Hoy se cumplen 10 años del estreno del primer capítulo de Juego de Tronos. Y dentro del especial #AniversarioDeHierro que estamos haciendo en Los Siete Reinos, queríamos celebrar el día con una de las plumas más aclamadas de esta página. Escribe alguien a quien todos habéis leído sus reseñas de los capítulos de la serie desde el punto de vista de un No Lector de Canción de hielo y fuego y que posteriormente devoró las novelas. Es Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano autor del sensacional Hombres Armados. Avisamos que os va a encantar.

Diez años de Juego de Tronos, por Antonio Valderrama

Se cumplen diez años del estreno de Juego de Tronos y es imposible pensar, en primer lugar: ¡qué viejo se va haciendo uno! Cuando un amigo de por entonces me comentó que había una serie, de ritmo y estética histórica, que me iba a encantar y que no podía dejar de verla, yo estaba en quinto de carrera y vivía en Sevilla.

Juego de Tronos, dilatada en el tiempo hasta el año 2019, ha sido una presencia continua en todo ese tiempo, de modo que puedo recordar claramente acontecimientos de mi vida, lugares, personas, recuerdos, asociados a capítulos y temporadas. Pues la serie, y la posterior oportunidad de comentarla en esta tribuna, vino conmigo a Bruselas, Almería, Madrid o Chipiona, mi pueblo.

La serie se entremetía, como los partidos del Madrid, como la lectura, como el cine, en proyectos, trabajos, compromisos. Lograba convertirse, como todo lo que nos apasiona, interesa o sencillamente, entretiene, en parte sustancial de toda esa levadura que hace vivible la vida.

Lo cierto es que Juego de Tronos dio, digamos, una vuelta de tuerca a la historia de la televisión. El fenómeno series, por así decirlo, ha vivido en estos años, con esta superproducción de la HBO, una segunda ola que amplía lo ocurrido con Perdidos, que fue la que puso de forma contundente este cine en pequeñito, el cine en miniatura del siglo XXI, encima de la mesa del mundo entero.

Juego de Tronos, por supuesto, magnificó esta globalización de las series, porque cuando se emitía Perdidos, Twitter, por ejemplo, estaba en pañales, e Instagram no existía. Además, la serie dinamitó de una saga de novelas que ya era un pelotazo internacional, con millones de lectores. Juego de Tronos, además, ha convivido en el tiempo con muchas series de enorme impacto en el público, entre las que descuella Breaking Bad, una top3 de este género chico que ya, en realidad, es bastante grande.

Pues la serie ha trascendido de largo, desde Los Soprano, el formato culebrón o telenovela, y es la manera en que el arte del siglo XX, la cinematografía, interpreta, se amolda y continúa, en el nuevo siglo. Juego de Tronos alargó todo ese efecto hasta la era 2.0, la era del meme, de lo viral.

Empezó a ver la serie gente que no veía ninguna serie, gente a la que los dragones y la magia le da lo mismo, o directamente, le repele. Gente ajena por completo a la literatura fantástica o al cine de ciencia ficción se sintió arrastrada por esa atracción que ejerce lo que se pone de moda.

Sin embargo, Juego de Tronos estuvo algo más que de moda, pues la propia naturaleza serial, por largas temporadas, exigía una atención al menos elemental, un interés básico, no en vano había que esperar un año entre una y otra temporada. Juego de Tronos fue un hecho tan transversal que rompió la segmentación típica de estos productos, en la era, para más inri, de la segmentación total en lo audiovisual.

Para ponderar su devastadora influencia en la cultura pop de Occidente durante esta década basta echar un vistazo al registro civil de España. por ejemplo. En este tiempo han nacido bastantes Daenerys.

Personalmente, tengo muy cerca la muestra de todo esto. A lo largo de mi vida apenas he compartido el seguimiento de una serie con mi hermano, con el que sólo me llevo cinco años. En esta época, no obstante, cinco años es casi una generación. Pero a medida que Juego de Tronos avanzaba en su desarrollo y alcanzaba cada vez mayor popularidad, fui comprobando cómo mis amigos, gente de todo pelaje, muchos de ellos ajenos por completo a la ficción audiovisual made in HBO, se fueron sumando con entusiasmo.

Juego de Tronos se hizo mainstream en la cuarta temporada, puede que mi favorita. El final de su adherencia a los libros supuso también la explosión definitiva en términos de publicidad y seguimiento masivos: se hizo, en sí misma, una industria, la gente peregrinaba a los lugares donde se ambientaba Rocadragón, Dorne, Roca Casterly, los actores conquistaban cada centímetro de pantalla, copaban Instagram, los avatares de Twitter, incluso los telediarios.

