Hoy es el turno de las Impresiones de un No Lector. Obra del genial Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano autor del excelente Hombres Armados y del próximo La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya se puso al día) y nos acompañó en la sexta temporada, la séptima y la última de la serie. Lo que no ha leído ahora es Fuego y Sangre, así que nos analiza ahora de forma genial y con ojos limpios La Casa del Dragón.

La Casa del Dragón 1×04 – Rey del Mar Angosto

Por Antonio Valderrama, Fantantonio

¡Albricias! Los indicios de que algo se movía en La Casa del Dragón, por fin, las señales entrevistas en el tercer episodio de que la trama levantaba poco a poco el vuelo, se han confirmado en este cuarto capítulo. El dragón bate las alas y toma impulso; la serie define de una vez sus dos focos de interés principales y éstos, Rhaenyra y Daemon, adquieren profundidad, que era lo que les venía faltando.

Es éste un episodio oscuro y por ello lo he disfrutado como un cerdo en una charca. Hay en él más violencia y más sangre que en la matanza de los Peldaños de Piedra, aunque apenas se mate a nadie. Rhaenyra crece ante los ojos de su padre deshaciéndose de la ridícula tournée por los Siete Reinos que Viserys le ha preparado para encontrarle esposo. Se suelta como una princesa autónoma, es por fin verdaderamente observadora, aguda, mordaz e ingeniosa.

Sobre todo, en este capítulo, Rhaenyra se convierte en una mujer, no sólo en el sentido literal y sexual del término, sino porque desarrolla una mirada cínica sobre las cosas que la aleja del arquetipo de princesita empoderada que monta dragones. La actriz que la interpreta es, además, creíble de verdad.

Creíble por primera vez. Rompe la máscara de rigidez, de inexpresividad y de hieratismo y expresa sentimientos verosímiles: está irritada al principio, fastidiada; después, la vemos curiosa, con esa curiosidad adolescente, entre tímida y audaz, ante lo prohibido, ante la apetencia carnal desconocida pero intuida y deseada.

La vemos más caliente que una patada en la oreja, la vemos resuelta e indignada, pero más allá de todo eso, la vemos resuelta. Le dobla la mano por primera vez a su padre, y su padre, por primera vez también, deja de verla como una niña y empieza a tratarla como a una igual.

Llegado a este punto yo me pregunto si el guión no podría haber conducido la serie de otra manera hasta este cuarto episodio, pues no es cosa de la actriz, que ya ha mostrado más y mejores registros. Sea como sea el capítulo es un mano a mano entre ella y Daemon, que regresa a la corte tras su extraña cruzada un poco como Pompeyo a Roma cuando limpió el Mediterráneo oriental de piratas y en el Senado todos esperaban que se proclamara rey.

De hecho, Daemon se autoproclama de ese modo, sólo para acentuar su aparente sumisión sin paliativos a la autoridad de su hermano. Es un hombre nuevo. Se ha pelado, parece un niño bien, un niño bueno.

Su aspecto físico contrasta vivamente con un Viserys cada vez más dejado, más proclive al vino, un Viserys que sigue pudriéndose lentamente, con barba de tres días, un hombre aislado y agrio. La conversación entre los hermanos está adecuadamente rodeada de las púas erizadas que custodian el Trono de Hierro, una metáfora perfecta de muchas cosas: de la tensión subterránea, de la áspera ingratitud del poder, del destino frío y hostil que espera a todo aquel que ansíe ser rey.

Ya la misma presentación de Daemon en el capítulo anticipaba todo lo que veríamos a continuación: el dragón dándole chulescamente un coletazo al barco que transportaba a Rhaenyra justo cuando ésta arribaba a Desembarco del Rey. El lenguaje visual en este capítulo mantiene el cuidado por el detalle y el simbolismo de los anteriores, especialmente el del tercero, en esto La Casa del Dragón ha mostrado un nivel muy alto desde el principio.

El acercamiento entre Alicent y Rhaenyra del principio del episodio anticipa uno de los nudos que se desatan a lo largo de la hora siguiente. Por ambas ha pasado la vida, pero más que nada su vieja amiga, ahora reina, es todo lo que Rhaenyra no quiere ser. Alicent es una esclava.

Su única utilidad, su única valía ante los ojos de todo el mundo, empezando por su padre, es la de concebir y parir reyes y príncipes. Entre ambas se desarrolla una tensión ya apuntada en el primer episodio, una tensión femenina que es típica de la literatura de Martin: la relación entre ambas es tan ambigua que por momentos parece ir más allá de una amistad convencional, y como una es el espejo de todo lo que rechaza la otra, las dos, en ese tira y afloja narrativo, toman cuerpo como personajes de peso, por fin.

Con lo cual la serie gana y avanza. Mientras Alicent sigue siendo una simple vasija hormonal y un mero peón de los juegos de poder de su padre y la corte, Rhaenyra ya no asiste a las sesiones del Consejo de pie y escanciando vino a los demás, sino sentada a la mesa, como una más: como la heredera del Trono de Hierro.

Es aquí donde incide con buen criterio Daemon para ir fraguando lo que sospecho es una venganza refinada y fría contra su hermano, una venganza que tiene como objetivo no sólo seducir a Rhaenyra, en último término, sino enfrentarla con su padre y con la corte misma, obligándola a postularse a su favor en un escenario sin Viserys. La trama de las dos mujeres por lo tanto implica el desenvolvimiento del hasta ahora muy plano y muy arquetípico papel de Daemon, y esta zona oscura favorece las dotes interpretativas del antiguo Felipe de Edimburgo, por lo cual brindo.

