelerador. Y de qué manera. El séptimo episodio de la primera temporada de La Casa del Dragón fue el mejor hasta el momento. El más completo, el más redondo, el de más acción pero también el de los diálogos más suculentos. Es, ni más ni menos, el capítulo en el que se han anudado definitivamente los flecos sueltos de la trama: por fin está todo preparado para que empiece la carnicería.  

Tengo que decir que además de la dirección del episodio, magistral, de Marcaderiva destaco especialmente la fotografía. He leído en Twitter alguna crítica al respecto. No lo entiendo. En cada momento, la acción tiene exactamente la luz que debía tener. El mundo que vemos es un mundo en el que a pesar de la exaltación del fuego que supone la propia naturaleza de los Targaryen, es un mundo del que se han apoderado irreversiblemente las sombras.

Es un inframundo, la representación más fiel del Hades, cuya máxima expresión es esa playa infinita que circunda los señoríos de los Velaryon y que atraviesan los personajes, por tierra, mar y aire, como si fuesen átomos llevados contra su voluntad por la fuerza irresistible del caos cósmico, de aquí para allá, para que choquen entre ellos y de la violencia del choque brote, paradójicamente, la vida.  

El episodio no sale de Marcaderiva ni falta que le hace. A pesar de que los bandos acaban claramente definidos y, por fin, se sella la unión afectiva (y política, huelga decirlo) entre tío y sobrina, entre Rhaenyra y Daemon (el viudo negro, o rubio, un hombre al que se le mueren las esposas sin que se le altere un mechón de pelo), el episodio está protagonizado por los niños.

Los niños son aquí el símbolo de una herencia perniciosa y mezquina, vil y miserable, que en ellos, por la fuerza del Destino (a la que nadie puede escapar, eso nos lo enseñaron desde pequeños en el colegio los grandes relatos de nuestra cultura, y en eso, George R. Martin es un escritor canónico, purititamente occidental) que se materializa, encarna y agranda, proyectándose hacia el infinito, es decir, hacia el futuro.

Los niños, que son en esencia la continuación de la vida, la esperanza de vencer a la muerte y de alcanzar el mañana, son, sin embargo, en House of the Dragon, la perpetuación abyecta del odio, de la violencia y del dolor: la reproducción a escala exponencial de todos los pecados del mundo.  


Los dos bandos adultos que llevábamos seis capítulos viendo cómo se arremolinaban poquito a poco, tienen su reflejo instintivo en los vástagos, directos e indirectos, del pobre rey Viserys. Cada vez me cae mejor este hombre desgraciado, precisamente por eso, por su desgracia irremediable. Es un buen hombre que siempre ha tomado, o casi siempre, decisiones equivocadas animado por un afán inquebrantable de hacer lo correcto.

El cementerio, decía De Gaulle, está repleto tanto de valientes como de quienes sufren las consecuencias de esa legión de bienintencionados que pueblan la faz de la tierra en todas las épocas y que, en esencia, sólo querían hacer lo correcto. Ni siquiera su destino fatal, marcado por esa repugnante enfermedad epidérmica que le arranca la piel a cachos y lo convierte en un ser putrefacto, le va a conceder una muerte rápida. Viserys va a vivir lo suficiente como para ver aniquilarse entre ellos a quienes componen el fruto de sus desvelos, de sus entrañas.  

Por un lado están los hijos que ha tenido con Alicent, que son unos Targaryen clásicos, sobre todo Aegon, niñato amoral y cobarde que apunta maneras satánicas. En Aemond parecía latir un pálpito o impulso de bondad pero como pasa siempre en el universo de George Martin, esa buena madera, esa nobleza instintiva, es rápidamente cercenada y cubierta de ponzoña: sus hermanos y sus primos le hicieron bullying y lo arrojaron a las brasas de la incomprensión, de la soledad y de la monomanía.

Estos personajes, que se creen olvidados y despreciados por el mundo, casi siempre segundones (como Daemon), son los más peligrosos en todas estas historias, sobre todo si una vez albergaron un fondo de alegría y nobleza en sus corazones. Los hijos de Viserys y de Alicent son vasijas donde su madre ha ido depositando día tras día sus propias frustraciones, destiladas en un veneno purísimo 

Los de Rhaenyra, en cambio, son muchachos honrados y valientes, un poco norteños, con esa bravura espontánea y sin doblez de los grandes guerreros pero de los malos estadistas. Son como miniaturas de Ned Stark. Entre los niños, desde el principio, está el tomate del episodio, por eso en el ágape funerario se nos muestra sus caras, sus reacciones.

