
Vuelve una de las secciones más queridas de Los Siete Reinos, las Review de un No Lector de la temporada. Obra del amigo Antonio Valderrama, periodista y escritor gaditano, autor de Hombres Armados y La hora azul. Fan de Juego de Tronos, no había leído Canción de hielo y fuego (ya lo hizo) pero ahora no ha leído El caballero de los Siete Reinos. Así que su punto de vista y su calidad de análisis son perfectas para analizar la serie con otra perspectiva.
El caballero de los Siete Reinos 1×01 – El caballero errante

Por Antonio Valderrama, Fantantonio
Para los que no son lectores de Canción de Hielo y Fuego o, como yo, son lectores parciales (mi experiencia abarca sólo los cinco primeros libros de la serie), El caballero de los Siete Reinos es una gran oportunidad, como La casa del dragón, para adentrarnos en el universo expandido de la creación de George R. R. Martin.
Hasta ahora, de esta subtrama o precuela de la saga principal, lo único que sabía era que estaba basada en unas novelles o nouvelles (Internet está lleno de páginas que, empezando por la Wikipedia, las llaman «noveletas», término que no existe en español) que Martin ambienta más o menos un siglo antes del tiempo presente de Canción de Hielo y Fuego y que se recogen bajo el título de Cuentos de Dunk y Egg.

La serie comienza con una declaración de intenciones. La secuencia de apertura tiene un inconfundible aire a western, con un plano en el que se nos presenta al protagonista cavando una tumba a lo William Munny en Sin perdón. Muy pronto entendemos que el ritmo y el tono no son (¡por suerte!) ni los de Juego de Tronos ni los de La casa del dragón: una maravillosa procacidad (el héroe cagando detrás de un árbol) corta en seco la primera proclama caballeresca de ser Duncan y lo identifica rápidamente con Don Quijote. Las similitudes con la obra cervantina no harán sino crecer a lo largo del capítulo.
La serie tiene un aparente vuelo bajo, formalmente hablando, que, en la modesta opinión de este plumilla que teclea estas líneas, puede serle muy beneficiosa. El tono de western atraviesa las escenas en las que vemos al héroe recorrer grandes llanuras fordianas.

Apenas hay música y la fotografía es sobria, prácticamente de cine europeo clásico: planos generales, secuencias largas, sencillez compositiva, colores fríos y predominio de los paisajes desolados a través de los cuales da la impresión de que el hombre sufrido que las habita tiene que esforzarse mucho por sobrevivir.
Hay simplicidad y pausa en la narración y un punto de comedia e ironía que funciona muy bien como contrapunto al mundo pomposo y cruel de la caballería medievalizante. En este sentido son magníficas las intervenciones de las putas que, en el campamento de Vado Ceniza, dan un toque de realidad a los ensueños de Duncan, así como también se compadecen de él. Pues de inmediato lo reconocen como un igual, uno de los parias de la tierra que como ellas, sólo existen para divertimento, placer o necesidad de los poderosos.

El caballero de los Siete Reinos tiene, diría, un lenguaje y una estética casi de los hermanos Coen. Es un spin-off más relajado que la serie madre o que La casa del dragón y lo digo en el buen sentido. Es moderna en lo cínico, en lo ágil y en lo austero de la narrativa, como si desde la dirección, el guión y el montaje estuvieran empeñados en desmitificar el «universo Tronos», en restarle grandilocuencia. Como dije antes, me parece una buena idea y de momento me parece que funciona.
Duncan es un antihéroe, casi en sentido estricto, por lo que sus posibilidades son ilimitadas. Como Arquíloco de Paros, todo su capital y toda su hacienda radican en los tres rocinantes que le legó su amo y en su espada. Es un don nadie, un hijo del fango. Su mentor también lo fue: un ex-combatiente de las interminables guerras aristocráticas que salvó algo de ingenio y todas las partes del cuerpo enteras y que se echó al monte huyendo del mundo. Me ha gustado el uso que se ha hecho, en este episodio inicial, del flash-back, porque son concisos, breves y humorísticos. Podrían ser, perfectamente, relámpagos del Lazarillo de Tormes.

Sabemos que este pobre muchacho es un desgraciado pero, también, que es un hombre bueno. Netamente bueno, feo, fuerte y formal como dice la canción de Loquillo. Habita un mundo de hijos de la grandísima puta, un mundo sin piedad, estamentado y ruin, donde no hay lugar ni para los soñadores ni para las buenas personas. La caballería, como sabía Sancho Panza y aprendió a palos Don Quijote, sólo existe en los libros. Y un caballero andante es la última mierda que cagó Pilatos.
Siempre he preferido este Martin al de los dragones, las grandes batallas y las luchas dinásticas. A ratos me recordaba a pasajes de Festín de cuervos, un libro que disfruté mucho y en donde, como en Tormenta de espadas, se ve la mejor literatura de George R. R. Martin. Las andanzas con el pequeño buda que toma por escudero a la fuerza evocan las de Sandor Clegane y Arya Stark.

Egg introduce, con su inteligencia y candidez, la noción de bondad, que es superior, en último término, al Bien con mayúsculas que en teoría persiguen los caballeros. El Martin que cuenta la historia de los desheredados, de los nadie, de los nada, de la plebe doliente y sufriente en un mundo hostil y despiadado, es el Martin más interesante porque es el más humanista y a la vez, moderno.
Los papeles del escribano-secretario del Baratheon y el del propio Baratheon ejercen un buen contrapunto de la inocencia de Duncan. Tiran del guindo al torpe y noblote caballero andante y errante. Le enseñan la verdad de la existencia y su lugar en el mundo, que es ser el último de la fila. Pero a la vez estimulan la narración y la hacen avanzar porque son personajes humanos, no arquetipos como los caballeretes de capa y espada que van por ahí retando a todo Cristo o despreciando a los demás por su ínfima condición.

En este sentido se ve que Caballero de los Siete Reinos tiene gente detrás que sabe de qué va la vaina de contar una historia. Hay un guión con inteligencia y el héroe, en su camino, se encuentra a los individuos adecuados para que su periplo pivote y marche hacia donde tiene que ir.
En resumen, la puesta en escena del esperado spin-off resulta prometedora. Permaneceremos atentos.















