Última Review de un No Lector de esta temporada de El caballero de los Siete Reinos. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no ha leído los Cuentos de El caballero de los Siete Reinos. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie sobre Dunk y Egg con otra perspectiva.

El caballero de los Siete Reinos 1×06 – La mañana

The Morrow La mañana es el perfecto cierre de una primera temporada sobresalienteEl caballero de los Siete Reinos nos había tenido en un ay a lo largo de cinco episodios vibrantes que culminaron con un clímax en el quinto, En el nombre de la madre, ciertamente apoteósico.

Los espectadores acabamos exhaustos, tan agotados como los personajes, después el juicio a siete. El último capítulo de la temporada tenía que ser un finale tranquilo, un aftermath que pusiera los puntos de sutura necesarios para que la historia continuase. 

La narración, trenzada magníficamente durante casi cinco horas de allegro sostenido, nos llevó de esta manera a un punto y seguido donde los personajes principales, Dunk y Egg, demuestran haber crecido a golpes, nunca mejor dicho. Son otras personas, las mismas que empezaron la serie dirigiéndose despreocupadamente hacia el torneo de Vado Ceniza y sin embargo, son otras personas, distintas, diferentes: mayores, adultas a la fuerza.

Han probado el sabor de su propia sangre y también el de la de los demás. Han causado dolor y sufrido injusticias. De todo ello han salido como llegaron: juntos, forjando definitivamente el binomio quijotesco que es el eje central de la serie.  

La mañana empieza y termina con un sorprendente toque pop que, no obstante, refuerza la audacia en que descansa el andamiaje narrativo de este spin-off con una personalidad ya tan propia y potente que amenaza con sobrepasar a la serie madre: un tema de jazz, Alone Together de Kenny Dorham, y una canción country, Sixteen Tons de Tennessee Ernie Ford. Ambas subrayan el carácter de la serie: Dunk y Egg, caballero errante y escudero, están solos contra el mundo y como dice el tema country,  

Some people say a man is made out of mud 

A poor man’s made out of muscle and blood 

Muscle and blood and skin and bones 

A mind that’s weak and a back that’s strong 

You load sixteen tons, what do you get? 

Another day older and deeper in debt. 

Barro, sangre, dolor, piel rajada, huesos rotos y, por supuesto, el orgullo intacto. Ser Duncan es, en todo este episodio, la viva imagen del Púgil de las Termas, la extraordinaria pieza de bronce que, en Roma, nos recuerda, con la voz inextinguible del pasado, cuánto puede sin embargo el valor de un hombre solo.

Lo vemos roto, machacado, cojeando, apoyándose todo el tiempo en el bastón. Empero ya se ha ganado el respeto de todos aquellos nobles que, cinco capítulos atrás, no lo conocían ni habían oído jamás el nombre de su mentor.  

Ser Dunk continúa con el legado que heredó de Ser Arlan, quien nunca lo nombró caballero probablemente porque él, tampoco, lo era. Él, al igual que su maestro, se da el espaldarazo, ritual por antonomasia en el nombramiento de los caballeros medievales: se ennoblece a sí mismo, por su propia mano, a través de sus acciones y por mediación de su propia sangre, que derrama sin medida por las causas justas.

Ser Arlan hizo, con el pequeño huérfano del Lecho de Pulgas que Dunk era, algo mucho más importante: lo convirtió en un hombre, mejor dicho lo guió en el arduo, difícil y contradictorio camino que lleva a los niños hasta hacerse hombres y eso es lo que él, un caballero errante que ya ha probado el valor de su propia espada, hará con el príncipe Targaryen.  

Un príncipe que reniega de su identidad. En cuanto advierte que le asoma de nuevo la cabellera rubia platino del linaje de sádicos al que pertenece por nacimiento, intenta dar muerte a su hermano, culpable a sus ojos de todo lo que ha ocurrido y por consecuencia, apartado de Ser Duncan.

Esa escena en la que sin palabras, el príncipe Maekar detiene la mano fraticida del más pequeño de sus hijos, es alta literatura, gran cine, cine del superior. Y eso en una época, como la que vivimos, de sobreexplicación, donde todo lo que se enseña en la pantalla debe ser obvio y vulgar, manido, repetido y repetitivo, una época en la que se trata al espectador como si fuera tonto.  

Éste es el valor diferencial de esta serie, contemplar con una fineza y sensibilidad de otro tiempo el inabarcable espectro de las emociones humanas, saber transmitirlo con inteligencia y clasicismo a un televidente hiperconectado y aturullado por novedades sin cuento.  

El caballero de los Siete Reinos es una narración absolutamente masculina. Apenas hay mujeres y las que hay son prostitutas, titiriteras y buscavidas como la inopinada mujer del sanchopanza Raymun. Un personaje genuinamente leal y genuinamente corto de mollera, entrañable, que es otra puerta abierta, argumentalmente hablando, para los caminos de la serie en la temporada que viene.  

En esta primera no han salido apenas damas nobles, no existen las aristócratas, cumpliendo así la norma de que en los cuentos de caballerías las damas ideales son inalcanzables y, en el fondo, sólo existen en la imaginación de los caballeros. Son los hombres los que, desde el origen de los tiempos, han dado rienda suelte a esa necesidad de contar el mundo, de explicar la realidad. Esta serie lo demuestra, se basa en ese arcano antropológico, culturalmente ancestral. Es un cuento de hombres, por y para hombres.  

La serie recupera, en este epílogo de la primera temporada, color en la fotografía y ese punto de diversión casi pueril con el que empezó. Ha escampado y Poniente vuelve a lucir algo verde y algo azul, el gris y lo oscuro quedan para los Targaryen, auténticos ogros de la historia. Pero tampoco los Targaryen son netamente malos.

Los villanos de El caballero de los Siete Reinos son como los personajes de Dostoyevski, que incluso los malos pueden ejecutar buenas acciones: Aerion fue un niño alegre, con diversiones inocentes; los borrachos dicen la verdad y su aparente cobardía de principito disoluto esconde el coraje de no cometer mezquindades a cuenta de su privilegiada condición y el asesino (por accidente) de su hermano es consciente de sus responsabilidades, consciente de la debilidad de su sangre y de la precariedad de su posición: consciente de que Poniente sólo tiene una esperanza y es la que encarna la bondad a carta cabal de Ser Duncan: un personaje, en este episodio, más John Wayne que nunca.

Feo, fuerte y formal, se lanza a los caminos del mundo sin miedo ni esperanza, como en el poema de Luis Alberto de Cuenca. Ya perfectamente advertido de que tras la raya del horizonte esperan los malvados apaches.