También se nos muestra a Ser Criston, que es una sombra del hombre que fue. Ya nunca sonríe y es un ejemplo más de lo que son los hombres en esta serie: seres incompletos o destruidos, hechos a medias o rotos de un hachazo cruel, llenos de sombras y de fantasmas, a merced de mujeres iracundas y pendencieras.

Algo de eso se trasluce también en el diálogo que mantiene el matrimonio Velaryon frente a la chimenea, en una sala oscura y fría donde oímos soplar el viento con fuerza mientras sentimos el desasosiego, lo sentimos de un modo físico. El diálogo es demoledor, un viaje acelerado al núcleo de la condición humana, en la mejor esencia de Juego de Tronos: poder, ambición, gloria, dolor y sangre 

“Todos podemos llegar a ser depravados, más de lo que te imaginas”, le dice Daemon a Rhaenyra para abrir el gran momento previo a la catarsis del episodio. Dos Targaryens a oscuras bajo un cielo estrellado, dos Targaryen caminando de la mano entre el manto infinito de la penumbra, con el mar rumiando al fondo una canción de desesperanza. Rumian ellos además un pasado no-nacido, abortado, pero que de alguna manera extraña forma todavía parte de los dos, conforma una entidad viva que los mantiene unidos a través de los avatares del tiempo.

Son dos seres aplastados por las circunstancias, por el miedo y por los demás, que por fin se unen. Y en la escena de cama se dicen muchas cosas. Daemon no toma ya a Rhaenyra como lo veíamos fornicar con las fulanas de Desembarco del Rey al principio de la serie. Se ha operado en él una transformación semejante a la que vimos en Jaime Lannister. Ama a Rhaenyra sin someterla, de muy distinta manera. Sin arrogancia, con cariño.

Ya no es el príncipe arrogante y chulo que odiaba al mundo. Ahora parece entenderlo, o haberlo entendido. Ahora es un hombrecillo desgastado que ni siquiera monta dragones, es un individuo macerado por el dolor de la existencia y, probablemente, por ello sea ahora, sí, de verdad, una herramienta muy útil de poder para Rhaenyra.  

La secuencia entre Aemond y Vhagar es la premonición de la catástrofe, su catalizador. Es una secuencia hermosa. Aemond es el único Targaryen que queda que aún se atreve a acercarse a la fuerza monstruosa y llena de misterio que son los dragones, esa fuerza que habita en el interior de su estirpe y en la que se cifra todo su poder y lo único verdadero de su existencia.

Y logra cabalgarla, como Alejandro Magno logró montar a Bucéfalo a pelo y domeñarlo. Con él surca el cielo bajo las estrellas, somete simbólicamente también a la Luna y se precipita por un rito de iniciación del que ya no sale niño, sino hombre. Y un hombre, por desgracia, como todos los demás: fiero, displicente, ambicioso y lleno de cólera, cólera que corre raudo a descargar sobre sus primos.  

House of the Dragon
CR: Ollie Upton/HBO

Lo que viene a continuación está muy bien rodado y es muy violento, atmosférica y narrativamente violento. Toda la fuerza que ha desencadenado Aemon montando a Vhagar se derrama sobre esa gruta donde se pelean a muerte los primos y luego sobre la sala donde la corte en pleno asiste a un espectáculo increíble.

Con todas sus consecuencias, el fuego frío de la locura los posee a todos, especialmente a Alicent. En ella emerge todo lo que el mundo ha ido volcando dentro de su ser desde que era una niña.

Todo empieza por su padre, un Maquiavelo tan refinado que por fin siente orgullo de su hija, hasta ahora sencillamente un pelele de trapo para sus fines políticos. Alicent muta en Cersei.

Todo lo que ha envidiado salvajemente en su amiga de la niñez, seguramente algo más que amiga, y todo el miedo que ha pasado por ella misma y por su descendencia, todo, de golpe, sale a flote resquebrajando su máscara. De facto es un casus belli. Las tinieblas la han rodeado toda la vida y ahora forma parte de ellas, es una canalla amoral más, puede que la peor, pero sin duda no la única.  

Porque la guerra, que está servida, ha arrastrado a esa tiniebla también a Rhaenyra, irremediablemente. Todos, los niños por supuesto, desde su misma concepción, son hijos ya de la oscuridad de la que Alicent no es más que una gritona portavoz.

No hay piedad, ni esperanza, en el mundo que imagina George R. Martin. Sólo queda que corra la sangre y naturalmente, el fuego, y que el mundo sea otra vez un festín de cuervos.