Esta seducción incestuosa y esta relación entre el tío y la sobrina, aparte de ser por fin un affaire puramente Targaryen que da salseo y gracia a la serie, también abre la puerta a un futuro triángulo amoroso de fatales consecuencias, pues de él participa el apuesto y joven Lord Comandante de la Guardia, Ser Criston Cole. Ya también desde el torneo del primer episodio se apunta a un duelo personal entre Cole y Daemon.

Ahora el duelo “escala”, como dicen ahora todos los tontos metidos a comentaristas geopolíticos. Escala porque tras la aventura de Daemon y Rhaenyra por el Lecho de Pulgas, Cole es el encargado de apagar el fuego que Daemon despierta, y ya se sabe que estas cosas siempre traen complicaciones, por no citar el tan gráfico refrán castellano que resume este asunto de una forma más directa.

Criston Cole

El Lecho de Pulgas. Por fin aparece este suburbio como sujeto político de decisión en el juego de tronos, como el lugar de perdición y el Jardín de las Delicias que fue en la serie madre.

Daemon, que cala a Rhaenyra y lee los miedos que ella alberga en lo más hondo de su ser (“El matrimonio, para las mujeres, es una condena a muerte”, le dice Rhaenyra a Alicent, a lo que añade el propio Daemon luego que las mujeres, como los hombres, “pueden follar con quien quieran”) se la lleva de paseo por el Lecho de Pulgas. Allí le muestra todo lo que palpita fuera de la anodina, previsible y aburridísima vida de la corte a la que Rhaenyra parece predestinada y a la que por la fuerza su padre quiere obligarla, la vida que encarna su vieja amiga Hightower.

También le muestra el rostro real del pueblo, que abomina de ella, aunque ella, que es feminista, no es, en cambio, democratista: “los deseos del pueblo son intrascendentes”, suelta sin pensárselo demasiado, porque otra cosa no pero Rhaenyra Targaryen, reina del despotismo ilustrado, parece que tampoco. En una noche la joven princesa descubre todo lo que contiene el vasto mundo sobre el que ella posa sus delicados pies.

La secuencia se encabalga con otra tremenda, de grandísima potencia dramática: Alicent está llegando a sus propios límites, y mientras Rhaenyra descubre la sensualidad de lo clandestino, el amor soez pero atractivo, salvaje y sin límites, ella yace a la fuerza con un rey cuya carne se cae a trozos. Follar, dice Daemon, es un placer, tanto para el hombre como para la mujer, pero no para Alicent Hightower, cuya existencia está rodeada de putrefacción y fetidez: sobre su cabeza, literalmente, se pasean las ratas

Rhaenyra, en esencia, aspira a la libertad, mientras que la otra es una sierva.  Pero la aventurilla por el Lecho de Pulgas le sirve a la serie también para hacernos otro guiño, pues aparecen los pajarillos del mítico Varys.

Los pajarillos susurran cosas feas a Lord Mano, quien corre gozoso a la cámara real creyendo que por fin tiene a Daemon entre sus garras. Aquí la serie gana enteros con respecto a los capítulos precedentes porque logra sorprender con un giro bien trazado.

Nos deja en la duda, como todas las buenas historias, de si Daemon se está sacrificando ante los ojos de su hermano e interpreta el papel del bufón enloquecido y borracho, pero el caso es que logra el objetivo de destruir la confianza del rey en su Mano, a cambio de perder definitivamente la que su hermano tenía en él. “Tú eres el dragón, tu palabra es sagrada, es la ley”, le espeta a Viserys, y con esto da en el clavo, pues así enfrenta al rey con lo más íntimo de su complejo de inferioridad.

Viserys es en el fondo un pobre hombre empeñado todo el tiempo en olvidarse de que es un Targaryen, en renegar de su naturaleza buscando ser visto como un monarca justo, sabio y mesurado. Quizá, también, la miseria de Viserys está causada por saberse portador de una verdad futura ante la que los demás permanecen ciegos, la verdad proléptica que vive todo el rato en la Canción de Hielo y Fuego: la batalla final entre el Bien y el Mal que es la esencia de Juego de Tronos.

De este modo, quizá sin querer, quizá queriendo pero torpemente, los guionistas consiguen que Viserys también crezca. En su soledad terrorífica, enfrentado con todo el mundo, incomprendido, poco temido, parece de verdad un hombre sabio.

“La percepción importa más que la verdad”, le dice a su hija, y así articula el verdadero principio fundamental del poder político (“La mujer del César”, etcétera), que tan bien conocen los mafiosos y que tan bien conocemos nosotros los espectadores, que vivimos en mundos tranquilos y seguros, gracias a Los Soprano o Gomorra.

El final del capítulo agudiza el ensombrecimiento general que va adquiriendo, gracias a Dios, la serie, pues lo mejor de Juego de Tronos era ponernos delante de los ojos un mundo en el que nadie era tan rematadamente cabrón ni santo, santísimo del todo, y sobre todo un mundo en el que todos son egoístas e inseguros, violentos y tramposos, y todos están, en el fondo, solos.

La Mano logra apartar a Daemon del camino del trono pero pierde su capacidad de influencia cerca del rey y en teoría, echa a perder los derechos de su nieto. Rhaenyra obtiene una victoria muy importante quitándose de en medio a la Mano, confirmando su crecimiento en este capítulo, a cambio de descubrir, en realidad, la suciedad, la inmensa fealdad del mundo.