
Como cada martes es el turno de la Review de un No Lector. Escritas por el amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no ha leído los Cuentos de El caballero de los Siete Reinos. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie sobre Dunk y Egg con otra perspectiva.
El caballero de los Siete Reinos 1×05 – En el nombre de la Madre

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
Pocas veces recuerdo que una serie no sólo no baje el pistón sino que a cada capítulo, mejore. Con El caballero de los Siete Reinos está sucediendo algo maravillosamente extraño en esta época de saturación de historias, en este tiempo donde hay más plataformas que botellines, vulgarmente hablando, que rellenan sus programaciones con «contenidos» de dudosa calidad, por no decir malos.
Esta serie no sólo es buena sino que está escrita, producida y dirigida con un pulso narrativo muy clásico, alejado de esa inmediatez que parece requisito imprescindible para atrapar la atención del nuevo espectador-cliente de estas plataformas audiovisuales de suscripción.
Se nos va dando información a medida que ésta es importante para el protagonista, Dunk, a quien vamos acompañando en un proceso bestial de maduración y aprendizaje al tiempo que empatizamos con él, que entendemos por qué es como es y por qué hace lo que hace.

No es posible olvidar que en estos cinco episodios apenas ha transcurrido tiempo real en la serie. Seguimos en el torneo, han pasado tres o cuatro días y no obstante, ¡todo lo que ha pasado!
Esto, por supuesto, ofrece a los creadores de la serie un amplísimo margen de crecimiento. La dimensión espacio-temporal está toda entera por hacer.
Aunque el capítulo es en gran medida un flash-back, el recurso no es gratuito y queda ligado de maravilla con lo que acontece en Vado Ceniza. La cámara entra en el yelmo del protagonista en un fantástico homenaje a Carl Theodor Dreyer, que metió la cámara por primera vez, hace cien años, dentro de un ataúd, para que todos viéramos lo que veía el protagonista de Vampyr, su versión de Drácula; y a Abel Gance, el autor del mejor Napoleón de todos y que también, hace cien años, subió por vez primera la cámara a la grupa de un caballo para que el espectador se sintiera en medio de una carga de caballería.

Al mismo tiempo, En el nombre de la Madre es un tributo al mítico videoclip de The Prodigy y a su gran secuela, en este caso publicitaria, rodada por Guy Ritchie para Nike en 2009 y en donde la cámara subjetiva se hizo arte. El caballero de los Siete Reinos se asocia así con lo viejo y con lo nuevo, haciendo un viaje en círculo por la historia de la comunicación audiovisual que como espectador, uno agradece mucho.
El flash-back es prácticamente un capítulo aparte, un episodio dentro del episodio. Es una historia de pícaros. La infancia de Dunk en el Lecho de Pulgas de Desembarco del Rey parece El lazarillo de Tormes. Es un milagro que alguien tan genuinamente cándido y bueno haya sobrevivido en un mundo tan despiadado.
La culminación, en el juicio a siete, de la narración iniciada con una secuencia que parece sacada de Los miserables de Victor Hugo es la gran metáfora de la meritocracia: para que un don nadie como Dunk pueda siquiera mirar a la cara de los grandes señores del mundo es preciso que sude sangre, que literalmente se haga pedazos y lo entregue todo.

Toda la fotografía del episodio ahonda en la oscuridad, subraya la crudeza de la realidad. Los Siete Reinos se van a hacer picadillo y este juicio a siete es el aperitivo, el avance. Lo que comenzó como una anécdota ha partido en dos la precaria unidad de Poniente y ha revelado la fractura irreparable en el seno de la Corona. El poder de los Targaryen está roto y se avecina una guerra civil en la que la gente como Dunk sólo puede perder, pues el mejor de los príncipes ha muerto (en defensa de un inocente) y para heredar el Trono de Hierro sólo quedan hijos de puta.
Y Egg. También Egg, claro. Los bandos están configurados.
La regresión mental a la infancia de Dunk también nos ayuda a entender la atracción de nuestro héroe por la titiritera mulata. Es como si su amiga Rafe no hubiera muerto y se hubiera hecho mayor. Ser Dunk, como no podía ser de otra manera, es un nostálgico, condición necesaria para ser un romántico. Toda su fortaleza y toda su bonhomía radican en su naturaleza esencialmente infantil: sencillamente es un niño de dos metros que sigue buscando a su madre.

Su mentor fungió como su padre y le dio una identidad con la que enfrentarse al mundo pero hay un hueco en su interior que es imposible llenar. Quizá por eso su aire es siempre el aire triste que las prostitutas del primer capítulo le dijeron que tenía. Quizá por eso el débil y el desamparado llaman irremediablemente su atención. Quizá por eso es un hombre tan generoso como agradecido.
Él, como Egg, también fue un niño que soñó con ser caballero y batirse en duelos y en justas. La escena en la que practica con la espada de su caballero mientras éste duerme la mona, en la soledad del bosque, recuerda a la de Egg entrenando al caballo y lanceando sombras.
Lo que pasa es que la guerra, las batallas y las justas, son una mierda: un infierno donde no se ve nada, donde todo es hostil, peligroso y en último término, mortal. No hay belleza en el combate sino dolor, vísceras, fango y muerte. Tampoco hay épica en la supervivencia, ni gloria ni honores.

Es la mejor secuencia de combate que yo recuerdo en la historia de la televisión, por su dureza e hiperrealismo.
Como sólo queda un episodio, podemos decir ya que esta primera temporada es un prólogo extraordinario, a la altura del gran cine. Está por ver cómo termina pero como decía al principio del texto no recuerdo una serie que vaya a más en cada capítulo, con capítulos además que duran lo justo y manejando con pericia recursos tan arriesgados, por manidos, como el cliff-hanger o el flash-back.