Verdaderamente fue muy poca la gente que se quedó fuera del universo de George RR Martin en esas temporadas finales. Y a menudo eran personas que, para llevarle la contraria a la mayoría, se alejaban voluntariamente, en un ejercicio de ascetismo televisivo.

Más allá de la calidad del producto en sí, de su fidelidad a la trama expuesta en los cinco libros hasta ahora publicados o de la cohesión argumental de la narración en esas tan discutidas etapas finales…lo que me parece, como espectador que después se hizo lector de la saga y no al revés, que el gran triunfo de Juego de Tronos es otro.

Y es haber llevado a la pantalla global, a la pantalla del mundo por así decirlo, al mainstream absoluto, teorías de la filosofía política y debates no sólo shakesperianos acerca de la condición humana. Debates acerca de la bondad y de la maldad individuales, de la traición y de la lealtad, de los que la ficción, naturalmente, está siempre llena, sino la confrontación entre modelos de organización de sociedades, ética y rostro del poder, etc.

Esto fue más evidente sobre todo en las últimas temporadas, las de la brocha gorda. Quizá por eso, porque los guionistas trabajaban un poco en el aire, sobre el vacío, sin el apoyo sólido de los libros de Martin, optaron por esquematizarlo todo y cargar la mano con los perfiles políticos que encarnaban los grandes protagonistas de la historia.

Daenerys, con su jacobinismo Targaryen y el ideal del mundo nuevo que subyace bajo todas las utopías. Los Stark y su inamovible feudalismo norteño, representantes inequívocos de un Antiguo Régimen receloso de un Estado moderno centralizado y despótico y cuyo amable poder, condescendiente y paternalista, se extiende sobre sus gobernados a base de alianzas forjadas mediante vínculos ancestrales, esotéricos.

Portrait of Tywin Lannister from Game of Thrones by s3lwyn on deviantART

Y los Lannister, prácticamente una familia de dogos venecianos, ricos, poderosos, orgullosos y soberbios, con conexiones en todas partes. Un clan de príncipes italianos renacentistas, unos Médici o unos Borgia, enrocados en sus ciudades-Estado, con todas las debilidades y todas las virtudes descritas por Maquiavelo.

En fin. Es Occidente muy bien delimitado en Poniente, con toda su historia y evolución política desde la Edad Media hasta ahora, y luego lo de fuera, lo de más allá, todas esas tierras exóticas, ese Asia de Marco Polo o esa América precolombina encarnadas por las ciudades a través de las cuales Daenerys se hace mujer y reina.

Aún recuerdo la llamada de dos de mis mejores amigos, nada seriéfilos por entonces, al menos no al modo en que ahora lo son y se entiende comúnmente, una vez acabaron el episodio memorable en el que la Montaña desjarreta a la Víbora. Guardo en mi memoria aquel momento en particular porque me parece revelador de muchas cosas.

Yo ya lo había visto un año antes. Con Juego de Tronos inicié el camino hacia la versión original, esa tentación de pedantería que no obstante ha supuesto uno de los cambios más significativos, ruptura generacional diría yo, en el modo en que los españoles consumen productos audiovisuales.

Todo este proceso lo ha jalonado Juego de Tronos, como el del final de la piratería masiva y la generalización de las suscripciones a plataformas, una verdadera revolución cultural que se ha ido consagrando sin que nos diéramos cuenta. Juego de Tronos no ha sido la mejor serie de la historia aunque, hasta su ecuador, pudiera haberlo sido.

De lo que no me cabe duda es que ha sido una oportunidad excelente para muchas cosas. Y una especie de película fílmica que ha registrado muchos cambios en los hábitos y en las costumbres occidentales a la hora de consumir cine y televisión.

La literatura fantástica, por ejemplo, que es un género con grandísima popularidad en todo el mundo, ha recibido un espaldarazo extraordinario con esta serie, aunque ya de por sí Canción de Hielo y Fuego fuese una saga best-seller. Ha trascendido los límites un poco marginales, un poco «de frikis» y ha llegado a más público a priori para nada interesado en magia y dragones. Como yo, por ejemplo.

El pasado año 20, sobre todo los meses de confinamiento, me dejaron sin embargo grandes momentos de deleite con los libros de Martin. Sin el producto de la HBO, jamás me habría interesado lo más mínimo por ellos, cosa que, supongo, le habrá pasado a más gente. Por si fuera poco, me ha permitido entrar en una casa como Los Siete Reinos a escribir algunas de mis cositas al respecto de un universo narrativo que es recipiente, vasija que contiene toda la tradición histórica, política, filosófica y literaria del mundo occidental. Sólo por eso, ya ha merecido la pena.